En las aguas donde la historia naval española ha forjado su identidad, la Armada ha puesto a flote el Poseidón, un buque que lleva el nombre del dios del mar y que encarna la ambición de una nación por custodiar lo que yace en las profundidades. No se trata solo de un barco nuevo, sino de una respuesta a la fragilidad de la infraestructura invisible que sostiene la vida moderna: los cables y arterias submarinas que conectan civilizaciones. Con robots capaces de descender a seis mil metros y la capacidad de albergar minisubmarinos de la OTAN, España da un paso hacia una soberanía que se mide no