El océano Pacífico se calienta a una velocidad sin precedentes en dos siglos, y Colombia ya experimenta las consecuencias: menos lluvia en sus regiones andina, Caribe y Pacífica, ciclos agrícolas rotos y una seguridad alimentaria cada vez más frágil. El fenómeno de El Niño, amplificado por el calentamiento global, no es una advertencia distante sino una realidad medible en embalses, cosechas y temperaturas de hoy. Lo que antes era un ciclo climático conocido se ha convertido, bajo la presión del cambio climático, en una fuerza impredecible que reescribe las reglas del agua en el país.
El Niño ya afecta disponibilidad de agua en Colombia, advierte experto en gestión hídrica
El Niño ya no es una proyección, es algo que el país ya está empezando a sentir
¿Por qué Colombia se seca mientras otras partes del mundo se inundan? ¿Es mala suerte geográfica?
No es suerte. Es física atmosférica. Cuando el Pacífico se calienta, la evaporación aumenta en esa región. Esa agua tiene que caer en algún lado, pero no cae donde se evaporó. Los vientos alisios la transportan hacia otras latitudes. Colombia está en la zona donde esos vientos generan déficit. Es un sistema conectado.
Entonces El Niño siempre ha secado a Colombia. ¿Qué es diferente ahora?
La velocidad y la intensidad. Este es el El Niño más acelerado del último siglo. Y el cambio climático lo está amplificando. Cada grado de calentamiento atmosférico permite que la atmósfera retenga siete por ciento más agua. Eso significa sequías más prolongadas y lluvias más violentas cuando llegan.
¿Eso afecta solo el agua que beben las personas o también la agricultura?
Todo. La agricultura colombiana está diseñada alrededor de ciclos de lluvia que ya no existen. Si las sequías se alargan y las lluvias se vuelven impredecibles, los cultivos sufren. La seguridad alimentaria del país está en riesgo real.
¿Cuándo llega lo peor?
El fenómeno aún no alcanza su máximo. Los expertos esperan el mayor impacto entre finales de 2026 y mediados de 2027. Lo que estamos viendo ahora es solo el comienzo.
¿Hay algo que Colombia pueda hacer?
Adaptarse. Cambiar cómo se cultiva, cómo se gestiona el agua, cómo se prepara para sequías prolongadas. Sin eso, la disponibilidad de agua y la producción de alimentos estarán en riesgo.
The Pulse
- La anomalía de temperatura en el Pacífico tropical ya supera los dos grados centígrados, marcando uno de los calentamientos oceánicos más acelerados del último siglo y posiblemente de los últimos dos siglos.
- Colombia enfrenta déficit de lluvia simultáneo en sus principales regiones productivas, mientras el mundo registra sequías históricas en Austria, Reino Unido y Norteamérica, y el Canal de Panamá reduce tránsitos por falta de agua.
- El cambio climático actúa como amplificador: por cada grado de calentamiento atmosférico, la atmósfera retiene siete por ciento más de agua, generando tanto sequías más largas como lluvias más violentas e inundaciones repentinas.
- Los ciclos agrícolas tradicionales de Colombia, construidos sobre patrones de lluvia predecibles, se están rompiendo, con riesgos directos para la producción de alimentos, el aumento de incendios forestales y olas de calor más intensas.
- Sin estrategias de adaptación urgentes, la seguridad alimentaria colombiana queda expuesta a una variable que ya no puede considerarse abundante ni confiable: el agua.
El océano Pacífico se calienta a una velocidad sin precedentes en dos siglos, y Colombia ya experimenta las consecuencias: menos lluvia en sus regiones andina, Caribe y Pacífica, ciclos agrícolas rotos y una seguridad alimentaria cada vez más frágil. El fenómeno de El Niño, amplificado por el calentamiento global, no es una advertencia distante sino una realidad medible en embalses, cosechas y temperaturas de hoy. Lo que antes era un ciclo climático conocido se ha convertido, bajo la presión del cambio climático, en una fuerza impredecible que reescribe las reglas del agua en el país.
El Pacífico se calienta a una velocidad sin precedentes, y Colombia ya lo siente. Diego Restrepo Zambrano, especialista en ciencias del agua y gestión de inundaciones, advierte que El Niño no es una amenaza futura: ya está reduciendo las lluvias en las regiones andina, Caribe y Pacífica del país de manera simultánea y medible.
A mediados de agosto, la anomalía de temperatura en el Pacífico tropical rondaba los dos grados centígrados, umbral que define un El Niño muy fuerte. La velocidad de este calentamiento es la más alta del último siglo. Sus efectos ya se sienten en todo el mundo: julio fue el mes más seco en 190 años en Reino Unido, Austria registra su peor sequía desde 1850, los embalses Powell y Mead en Estados Unidos han caído a mínimos históricos, y el Canal de Panamá ha reducido el tránsito de buques por falta de lluvia en su cuenca.
Los efectos de El Niño no se reparten de forma uniforme. Cuando el Pacífico se calienta, la circulación atmosférica global se reorganiza: el norte de Sudamérica tiende a secarse, mientras otras regiones reciben exceso de precipitación. Los vientos alisios son piezas clave de esta dinámica interconectada que termina afectando el clima de todo el planeta.
El cambio climático agrava el fenómeno. El calentamiento global eleva tanto la temperatura oceánica como la atmosférica, intensificando y acelerando episodios como este. Una consecuencia física directa: por cada grado de calentamiento, la atmósfera retiene siete por ciento más de agua, lo que produce lluvias más violentas e inundaciones, pero también sequías más largas. Los ciclos tradicionales se rompen.
Para la agricultura colombiana, acostumbrada a regímenes de lluvia predecibles, esto representa una amenaza existencial. Restrepo Zambrano anticipa menor producción de alimentos, más incendios forestales y olas de calor más intensas. El agua, que parecía un recurso abundante, se convierte en una variable impredecible para la que Colombia aún no ha construido una respuesta suficiente.
El Pacífico se está calentando de una manera sin precedentes, y Colombia ya lo está sintiendo. No es una amenaza futura. No es una proyección de modelos climáticos que podría ocurrir en años venideros. Diego Restrepo Zambrano, especialista en ciencias del agua y gestión de inundaciones, es claro al respecto: el fenómeno de El Niño ya está alterando los patrones de lluvia en el país, reduciendo la disponibilidad de agua en las regiones andina, Caribe y Pacífica simultáneamente. El acoplamiento entre la temperatura oceánica y la atmosférica ya se está produciendo, y sus efectos son medibles ahora mismo.
La magnitud de este episodio es inusual. A mediados de agosto, la anomalía de temperatura en el Pacífico tropical rondaba los dos grados centígrados, un umbral que marca la transición hacia lo que los oceanógrafos clasifican como un El Niño muy fuerte. Lo más preocupante, según Restrepo Zambrano, es la velocidad con que ha ocurrido este calentamiento. Es el más acelerado del último siglo, posiblemente de los últimos dos siglos. Mientras tanto, el mundo ya experimenta sus consecuencias: en Reino Unido, julio fue el mes más seco en 190 años; en Austria, se registra la peor sequía desde 1850; en Estados Unidos, los embalses Powell y Mead han caído a mínimos de décadas, forzando recortes de agua en California, Nevada y Arizona. Honduras ha declarado alerta en casi el 80 por ciento de su territorio, y el Canal de Panamá ha anunciado reducciones en los tránsitos de buques por falta de lluvia en su cuenca.
Los efectos de El Niño no se distribuyen uniformemente por el planeta. Dependen de cómo se reorganiza la circulación atmosférica global. Cuando el Pacífico se calienta, algunas regiones reciben más lluvia mientras otras entran en déficit severo. El norte de Sudamérica, donde se ubica Colombia, tiende a secarse. El sur de Perú experimenta lo opuesto, con exceso de precipitación. En Australia y el sudeste asiático predomina la sequedad. Este desequilibrio responde a un balance energético: cuando la evaporación y la lluvia aumentan en un lugar, necesariamente se genera escasez en otro. Los vientos alisios, esos vientos constantes que soplan desde el este, juegan un papel central en esta dinámica interconectada que termina afectando la circulación atmosférica de todo el planeta.
Pero El Niño no puede entenderse aisladamente del cambio climático. El calentamiento global está elevando tanto la temperatura atmosférica como la oceánica, lo que hace que fenómenos de variabilidad climática como este se intensifiquen y aceleren. El resultado es un episodio récord de El Niño directamente vinculado al calentamiento del planeta. Esto tiene una consecuencia física medible sobre el agua: por cada grado de calentamiento atmosférico causado por cambio climático, la atmósfera gana capacidad para retener siete por ciento más agua. Esa mayor retención genera un efecto aparentemente contradictorio pero real: lluvias mucho más intensas que provocan inundaciones, pero también sequías mucho más prolongadas. Las sequías se alargan. Las lluvias se concentran y se vuelven más violentas. Los ciclos tradicionales se rompen.
Para la agricultura colombiana, acostumbrada a un régimen de lluvias predecible y cíclico, esto representa una amenaza existencial. Restrepo Zambrano es directo: sin adaptación a estos cambios, la seguridad alimentaria está en riesgo. Anticipa que la producción de alimentos se verá afectada por las sequías prolongadas que traerá este fenómeno, además de más incendios forestales y olas de calor más intensas. El Panel Intergubernamental de Cambio Climático ha advertido durante años que estos eventos extremos se volverán más frecuentes y más intensos. Ya lo estamos viendo. En los últimos años, la intensidad y frecuencia de estos fenómenos extremos ha cambiado de manera perceptible. Colombia entra ahora en una fase donde el agua, ese recurso que parecía abundante, se convierte en una variable impredecible.
Notable Quotes
Efectivamente ya se empieza a sentir el efecto del fenómeno del Niño— Diego Restrepo Zambrano, especialista en ciencias del agua
Sin adaptación a estos cambios, la seguridad alimentaria sin duda va a estar en riesgo— Diego Restrepo Zambrano