Durante décadas, una asociación estadística entre el tabaquismo y una menor incidencia de párkinson alimentó una idea seductora pero engañosa: que fumar podría proteger el cerebro. Un análisis reciente publicado en JAMA Neurology, basado en más de 500.000 adultos seguidos durante doce años, desmonta esa narrativa con rigor científico, recordándonos que en medicina la correlación nunca es sinónimo de causalidad. Mientras el monóxido de carbono a dosis bajas emerge como posible molécula de interés, los expertos son unánimes: el tabaco destruye el cerebro, y ningún dato parcial justifica lo contr