El cisma penetra las Fuerzas Armadas. Eso es una amenaza clara a la seguridad.
En un momento de fractura interna sin precedentes, el ministro de Defensa israelí Yoav Gallant rompió la disciplina del Gobierno de Netanyahu para advertir que la controvertida reforma judicial no era una disputa técnica sobre tribunales, sino una amenaza viva a la cohesión del Estado. Un general retirado que recibía los temores de sus antiguos compañeros de armas, Gallant habló desde la frontera donde la política toca la seguridad, recordando que las naciones no solo se defienden de enemigos externos, sino también de las grietas que abren desde adentro.
- Por duodécimo fin de semana consecutivo, decenas de miles de israelíes tomaron las calles mientras la reforma judicial avanzaba hacia sus votaciones finales en el Parlamento.
- La división social había traspasado los cuarteles: reservistas y soldados en activo consideraban negarse a cumplir misiones, y los jefes del Estado Mayor y del Shin Bet compartían la alarma de Gallant.
- Netanyahu intentó contener la crisis en privado, pidiendo tiempo a su ministro, pero cuando Gallant salió a televisión el daño a la unidad del Gobierno ya era irreversible.
- La coalición se partió en dos en cuestión de minutos: diputados del Likud respaldaron a Gallant mientras ministros ultraderechistas lo acusaron de traición y Ben Gvir exigió su destitución inmediata.
- El impacto alcanzó incluso a las ceremonias nacionales: familias de soldados caídos anunciaron que podrían ausentarse de los actos del Día del Recuerdo y el Día de la Independencia en señal de protesta.
El sábado por la mañana, mientras las calles israelíes volvían a llenarse de manifestantes por duodécima semana consecutiva, el ministro de Defensa Yoav Gallant tomó la televisión para decir lo que ningún miembro del Gobierno Netanyahu había dicho en público: la reforma judicial era una amenaza directa a la seguridad del Estado. Gallant, general retirado con décadas de experiencia evaluando riesgos, no hablaba en abstracto. Como ministro de Defensa, era el receptor de los temores reales del Ejército: reservistas y soldados en activo consideraban negarse a cumplir órdenes, y el cisma social había penetrado las Fuerzas Armadas de una forma nunca vista.
No era una oposición ideológica a la reforma —Gallant seguía considerándose de derechas—, sino la voz de quien veía desde adentro la magnitud del daño. Había intentado frenar el proceso en privado durante semanas, y dos días antes Netanyahu lo había convocado de urgencia para pedirle que no aireara las diferencias públicamente. Gallant aceptó. Pero cuando llegó el momento, habló. Netanyahu respondió con un discurso más conciliador que de costumbre, aunque dejó claro que la reforma seguiría adelante y que el Parlamento votaría en días las últimas lecturas de la ley.
La coalición se fracturó en minutos. Dos diputados del Likud apoyaron a Gallant abiertamente, mientras otros compañeros de partido lo acusaron de rendirse a la presión de la izquierda. El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, fue el más contundente: exigió a Netanyahu el cese inmediato de Gallant, acusándolo de ceder a los 'anarquistas' que llamaban a la desobediencia militar.
Lo que Gallant había advertido tenía respaldo en los más altos niveles de seguridad: el jefe del Estado Mayor y el director del Shin Bet compartían sus preocupaciones. Y la herida llegaba hasta los actos más sagrados del calendario nacional: algunas familias de soldados caídos anunciaron que podrían ausentarse de las ceremonias del Día del Recuerdo, el Día de la Independencia y el Día del Recuerdo del Holocausto. Gallant había pedido pausar el proceso legislativo para que Israel pudiera celebrar esas fechas unido. La pregunta era si alguien en el Gobierno estaba dispuesto a escucharlo.
El sábado por la mañana, mientras decenas de miles de israelíes salían a las calles por duodécimo fin de semana consecutivo, Yoav Gallant, el ministro de Defensa, se dirigió al país por televisión con un mensaje que rompería la disciplina de su propio Gobierno. La reforma judicial que Benjamin Netanyahu impulsaba, dijo, no era un asunto técnico de tribunales. Era una amenaza a la seguridad del Estado.
Gallant, un general retirado respetado en los círculos militares, habló con la precisión de quien ha pasado décadas evaluando riesgos. La división social que la reforma generaba había penetrado las Fuerzas Armadas. Reservistas y soldados en servicio activo estaban considerando negarse a cumplir misiones. Los sentimientos de rabia, decepción y miedo alcanzaban dimensiones nunca vistas. "El creciente cisma en nuestra sociedad está penetrando a las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad, lo que supone una amenaza clara, inmediata y tangible a la seguridad del Estado", sentenció. "No lo permitiré".
Era el primer desmarque público de un miembro del Ejecutivo Netanyahu. Gallant no se oponía al concepto de la reforma en sí —seguía considerándose de derechas—, pero su posición le daba una perspectiva única. Como ministro de Defensa, era la puerta a la que sus antiguos compañeros del Ejército llegaban con sus temores. Recibía los reportes sobre la magnitud real de la "rebelión" en las Fuerzas Armadas. Eso lo diferenciaba de otros ministros de su partido, como Yariv Levin, que capitaneaba la reforma desde Justicia, o de los ministros ultraderechistas que llevaban años queriendo controlar el tribunal supremo.
Gallant había intentado frenar esto en privado. Dos días antes, había planeado anunciar públicamente su oposición, pero Netanyahu lo convocó de urgencia a una reunión. El primer ministro le pidió tiempo, le pidió que no airease ante todo el país las diferencias que llevaba semanas trasladando en privado. Gallant aceptó. Pero cuando los medios anunciaron que daría una comparecencia televisada, Netanyahu volvió a actuar. Pronunció un discurso más conciliador que nunca, hablando de una "reforma equilibrada" que respondiera a los miedos de ambos bandos. Pero dejó claro: la reforma seguiría adelante. El Parlamento votaría la próxima semana las últimas dos lecturas de la ley que permitiría al Gobierno imponer al menos dos jueces del Supremo.
La reacción dentro de la coalición fue inmediata y dividida. Minutos después del anuncio de Gallant, dos diputados del Likud lo apoyaron públicamente. Yuli Edelstein, quien ya se había ausentado de dos votaciones y estaba sancionado por el partido, agradeció a Gallant haberse "sumado al camino" que él llevaba semanas liderando. David Bitán pidió en Twitter "negociaciones inmediatas" para alcanzar "acuerdos amplios". Pero otros compañeros de partido fueron despiadados. Shlomo Karhi, ministro de Comunicaciones, acusó a Gallant de "rendición a la presión de la izquierda". El diputado Ofir Katz advirtió a quien se abstuviera o votara en contra que podía dar por terminada su carrera en el Likud.
Quien más lejos llegó fue Itamar Ben Gvir, el ministro de Seguridad Nacional y líder del partido ultraderechista Poder Judío. Pidió a Netanyahu que cesara a Gallant de inmediato. En un mensaje por Telegram, acusó al ministro de Defensa de ceder "a chantajes y amenazas" de "anarquistas" que llamaban al rechazo a cumplir órdenes en el Ejército. "Fue elegido con los votos de los votantes de la derecha y en la práctica promueve una agenda de izquierdas", escribió.
Lo que Gallant había advertido era real. Los jefes del Estado Mayor, Herzi Halevy, y del Shin Bet, Ronen Bar, compartían sus preocupaciones sobre la amenaza para la seguridad que generaba la crisis política. Algunos familiares de soldados caídos habían dicho a la prensa que se ausentarían de las ceremonias nacionales previstas para el próximo mes: Pesaj, el Día de la Independencia, el Día del Recuerdo de los soldados caídos y el Día del Recuerdo del Holocausto. La idea de que Israel celebrara estas fechas bajo la sombra de la división política había generado temor en los últimos días. Gallant había pedido públicamente que se pausara el proceso legislativo para permitir que la nación celebrara junta.
Notable Quotes
El creciente cisma en nuestra sociedad está penetrando a las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad, lo que supone una amenaza clara, inmediata y tangible a la seguridad del Estado— Yoav Gallant, ministro de Defensa
Gallant cedió esta noche con chantajes y amenazas a todos aquellos anarquistas que llaman al rechazo a cumplir órdenes en el Ejército— Itamar Ben Gvir, ministro de Seguridad Nacional
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué un ministro de Defensa se arriesga a romper con su propio Gobierno por una reforma judicial?
Porque vio algo que otros no querían ver. Gallant recibe los reportes directos de los comandantes militares. Sabe cuántos reservistas están considerando negarse a servir. Eso no es política abstracta para él.
Pero él dice que apoya el concepto de la reforma. ¿Entonces qué es lo que realmente le preocupa?
La grieta. La reforma judicial es el síntoma, no la enfermedad. Lo que lo asusta es que la división social ha llegado a las Fuerzas Armadas. Cuando los soldados empiezan a cuestionarse si deben obedecer órdenes por razones políticas, el Estado pierde su columna vertebral.
¿Y Netanyahu simplemente lo dejó hablar?
No. Netanyahu intentó frenarlo en privado. Pero cuando vio que Gallant iba a anunciar su posición de todas formas, hizo su propio discurso más conciliador. Fue un movimiento táctico: reconocer los miedos sin ceder en lo fundamental.
¿Qué pasa ahora con Gallant dentro del Gobierno?
Está en una posición frágil. Sus propios compañeros de partido lo atacan. Ben Gvir pide su destitución. Pero tiene algo que los otros no tienen: el apoyo de la institución militar. Eso le da peso, aunque sea incómodo.
¿Esto puede detener la reforma?
Probablemente no. Netanyahu tiene los votos. Pero ha abierto una grieta que no se puede cerrar. Ahora hay un ministro de Defensa diciendo públicamente que la reforma amenaza la seguridad nacional. Eso cambia la conversación, aunque la ley se apruebe.