El "match del siglo" entre Fischer y Spassky cumple 50 años de revolucionar el ajedrez mundial

El juego modesto se convirtió en símbolo de confrontación planetaria
Durante la Guerra Fría, el ajedrez trascendió el deporte para reflejar la rivalidad ideológica global entre superpotencias.

Hace medio siglo, en la fría capital islandesa, un genio solitario y excéntrico llamado Bobby Fischer se sentó frente al campeón soviético Boris Spassky y convirtió un tablero de ajedrez en el escenario más observado del mundo. Su victoria en septiembre de 1972 no fue solo deportiva: fue el momento en que el capitalismo y el comunismo midieron sus fuerzas en sesenta y cuatro casillas, poniendo fin a veinticuatro años de hegemonía soviética en el juego. Fischer ganó la partida más grande de su vida, y luego, como si el peso de ese símbolo fuera insoportable, desapareció de ella.

  • La Guerra Fría encontró en Reikiavik su tablero más íntimo: cada movimiento era seguido con ansiedad por dos superpotencias que veían en el ajedrez un campo de batalla ideológico.
  • Fischer llegó al encuentro con exigencias extravagantes —iluminación, cojines, porcentajes televisivos— y solo una llamada de Henry Kissinger lo convenció de subirse al avión horas antes de ser descalificado.
  • Spassky ganó las dos primeras partidas y parecía que el soviético aplastaría al rebelde americano, pero desde la tercera partida el tablero se inclinó sin retorno hacia Fischer.
  • El 3 de septiembre de 1972, Spassky abandonó por teléfono sin presentarse a la reanudación, y el mundo entero supo que algo más que un título había cambiado de manos.
  • Fischer nunca defendió su corona, desafió sanciones internacionales para jugar una revancha en Belgrado, y murió décadas después en Reikiavik —el mismo lugar de su triunfo— perseguido, olvidado y con el peso de su propia leyenda.

En septiembre de 1972, Bobby Fischer derrotó a Boris Spassky en Reikiavik con un marcador de 12,5 a 8,5, poniendo fin a veinticuatro años de dominio soviético en el ajedrez mundial. El encuentro trascendió el deporte: en plena Guerra Fría, los gobiernos de ambas superpotencias seguían cada jugada con ansiedad, y las agencias internacionales transmitían las partidas a periódicos y noticieros de todo el planeta. Fue, en cierto sentido, el primer evento verdaderamente globalizado de la historia.

Fischer había llegado a ese momento tras una racha demoledora en el ciclo de candidatos: derrotó a Taimánov y a Larsen por 6-0, y a Petrosian por 6,5 a 2,5. Pero antes de pisar Reikiavik, exigió mejores condiciones económicas, iluminación específica y un porcentaje de los derechos televisivos. Solo una llamada personal del secretario de Estado Henry Kissinger lo persuadió de viajar, llegando horas antes de ser declarado ausente.

El inicio fue adverso: Spassky ganó la primera partida aprovechando un error de Fischer, y el americano no se presentó a la segunda por la presencia de cámaras. El marcador llegó a 2-0 a favor del soviético. Pero desde la tercera partida, Fischer no se detuvo. Ganó siete de las veintiuna disputadas, mientras Spassky solo sumaba dos victorias. En la partida final, el soviético abandonó por teléfono sin presentarse.

Lo que vino después fue tan extraordinario como el triunfo. En 1975, Fischer no defendió su título ante Karpov y fue despojado de la corona por incomparecencia. Veinte años más tarde viajó a Belgrado desafiando sanciones estadounidenses para jugar una revancha contra Spassky. Murió finalmente en Reikiavik, a los sesenta y cuatro años, perseguido por las autoridades de su propio país, en el mismo lugar donde había convertido un juego en símbolo de una era.

En septiembre de 1972, en la capital islandesa de Reikiavik, un estadounidense excéntrico llamado Bobby Fischer derrotó al campeón soviético Boris Spassky en lo que se convertiría en el evento deportivo más seguido de su época. El marcador final fue 12,5 a 8,5. Con esa victoria, Fischer no solo ganó un título mundial de ajedrez; puso fin a veinticuatro años de dominio ininterrumpido de la Unión Soviética en el juego, un reinado que había comenzado en 1948 cuando Mikhail Botvinnik se coronó campeón. Pero el significado del encuentro trascendía ampliamente los sesenta y cuatro cuadros del tablero.

Durante la Guerra Fría, cuando el comunismo y el capitalismo parecían irreconciliables, el ajedrez se convirtió en un campo de batalla ideológico. Los gobiernos de ambas superpotencias seguían cada movimiento con ansiedad. Las agencias internacionales transmitían instantáneamente las jugadas a periódicos y noticieros de radio y televisión en todo el mundo. Fue, en cierto sentido, el primer evento verdaderamente globalizado, aunque la palabra globalización aún no existía en el vocabulario común. Los aficionados al ajedrez se multiplicaron exponencialmente en cada continente. El juego modesto, la ciencia del tablero, había adquirido dimensiones planetarias.

Fischer llegó a Reikiavik después de una trayectoria que lo había posicionado como amenaza seria contra la hegemonía soviética. En noviembre de 1970, en Palma de Mallorca, el genio de Chicago participó en lo que muchos consideran el interzonal más fuerte de la historia, donde veinticuatro Grandes Maestros competían por el derecho a disputar el título. Fischer comenzó lentamente, incluso perdió contra el danés Bent Larsen, pero cuando se enfrentó al soviético Effim Geller, algo cambió. Geller, jugando con blancas, intentó forzar un empate rápido desde la apertura, pero Fischer rechazó la oferta y prolongó la batalla hasta la jugada 71, donde su adversario cometió el error fatal. Ese combate despertó algo en el estadounidense. Terminó ganando el torneo con una ventaja de tres puntos y medio sobre sus perseguidores. Luego, en el ciclo de candidatos al título mundial, Fischer fue prácticamente imparable: derrotó a Taimánov por 6-0, a Larsen por 6-0 en semifinales, y a Petrosian por 6,5 a 2,5 en la final.

Pero Fischer no era un jugador convencional. Antes de viajar a Reikiavik, comenzó a plantear exigencias: quería un porcentaje de los derechos de televisión, una bolsa de premios más alta, iluminación específica, cojines de silla a su gusto. Su apetito por los dólares era legendario. Un promotor británico donó ciento veinticinco mil dólares para aumentar la bolsa del encuentro, pero incluso eso no fue suficiente. Fue necesaria una llamada telefónica del secretario de Estado Henry Kissinger, un aficionado serio al ajedrez, para persuadirlo finalmente. Fischer llegó a Reikiavik solo horas antes de que fuera declarada su incomparecencia.

El encuentro comenzó de manera sorprendente: Spassky ganó la primera partida con facilidad. En un final de una Nimzo-India, Fischer cometió el error de capturar un peón envenenado, quedando su alfil atrapado por los peones enemigos. La técnica del soviético hizo el resto. Más sorprendente aún fue que Fischer no se presentó a la segunda partida, protestando por la presencia de cámaras en la sala de juego. Spassky, siempre caballeroso, aceptó sus condiciones. El marcador se puso 2-0 a favor del soviético.

Desde ese momento, el curso del encuentro cambió radicalmente. Spassky solo ganaría una partida más, la undécima. Fischer ganó la tercera, su primera victoria sobre el soviético, y continuó acumulando triunfos. De veintiuna partidas jugadas, Fischer ganó siete mientras Spassky ganaba solo dos. El 3 de septiembre de 1972, en la partida final, Spassky abandonó por teléfono sin presentarse a la reanudación. Fischer era campeón del mundo.

Lo que sucedió después fue tan notable como el triunfo mismo. Fischer desapareció de la vida pública. Cuando en 1975 tuvo que defender su corona contra Anatoly Karpov, planteó exigencias que la FIDE consideró inaceptables y fue despojado del título por incomparecencia. Veinte años más tarde, en medio de la guerra de los Balcanes, Fischer ignoró las órdenes de bloqueo contra Serbia y viajó a Belgrado para jugar una revancha contra Spassky, ganando tres millones trescientos mil dólares. Ganó diez partidas, perdió cinco, y quince terminaron en tablas. Finalmente, murió en Reikiavik a los sesenta y cuatro años, perseguido por las autoridades estadounidenses, en el olvido y con síntomas de grave desequilibrio mental. Murió en el mismo lugar donde había alcanzado su gloria, en una ciudad que lo vio transformar un juego en un símbolo de la confrontación global.

El secretario de Estado Henry Kissinger tuvo que hacer una llamada telefónica para persuadir a Fischer de que viajara a Reikiavik
— Contexto del artículo
Spassky, siempre caballeroso, aceptó las condiciones de Fischer cuando se negó a presentarse a la segunda partida
— Contexto del artículo
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

¿Por qué este partido de ajedrez se convirtió en algo tan importante para los gobiernos?

Model

Porque representaba más que movimientos en un tablero. Era capitalismo contra comunismo, Estados Unidos contra la Unión Soviética, en un momento en que ambas potencias estaban en una carrera existencial por demostrar su superioridad. Un juego de ajedrez podía hacerlo visible.

Inventor

Fischer parece haber sido un personaje difícil incluso antes de ganar.

Model

Absolutamente. Sus exigencias sobre dinero, iluminación, cámaras, cojines de silla, todo eso no era capricho. Era su forma de ejercer control en un mundo que lo rodeaba. Y funcionó. Kissinger mismo tuvo que intervenir.

Inventor

¿Qué pasó después de que ganó? Parece que simplemente desapareció.

Model

Ganó y se fue. No volvió a jugar ajedrez oficial. Cuando tuvo que defender el título tres años después, pidió cosas que sabía que nadie aceptaría. Era como si la victoria lo hubiera consumido, como si no hubiera nada más que probar.

Inventor

¿Y esa revancha con Spassky veinte años después?

Model

Fue extraño. Fischer estaba siendo perseguido por su propio gobierno, así que viajó a Serbia durante una guerra para jugar ajedrez nuevamente. Ganó dinero, pero ya no era el mismo hombre. El genio seguía ahí, pero algo se había roto.

Inventor

Murió en Reikiavik, ¿verdad? El mismo lugar donde triunfó.

Model

Exactamente. A los sesenta y cuatro años, el número exacto de cuadros en un tablero de ajedrez. Murió en el mismo lugar donde alcanzó la gloria, pero en la soledad y el olvido. Es una simetría casi demasiado perfecta para ser real.

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