Cada año, los números del informe PISA llegan como un veredicto silencioso sobre lo que una sociedad ha decidido hacer con sus hijos. En España, esa sentencia coincidió esta vez con el primer día de clases, transformando un momento de esperanza colectiva en un ejercicio de rendición de cuentas. Las brechas reveladas —especialmente en Galicia, donde los estudiantes repetidores acumulan hasta cinco años de rezago— no son solo estadísticas: son el retrato de decisiones políticas y pedagógicas que afectan vidas concretas. El debate que siguió no fue sobre educación en abstracto, sino sobre quién e