Cada 11 de septiembre, las calles de Barcelona se convierten en espejo del alma del independentismo catalán. Este año, ese reflejo mostró 45.000 personas —la segunda cifra más baja en la historia reciente del movimiento—, una señal de que la marea que una vez arrastró multitudes se ha retirado considerablemente. El movimiento, fragmentado por divisiones internas y desafiado por un clima político que percibe como hostil, busca ahora en el horizonte de 2027 una razón para creer en su propia renovación.