En el cruce entre la fe y el capital, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha construido silenciosamente uno de los imperios inmobiliarios más significativos de Estados Unidos, adquiriendo propiedades en múltiples estados con una disciplina que los investigadores describen como calculada y deliberada. No se trata de una expansión espiritual visible, sino de una acumulación estratégica de activos que opera en los márgenes del escrutinio público, amparada por privilegios fiscales que las corporaciones convencionales no poseen. El fenómeno invita a una pregunta más profunda