En el corazón de la expansión digital europea se esconde una paradoja: las instituciones que promulgaron normas de transparencia ambiental son las mismas que hoy bloquean el acceso a los datos que esas normas exigen. Desde 2024, la Unión Europea recopila información sobre el consumo energético e hídrico de sus centros de datos de inteligencia artificial, pero una cláusula impulsada por el lobby tecnológico la mantiene fuera del alcance ciudadano. Lighthouse Reports ha llevado esta contradicción ante el Convenio de Aarhus, recordándonos que la rendición de cuentas no es un privilegio sino una c
El gran encubrimiento: cómo las tecnológicas ocultan el verdadero coste de la IA en Europa
Ocultar el verdadero coste garantiza el rechazo de las comunidades
¿Por qué importa tanto que conozcamos estos números específicos de consumo de energía y agua?
Porque sin ellos, los ciudadanos no pueden entender realmente qué está pasando en sus países. Si un centro de datos va a consumir el agua equivalente a una ciudad pequeña, la gente tiene derecho a saberlo antes de que se construya.
Pero espera. ¿Realmente no hay ningún dato disponible, o simplemente no está centralizado y accesible?
Hay datos. La UE los recopila desde 2024. Pero están clasificados. Algunos países como Países Bajos han conseguido publicarlos de forma anonimizada, pero la mayoría mantiene el secreto.
¿Y la razón oficial es el secreto comercial?
Exacto. La Comisión dice que revelar el consumo individual de cada centro socavaría los intereses comerciales de las empresas.
¿Pero eso se sostiene legalmente? Quiero decir, ¿hay precedentes de que esto sea válido?
No realmente. Expertos en transparencia señalan que estos límites deben interpretarse restrictivamente. Y el Convenio de Aarhus, que es un tratado internacional vinculante, protege específicamente el acceso a información medioambiental.
Entonces ¿por qué la Comisión sigue negándose?
Porque la industria presionó activamente para incluir esa cláusula de confidencialidad. Microsoft y DigitalEurope fueron decisivos en ello.
¿Y qué tan grande es realmente este consumo? ¿Estamos hablando de números que justifiquen toda esta opacidad?
En 2025, los centros que reportaron datos consumieron un 25 por ciento más de energía y un 50 por ciento más de agua que en 2024. Y eso es solo de los que reportaron.
¿Cuál es el siguiente paso?
Lighthouse Reports acaba de interponer un recurso ante el Convenio de Aarhus. Es el primer desafío legal serio.
¿Y qué posibilidades tiene de ganar?
El convenio ha funcionado antes. Forzó la divulgación en el caso Volkswagen. Pero esto es diferente porque implica desafiar directamente a la Comisión Europea.
¿Y si pierden?
Entonces Europa seguirá construyendo centros de datos de IA sin que sus ciudadanos sepan realmente cuál es el costo.
El Pulso
- Los centros de datos de IA se multiplican por Europa —Aragón se ha convertido en tierra prometida de Amazon y Microsoft— mientras sus cifras reales de consumo permanecen clasificadas como secreto comercial.
- En 2024, solo el 36% de los centros europeos reportó datos obligatorios; los que sí lo hicieron revelaron un aumento del 25% en energía y del 50% en agua respecto al año anterior, una señal de la magnitud que se intenta ocultar.
- Documentos internos muestran que la Comisión pidió a los estados miembros presentar informes incluso vacíos, para inflar artificialmente el recuento de países participantes y aparentar cumplimiento.
- El sistema de etiquetado propuesto para 2027 calificará eficiencia relativa, no consumo absoluto: un gigante energético podría lucir la misma nota que una instalación pequeña, vaciando de sentido la medida.
- Lighthouse Reports interpone el primer recurso legal bajo el Convenio de Aarhus, el mismo tratado que forzó la divulgación de las emisiones de Volkswagen, desafiando a Europa a cumplir sus propias reglas.
En el corazón de la expansión digital europea se esconde una paradoja: las instituciones que promulgaron normas de transparencia ambiental son las mismas que hoy bloquean el acceso a los datos que esas normas exigen. Desde 2024, la Unión Europea recopila información sobre el consumo energético e hídrico de sus centros de datos de inteligencia artificial, pero una cláusula impulsada por el lobby tecnológico la mantiene fuera del alcance ciudadano. Lighthouse Reports ha llevado esta contradicción ante el Convenio de Aarhus, recordándonos que la rendición de cuentas no es un privilegio sino una condición de la democracia.
Desde hace más de un año, periodistas coordinados por Lighthouse Reports solicitan a las autoridades europeas cifras básicas: cuánta energía y agua consumen los centros de datos de la IA en la Unión Europea, y qué parte proviene de fuentes renovables. Datos que afectan a 450 millones de personas. La respuesta ha sido, sistemáticamente, el silencio.
La directiva de eficiencia energética de 2024 obliga a los centros con más de 500 kilovatios a reportar su sostenibilidad a las autoridades nacionales, que deben trasladarla a Bruselas. Sin embargo, una cláusula impulsada por Microsoft y la patronal DigitalEurope clasifica los indicadores individuales como información comercialmente sensible. Bajo ese argumento, la Comisión ha rechazado todas las solicitudes de acceso. España, por su parte, alegó que los datos van directamente a Bruselas —contradiciendo la propia norma— mientras Países Bajos, Francia e Italia encontraron fórmulas para publicar al menos versiones parciales.
Lo que se oculta tiene una escala sin precedentes. Aragón acumula campus de Amazon Web Services, Microsoft, QTS y otros operadores. En Irlanda, uno de cada cuatro vatios del país ya alimenta centros de datos. Los números disponibles son elocuentes: en el primer ciclo de reporte obligatorio, solo el 36% de los centros europeos participó, y los que lo hicieron registraron un 25% más de consumo energético y un 50% más de agua que el año anterior. Documentos internos revelan que la Comisión animó a los estados a enviar informes aunque estuvieran vacíos, para que más países figuraran en el recuento público.
La solución anunciada —un etiquetado tipo electrodoméstico desde 2027— no mostrará consumos reales sino eficiencia relativa, lo que permitiría a un centro gigantesco obtener buena calificación si es proporcionalmente eficiente. Los expertos lo consideran insuficiente.
Esta semana, Lighthouse Reports presentó un recurso ante el Convenio de Aarhus, tratado internacional vinculante que protege el acceso ciudadano a información medioambiental. Es el primer desafío legal directo a esta opacidad. La denuncia argumenta que clasificar de forma genérica el consumo de los centros de datos viola los principios del tratado, el mismo que en su día forzó la divulgación de las emisiones fraudulentas de Volkswagen. Lo que se dirime es si Europa puede —y quiere— obligar a sus propias instituciones a respetar las reglas que ella misma escribió.
Desde hace más de un año, un grupo de periodistas coordinados por Lighthouse Reports ha estado pidiendo a las autoridades europeas un conjunto de números que, en teoría, deberían ser públicos. Se trata de cifras básicas: cuánta energía consumen los centros de datos de la Unión Europea, cuánta agua utilizan, qué porcentaje proviene de fuentes renovables. Datos que afectan directamente a 450 millones de ciudadanos. Hasta ahora, Bruselas y los gobiernos nacionales han respondido con un muro de silencio.
La razón oficial es el secreto comercial. Desde 2024, la directiva de eficiencia energética obliga a los centros de datos europeos con más de 500 kilovatios a reportar información sobre su sostenibilidad a las autoridades nacionales. Estas, a su vez, deben enviarla a la Comisión Europea, que ha creado un portal público con datos agregados. El problema es que una cláusula controvertida, incluida en el acto delegado que acompañó a la directiva, clasifica los indicadores individuales de cada centro como información especialmente sensible desde el punto de vista comercial. Bajo este argumento, la Comisión ha rechazado todas las solicitudes de acceso, alegando que revelar estos datos socavaría gravemente los intereses comerciales de las empresas tecnológicas.
Lo que hace esta postura particularmente notable es que contradice lo que está sucediendo sobre el terreno. En Países Bajos, las autoridades de transparencia han obligado a publicar estos datos con garantías de anonimato. En Francia, tras una apelación, el ministerio retiró nombres y direcciones de instalaciones y mezcló los valores reportados. En Italia, una apelación inicial forzó la publicación de informes con datos agregados que habían sido ocultados. Pero en España, el Ministerio de Transición Ecológica respondió en marzo que la información no está en su poder porque las tecnológicas remiten sus datos directamente a Bruselas, un argumento que contradice la propia norma europea y que otros países como Dinamarca, Lituania y República Checa también han utilizado.
La escala del despliegue que se está ocultando es sin precedentes. En apenas unos años, Aragón se ha convertido en lo que la industria llama una tierra prometida. Amazon Web Services comenzó a operar aquí en 2022 con tres campus propios y ya ha anunciado dos expansiones más. Microsoft tiene una red de campus aprobados. La lista de proyectos con permisos concedidos incluye a QTS Data Centers, Merlin Properties, ACS, Azora y Forestalia. En Irlanda, donde la industria llegó una década antes, uno de cada cuatro vatios consumidos en el país se destina ya a los centros de datos. El regulador energético prohibió nuevas conexiones en 2021 por la demanda excesiva, levantó la moratoria en 2024 pero con requisitos estrictos de autoconsumo. La oposición ciudadana y la escasez de suelo han comenzado a frenar la expansión.
Los números que se conocen sugieren por qué las empresas quieren mantener el resto en secreto. En 2024, solo el 36 por ciento de los centros de datos de la Unión Europea enviaron sus datos durante el primer período de análisis obligatorio. Cuando se actualizaron las cifras del portal con datos de 2025, sucedió algo sorprendente: comparado con 2024, menos centros reportaron información en el conjunto de la UE, pero los que sí lo hicieron utilizaron un 25 por ciento más de energía y un 50 por ciento más de agua que el año anterior. Documentos internos de la Comisión obtenidos en esta investigación muestran que se pidió a los estados miembros que presentaran informes incluso con datos parciales o sin ellos, para que más países aparecieran en el recuento público.
Esta opacidad no es accidental. En abril de este año, una investigación de Investigate Europe reveló cómo Microsoft y DigitalEurope, la patronal que agrupa a las grandes tecnológicas en el continente, presionaron de forma decisiva para incluir la cláusula de confidencialidad. El análisis de las acciones de lobby del sector muestra un fuerte aumento del gasto, con organizaciones como la Asociación Europea de Centros de Datos y empresas energéticas como Schneider Electric en posiciones altas, dominadas claramente por la filial europea de Amazon. En septiembre, la Comisión presentó una herramienta para fiscalizar a los grandes centros de datos: desde 2027 deberán llevar una etiqueta similar a la de los electrodomésticos, con una escala de la A a la G sobre eficiencia. Pero esta etiqueta no mostrará cifras reales de consumo, sino promedios relativos. Un centro de datos gigantesco que consume enormes cantidades de agua y electricidad podría obtener la misma calificación que uno más pequeño si es eficiente, un defecto evidente que los expertos señalan como insuficiente.
Esta semana, Lighthouse Reports ha interpuesto un recurso contra la Comisión Europea al amparo del Convenio de Aarhus, un tratado internacional jurídicamente vinculante que protege el acceso de la ciudadanía a la información medioambiental. Se trata del primer desafío legal ante el muro de opacidad. En la denuncia, Lighthouse argumenta que tratar de forma genérica como confidenciales los consumos de los centros de datos viola los principios del tratado. El convenio ha servido en otros casos para forzar la divulgación de información, como en el escándalo de las emisiones de Volkswagen. La denuncia apunta a fallos críticos en cuatro niveles: la ocultación de los daños medioambientales actuales del sector en Europa, la imposibilidad de comprender las decisiones que se tomarán en base a esos datos y de exigir responsabilidades, la incapacidad de otras regiones para analizar las implicaciones de esta industria, y las dificultades que todo ello supone para ganarse la confianza de la opinión pública sobre la inteligencia artificial y su infraestructura. Lo que está en juego es si Europa puede obligar a sus propias instituciones a cumplir con sus propias reglas.
Citas Notables
Necesitamos esos datos de cada centro para evaluar hacia dónde se dirige el sector. No basta con disponer de las cifras agregadas.— Christian van Veen, abogado e investigador de Leitmotiv
Los ciudadanos tienen derecho a saber cómo afectará un nuevo centro de datos a sus facturas de energía y agua, y si interferirá con la construcción de viviendas o la agricultura.— Cori Crider, directora ejecutiva del Future of Tech Institute