El giro autoritario de Silicon Valley: de demócratas a fascistas

El movimiento que iba a abandonar la democracia ahora quiere reemplazarla
El giro ideológico de Silicon Valley desde el apoyo a Obama hasta la búsqueda de poder político directo.
Mark

¿Cómo pasamos de tecnólogos que financiaban a Obama a gente que quiere reemplazar la democracia?

Mimi

Durán sugiere que el romance nunca fue real. Fue conveniencia. Cuando la crisis de 2008 hizo que Silicon Valley prosperara mientras el resto se contraía, vieron que no necesitaban a las instituciones democráticas. De hecho, las veían como un obstáculo.

Luke

Pero espera. ¿Estamos diciendo que en 2012 ya querían reemplazar la democracia, o que eso vino después? Porque el ensayo de Thiel sobre democracia y libertad es anterior, pero no es claro cuándo pasó de ser una idea marginal a ser la estrategia real.

Mimi

Es un proceso. Thiel financia a Yarvin en 2009. Luego a Srinivasan. Pero el punto de quiebre parece ser la pandemia, cuando las plataformas demostraron ser infraestructuras críticas.

Mark

¿Y San Francisco 2022 es cuando lo hacen público?

Mimi

Exacto. Es cuando dejan de hablar de ciudades flotantes y colonias en Marte y apoyan a un republicano para sacar demócratas del poder. Es cuando la teoría se convierte en acción.

Luke

Pero aquí hay un salto. ¿Cuántos tecnólogos realmente apoyan esto? ¿Es Thiel y sus protegidos, o es un movimiento más amplio? El artículo no lo deja claro.

Mark

¿Y qué significa "reemplazar la democracia"? ¿Literalmente un golpe de estado, o simplemente influencia política?

Mimi

Creo que es más sutil. Es usar su poder sobre las infraestructuras digitales para hacer que la democracia sea irrelevante. Si controlas las plataformas donde la gente se comunica, vota, compra, trabaja, controlas el poder sin necesidad de un golpe.

Luke

Eso es especulación. El artículo no dice eso explícitamente.

  • El romance entre Silicon Valley y la democracia liberal se rompió silenciosamente tras 2008: mientras el resto del mundo sufría la crisis financiera, los tecnólogos prosperaban y comenzaban a preguntarse por qué seguían necesitando a los políticos.
  • Peter Thiel sembró la chispa ideológica al argumentar que democracia y libertad son incompatibles, financiando luego a pensadores como Curtis Yarvin y Balaji Srinivasan para construir un andamiaje filosófico que justificara el abandono de las instituciones.
  • La pandemia de 2020 funcionó como catalizador: al convertirse en la única infraestructura verdaderamente funcional durante el confinamiento global, las plataformas tecnológicas creyeron haber demostrado que sus CEO estaban más capacitados para gobernar que cualquier parlamento.
  • El movimiento oscila entre dos estrategias: abandonar el sistema para crear ciudades-estado flotantes o colonias en Marte, o bien tomar el control desde adentro, como evidenciaron las maniobras políticas en San Francisco en 2022.
  • Lo que parecía una transformación ideológica resulta ser, según el periodista Gil Durán, una revelación: la vocación autoritaria siempre estuvo ahí, esperando la excusa perfecta para mostrarse.

En el espacio de una generación, los arquitectos del mundo digital pasaron de ser aliados del proyecto democrático a declararlo obsoleto. Lo que comenzó como una tensión ideológica en blogs oscuros y ensayos libertarios se ha convertido en una fuerza política concreta: tecnócratas que alguna vez financiaron campañas progresistas ahora proponen reemplazar las instituciones representativas con estructuras diseñadas a su imagen. La pregunta que emerge no es si la tecnología puede gobernar, sino qué tipo de humanidad imagina cuando lo hace.

En 2012, Silicon Valley era el bastión financiero de Barack Obama. El 83% de las donaciones de empleados en las grandes empresas tecnológicas ese año fueron para su campaña. Los tecnólogos creían en el progreso y veían en Obama su encarnación natural. Pero algo se fracturó en ese mismo momento: mientras el resto de la economía colapsaba por la crisis de 2008, las empresas tecnológicas crecían. Y fue precisamente entonces cuando sus líderes comenzaron a declarar que la democracia era obsoleta.

El periodista Gil Durán, en su libro The Nerd Reich, rastrea el origen ideológico de este giro hasta un ensayo de Peter Thiel en el que argumenta que democracia y libertad son incompatibles. Thiel señalaba que la extensión del sufragio y el crecimiento del Estado de bienestar habían convertido el capitalismo democrático en una contradicción. El ensayo escandalizó a muchos, pero sedujo a Curtis Yarvin, un programador que escribía en un blog marginal. Thiel lo financió y lo convirtió en el centro de un movimiento pseudofilosófico. Poco después haría lo mismo con Balaji Srinivasan, autor de The Network State, quien propuso que los tecnólogos debían elegir entre transformar el sistema desde adentro o abandonarlo para fundar nuevas sociedades, como los peregrinos del Mayflower: ciudades flotantes, colonias en Marte, estructuras construidas desde cero sin herencia democrática.

Luego llegó 2020. La pandemia demostró que las plataformas tecnológicas eran la única infraestructura verdaderamente funcional durante el confinamiento global. Sin ellas, la economía mundial se habría detenido. Los CEO de Silicon Valley lo interpretaron como una confirmación: estaban más cualificados que las instituciones democráticas para gobernar. Quizá no eran ellos quienes debían irse. Quizá era la democracia la que sobraba.

Durán recurre a una metáfora de Breaking Bad para explicar lo que ocurrió. El creador de la serie escribió el programa para explorar si un hombre bueno podía volverse criminal bajo presión extrema. Al terminar, comprendió que el cáncer no había transformado a Walter White: solo le había dado la excusa para revelar quién era en realidad. Algo similar ocurrió en las elecciones municipales de San Francisco en 2022, cuando los mismos tecnócratas que habían financiado a los demócratas durante años buscaron a un millonario republicano para desplazarlos del poder. No fue una transformación. Fue una revelación.

En 2012, cuando Barack Obama buscaba su reelección, Silicon Valley parecía ser su bastión natural. Los grandes nombres de la tecnología —Eric Schmidt, Sheryl Sandberg, Marisa Mayer— no solo escribían cheques generosos sino que organizaban las galas de recaudación que financiaban sus campañas. Sus empleados seguían el mismo patrón: el 83% de las donaciones de trabajadores en las principales empresas tecnológicas ese año fueron para Obama. Era un romance que parecía sólido, casi inevitable. Los tecnólogos creían en el progreso, en la innovación, en un futuro mejor. ¿Quién mejor que un presidente que encarnaba esos valores?

Pero algo cambió. El periodista estadounidense Gil Durán, en su libro The Nerd Reich, ubica el quiebre en dos eventos simultáneos: la victoria del primer presidente negro y la crisis financiera de 2008. Mientras el resto de la economía se contraía, las empresas tecnológicas crecieron. Parte de ese crecimiento vino del apoyo y la confianza de la administración Obama. Y sin embargo, precisamente en ese momento, los líderes de Silicon Valley comenzaron a declarar que la democracia era obsoleta, que las instituciones tradicionales eran ineficaces, que ellos —los tecnólogos— estaban mejor equipados para gobernar.

La semilla ideológica de este giro se encuentra en un ensayo de Peter Thiel que argumenta que la democracia y la libertad son incompatibles. Thiel escribió que el aumento de beneficiarios de asistencia social y la extensión del sufragio a las mujeres —dos grupos que históricamente han sido problemáticos para los libertarios— habían convertido la idea de una democracia capitalista en un oxímoron. El ensayo indignó a la mayoría, pero fascinó a un programador resentido que escribía en un blog oscuro. Ese programador era Curtis Yarvin. Thiel lo financió, lo promovió, lo convirtió en el centro de un movimiento pseudofilosófico. Esto sucedía en 2009, cinco años después de que Thiel hubiera financiado Facebook y seis años antes de que financiara la campaña presidencial de Donald Trump.

El siguiente protegido de Thiel fue Balaji Srinivasan, quien escribió un libro sobre ciudades-estado del futuro llamado The Network State. En una charla de quince minutos titulada La fuga definitiva de Silicon Valley, Srinivasan presentó su visión: el poder tecnológico creciente se enfrenta a cuatro centros tradicionales de poder estadounidense —Boston con su educación, Los Ángeles con el entretenimiento, Nueva York con la cultura, Washington DC con la legislación. Srinivasan llamó a este conjunto El Cinturón del Papel. Su argumento era que este sistema se resistía tanto al cambio que solo quedaban dos opciones: transformarlo desde adentro o abandonarlo completamente y crear algo nuevo, como hicieron los peregrinos del Mayflower en 1620. Los tecnólogos, razonaba, no eran militares sino exploradores. Por eso elegirían abrir nuevas fronteras: ciudades flotantes, colonias en Marte, nuevas sociedades construidas desde cero.

Para que estas nuevas sociedades funcionaran, necesitaban tecnologías que reemplazaran las infraestructuras y servicios tradicionales. Criptodivisas, plataformas de pago digital, sistemas que no dependieran de gobiernos. Luego llegó 2020 y la pandemia. De repente, descubrieron que ya tenían exactamente lo que necesitaban. Las grandes plataformas tecnológicas resultaron ser las únicas infraestructuras verdaderamente útiles durante el confinamiento. Sin ellas, la economía mundial se habría detenido por completo. Era el momento que Ayn Rand había descrito en La Rebelión de Atlas: el momento en que los productores se rebelan contra un sistema que no los valora. Los CEO de Silicon Valley se hicieron una pregunta que cambió todo: ¿no habían demostrado que estaban más cualificados que las instituciones democráticas para gobernar? Quizá no eran ellos quienes tenían que irse. Quizá era la democracia la que tenía que desaparecer.

Durán usa una metáfora de Breaking Bad para explicar lo que sucedió. El creador de la serie, Vince Gilligan, dijo que escribió el programa para explorar si un hombre genuinamente bueno, enfrentado a circunstancias extremas, podía transformarse en un criminal. Al terminar la última temporada, Gilligan se dio cuenta de que el cáncer y la droga no habían transformado a Walter White en Tony Soprano. Le habían dado la excusa perfecta para revelar quién era en realidad. Durán vio algo similar en las elecciones municipales de San Francisco en 2022. Los mismos tecnócratas que habían apoyado a Obama, que habían financiado demócratas durante años, buscaron a un millonario republicano para echar a los demócratas del poder. No fue una transformación. Fue una revelación. El movimiento que supuestamente iba a abandonar la democracia ahora quería reemplazarla. Esa era la opción A.

La democracia y la libertad son incompatibles; el aumento de beneficiarios de asistencia social y la extensión del sufragio a las mujeres han convertido la democracia capitalista en un oxímoron
— Peter Thiel
Silicon Valley enfrenta dos opciones: cambiar el sistema desde dentro o abandonarlo y crear uno nuevo, como hicieron los peregrinos del Mayflower en 1620
— Balaji Srinivasan
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