En el otoño de 1937, en las aguas remotas de Haida Gwaii, una criatura sin nombre emergió del estómago de un cachalote y desapareció antes de que la ciencia pudiera pronunciarse con certeza. Casi noventa años después, ese vacío de evidencia sigue siendo fértil: los criptozoólogos ven en él una especie perdida, mientras los biólogos marinos reconocen la silueta familiar de un tiburón peregrino disuelto por la descomposición. Lo que el hallazgo revela, más allá de la criatura misma, es la tensión permanente entre la imaginación humana y los límites del conocimiento verificable.