El contexto donde vivimos redefine el riesgo de demencia: México enfrenta desafíos únicos

Millones de adultos mayores en México enfrentan riesgo elevado de demencia debido a factores estructurales como baja escolaridad, acceso limitado a servicios de salud y deficiencias sensoriales no tratadas.
El riesgo no depende únicamente de decisiones individuales
Nichols subraya que las políticas públicas deben transformar los factores estructurales del entorno, no solo exhortar a las personas a vivir mejor.
Mark

¿Por qué el estudio encontró que México es tan diferente a Estados Unidos en términos de factores de riesgo?

Mimi

Porque la historia de vida es completamente distinta. En Estados Unidos, la mayoría de las personas completó su educación y tiene acceso a servicios de salud desde joven. En México, la baja escolaridad es el punto de partida, y eso no desaparece. Se suma a todo lo demás.

Mark

Pero la baja escolaridad no causa demencia directamente, ¿verdad?

Mimi

No directamente. Pero la educación está vinculada a cómo el cerebro se desarrolla, cómo procesa información, cuánto estimulación cognitiva recibe a lo largo de la vida. Y además, la baja escolaridad frecuentemente significa menos ingresos, menos acceso a servicios de salud, menos capacidad para cuidarse.

Mark

Entonces el problema real es la pobreza.

Mimi

Es más complejo que eso. La pobreza es el contexto, pero los investigadores identificaron factores específicos que se pueden cambiar: la hipertensión, la visión sin corregir, la inactividad física. El punto es que en México estos factores se presentan juntos, no aislados.

Mark

¿Qué pasaría si alguien en México simplemente empieza a hacer ejercicio y comer bien?

Mimi

Ayudaría. Pero si esa persona tiene presión arterial alta sin tratar y no puede ver bien, el ejercicio solo no es suficiente. Y si vive aislada porque no ve, el ejercicio se vuelve más difícil. Todo está conectado.

Mark

¿Entonces qué debería hacer el gobierno?

Mimi

Tres cosas principales: primero, mantener a los niños en la escuela y mejorar la calidad educativa. Segundo, garantizar que todos tengan acceso a revisiones de presión arterial y medicamentos. Tercero, asegurar que las personas puedan acceder a anteojos y audífonos. No son cosas glamorosas, pero son lo que realmente importa.

  • México y Brasil concentran la mayor acumulación simultánea de factores de riesgo de demencia entre los 14 países estudiados, lo que los convierte en casos de urgencia sanitaria estructural.
  • El 43% de los mexicanos mayores de 53 años vive con hipertensión diagnosticada, mientras millones más enfrentan obesidad, diabetes y pérdida visual o auditiva sin corregir —una tormenta perfecta para el deterioro cognitivo.
  • Cuando el cerebro compensa déficits sensoriales no tratados, agota reservas cognitivas que ya no estarán disponibles para otras funciones, desencadenando aislamiento social, sedentarismo y declive acelerado.
  • Los programas de prevención enfocados en un solo factor —como el control de presión arterial— están condenados a ser insuficientes en contextos donde los riesgos se acumulan desde la infancia y se entrelazan a lo largo de toda una vida.
  • La investigadora principal advierte que el riesgo no es destino, pero tampoco es una decisión individual: sin políticas educativas, acceso a lentes y audífonos, y diagnóstico oportuno, la exhortación a 'vivir mejor' queda vacía.

Un estudio con más de 214,000 participantes en 14 países confirma que la demencia no tiene un rostro universal: sus causas se moldean según la historia colectiva de cada nación. En México, la baja escolaridad acumulada desde la infancia, la hipertensión no controlada y las deficiencias sensoriales sin atender forman una tríada de vulnerabilidad que ninguna intervención clínica aislada puede deshacer. La investigación, publicada en The Lancet Healthy Longevity, nos recuerda que el cerebro envejece en el mismo mundo que el cuerpo —y que ese mundo está hecho, en gran parte, de política, desigualdad y acceso.

Un equipo de la Universidad del Sur de California analizó datos de más de 214,000 adultos mayores en 14 países entre 2009 y 2023, y llegó a una conclusión incómoda: la ciencia sobre demencia ha sido construida mayoritariamente desde países ricos, y sus recetas no viajan bien. En México, los factores que más pesan no son los que dominan los manuales clínicos occidentales.

Aquí, la baja escolaridad encabeza el perfil de riesgo —una desventaja que comienza en la infancia y nunca desaparece, sino que se suma con los años a la hipertensión, la obesidad, la diabetes y las deficiencias visuales o auditivas sin corregir. Según la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento de 2021, más del 43% de los mayores de 53 años tiene hipertensión diagnosticada, y la obesidad afecta a casi un tercio de las mujeres. El cuadro no es de un riesgo, sino de varios que se potencian mutuamente.

La investigadora principal Emma Nichols explicó que la pérdida sensorial no tratada obliga al cerebro a trabajar con mayor esfuerzo para procesar información incompleta, agotando recursos cognitivos que luego faltan para otras funciones. A esto se suma el efecto en cascada: quien no oye ni ve bien sale menos, se mueve menos, se aísla más —y el declive mental se acelera.

Nichols fue enfática en que prevenir la demencia en este contexto no es un asunto de consultas médicas en la vejez. Requiere mantener a los niños en la escuela, garantizar acceso continuo a medicamentos para enfermedades crónicas, y asegurar que las personas puedan obtener anteojos y audífonos. El riesgo elevado no es un diagnóstico inevitable, pero tampoco se resuelve con voluntad individual: está condicionado por ingresos, educación y los recursos que cada comunidad pone —o no pone— al alcance de sus habitantes.

Un estudio internacional de más de 214,000 adultos mayores en 14 países ha llegado a una conclusión que desafía la sabiduría convencional sobre la demencia: no existe una fórmula única para prevenirla. Los investigadores de la Universidad del Sur de California, cuyos hallazgos aparecen en The Lancet Healthy Longevity, descubrieron que el riesgo de deterioro cognitivo se configura de manera radicalmente distinta según dónde vives y en qué condiciones has vivido.

En México, el panorama es particularmente complejo. Mientras que en países ricos la hipertensión y el colesterol elevado dominan el perfil de riesgo, aquí la baja escolaridad encabeza la lista, acompañada por la hipertensión arterial y los problemas de visión sin tratar. Estos no son factores aislados. Según datos de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México de 2021, el 43.3% de las personas de 53 años o más tiene diagnóstico de hipertensión, el 25.6% padece diabetes, y la obesidad afecta al 30.1% de las mujeres y al 23.3% de los hombres. El cuadro que emerge es el de una población vulnerable en múltiples frentes simultáneamente.

Lo que hace único el caso mexicano es cómo estos riesgos se entrelazan a lo largo de una vida. La desventaja educativa que comienza en la infancia no desaparece; simplemente se suma a las enfermedades cardiometabólicas y las deficiencias sensoriales que se acumulan con la edad. Emma Nichols, investigadora principal del estudio y del Centro de Investigación Económica y Social del Instituto Schaeffer de USC, explicó que cuando una persona vive con pérdida auditiva o visual sin corregir, el cerebro debe trabajar más intensamente para procesar información incompleta. Esto consume recursos cognitivos que de otro modo estarían disponibles para otras funciones. El deterioro sensorial además genera un efecto en cascada: las personas salen menos de casa, reducen su actividad física, se aíslan socialmente, y todo esto acelera el declive mental.

La investigación, que recopiló datos entre 2009 y 2023 a través de la Red Internacional de Estudios de Salud y Jubilación, reveló que México y Brasil enfrentan una situación particularmente desafiante. Ambos países presentan la mayor concentración simultánea de múltiples factores de riesgo entre todas las naciones estudiadas. Esto significa que los programas de prevención que se enfoquen en un solo factor —digamos, solo control de la presión arterial— probablemente fracasarán en estos contextos.

Nichols enfatizó que la prevención de la demencia no puede ser únicamente un asunto clínico. Requiere un cambio profundo en cómo pensamos sobre la salud pública. Las intervenciones no pueden limitarse a consultas médicas en la vejez. Se necesitan políticas educativas que mantengan a los niños y jóvenes en la escuela y mejoren la calidad de la enseñanza. Se requiere diagnóstico oportuno y acceso continuo a medicamentos para la hipertensión y la diabetes. Y es fundamental garantizar que las personas tengan acceso a anteojos correctivos y dispositivos auditivos.

Lo que distingue este estudio es que desafía el sesgo histórico de la investigación sobre demencia. La mayor parte de la evidencia científica proviene de países ricos, donde los factores de riesgo se presentan en un orden completamente diferente. Extrapolar esos hallazgos a México y otros países de ingresos medios ha ocultado las necesidades reales de estas poblaciones. Nichols fue clara en su advertencia: los resultados sugieren que programas concentrados en un solo factor probablemente no serán suficientes.

Al mismo tiempo, la investigadora rechazó cualquier tono de fatalismo. Tener un riesgo elevado no es un diagnóstico inevitable. El control médico reduce complicaciones. Mantenerse activo física y mentalmente, cuidar la alimentación y proteger la salud cardiovascular y sensorial contribuyen directamente a preservar la función cerebral. Pero aquí está el punto crucial que Nichols subrayó: el riesgo no depende únicamente de decisiones individuales. Está condicionado por el acceso a servicios de salud, los ingresos, la educación y los recursos disponibles en cada comunidad. Las políticas públicas deben transformar los factores estructurales del entorno, no solo exhortar a las personas a vivir mejor.

El riesgo de presentar estos problemas en etapas avanzadas no está predeterminado. Son factores que se experimentan a lo largo de la vida, y las personas pueden influir en su reducción
— Emma Nichols, investigadora de USC
México y Brasil se encuentran entre los países con una mayor presencia simultánea de varios factores de riesgo. Programas concentrados en un solo factor probablemente no serán suficientes
— Emma Nichols
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