El cobre, ese metal que conecta civilizaciones y circuitos, ha alcanzado máximos históricos en 2026 no por una sed genuina de la industria, sino por el miedo: Estados Unidos acumula reservas preventivas ante posibles aranceles de Trump, vaciando las existencias globales y disparando los precios un 15%. Es una paradoja reveladora de nuestro tiempo: la escasez más costosa no siempre nace de la naturaleza, sino de la política. El destino del cobre —y del sector minero europeo que lo ha convertido en su motor— depende ahora de decisiones que aún no se han tomado en Washington.