Dos años después de su muerte, el neurólogo Francisco Lopera continúa contribuyendo a la ciencia desde el silencio de un frasco de formol y una cámara de congelación en el Neurobanco de la Universidad de Antioquia. El hombre que pasó décadas convenciendo a familias de donar los cerebros de sus seres queridos terminó siendo, él mismo, el donante número 563. Su tejido, marcado por lesiones de melanoma metastásico pero también por una lucidez que no cedió hasta el final, abre preguntas sobre la resiliencia del cerebro humano que quizás solo las generaciones futuras podrán responder.