El albergue de Gustavo: refugio de migrantes en Tijuana desafía políticas de Trump

Miles de migrantes quedaron varados tras el cierre de frontera; muchos enfrentan traumas por agresiones sexuales, heridas y patologías crónicas sin medicación durante su travesía.
Tijuana se construyó con puros migrantes
Gustavo Banda reflexiona sobre cómo los migrantes han transformado la ciudad y su albergue durante 15 años.
Mark

¿Por qué el albergue de Banda ha podido seguir funcionando cuando otros han cerrado?

Mimi

Porque no depende de fondos del Gobierno estadounidense. Se financia con donaciones de iglesias cristianas y pequeñas ONG, principalmente de Estados Unidos. Eso le da independencia.

Luke

Pero ¿cuántas iglesias? ¿Cuánto dinero llega cada mes? El artículo no lo especifica. Sabemos que funciona, pero no sabemos cuán frágil es esa financiación.

Mark

¿Qué pasó el 21 de enero que fue tan importante?

Mimi

Trump cerró la frontera y canceló el programa de asilo. De repente, miles de personas que esperaban cruzar se encontraron sin opciones. Algunos que estaban en el albergue de Banda decidieron quedarse en México en lugar de intentar regresar a sus países.

Luke

El artículo dice "miles", pero no da un número exacto de cuántos quedaron varados ese día en Tijuana específicamente. Es una cifra importante que falta.

Mark

¿Cuál es la diferencia entre los mexicanos deportados y los de otros países?

Mimi

México ofrece un programa oficial llamado "México te abraza" que da alojamiento, transporte y dinero a los mexicanos que regresan. Pero los deportados de terceros países —venezolanos, cubanos, haitianos— no reciben esa ayuda oficial. Quedan sin redes de apoyo.

Luke

El programa da 2.000 pesos, que es 91 euros. Eso es concreto. Pero ¿cuántos deportados de terceros países hay? ¿Cuántos necesitarían esa ayuda? El artículo no lo dice.

Mark

¿Cómo ha cambiado Tijuana por culpa de todo esto?

Mimi

Ha crecido una comunidad real alrededor del albergue. Hay una escuela, viviendas, pequeños negocios. Muchos migrantes trabajan en las maquilas. Banda quiere construir más casas para que las familias tengan un lugar propio después de pasar por el albergue.

Luke

Es una historia esperanzadora, pero el artículo no dice cuántas personas han logrado establecerse así. ¿Cuántos de los que llegan al albergue terminan con un negocio o una casa propia? Eso sería importante saber.

  • El albergue Embajadores de Jesús en Tijuana tiene 1.200 camas y actualmente aloja a 650 personas
  • El 21 de enero de 2025, Trump cerró la frontera y canceló el programa de asilo
  • El albergue se financia con donaciones de iglesias cristianas estadounidenses, no con fondos del Gobierno de EE.UU.
  • En 2010, unos 22.000 migrantes, muchos haitianos, llegaron a Tijuana tras el terremoto de Haití
  • México recibió 56.300 retornos de mexicanos en el primer semestre de 2025, frente a 82.000 en el mismo período de 2024

El cierre de frontera de Trump el 21 de enero dejó miles de migrantes sin opciones, muchos rechazando regresar a sus países de origen y eligiendo quedarse en México. El albergue de 1.200 camas funciona con 650 personas y ha construido una comunidad con escuela, viviendas y pequeños negocios, financiado por donaciones de iglesias cristianas estadounidenses.

El albergue Embajadores de Jesús en Tijuana, el más grande de México, acoge a migrantes varados tras el cierre de frontera de Trump y deportaciones de terceros países, mientras su fundador Gustavo Banda amplía operaciones con financiación de iglesias estadounidenses.

Gustavo Banda recuerda el 21 de enero de 2025 con claridad. Ese día, Donald Trump cerró la frontera estadounidense en su segundo mandato, cancelando de un golpe el programa de asilo. Banda subió a su camioneta y condujo hasta la línea que divide México de Estados Unidos, donde encontró a varias personas que él y su esposa habían acogido en su albergue. Un venezolano y un cubano le dijeron lo mismo: no podemos volver a nuestro país. Banda los llevó con él. Hoy siguen allí, junto con cientos más.

El albergue Embajadores de Jesús, ubicado en el Cañón del Alacrán de Tijuana, es el más grande de su tipo en México. Banda y su esposa lo han dirigido durante 15 años, pero la situación cambió radicalmente cuando Trump asumió el cargo. A diferencia de otros refugios que dependían de fondos estadounidenses canalizados a través del ACNUR o la Organización Internacional para las Migraciones —cuya presencia se ha reducido drásticamente en la región—, el albergue de Banda se financia principalmente con donaciones de iglesias cristianas estadounidenses y pequeñas organizaciones no gubernamentales. Esta independencia financiera le ha permitido seguir funcionando cuando otros han tenido que cerrar. "Gracias a Dios y a la ayuda de nuestros amigos de Estados Unidos, pues seguimos adelante", dice Banda.

El albergue tiene 1.200 camas, aunque actualmente aloja a 650 personas. Nació de otra crisis: en 2010, cuando el terremoto de Haití mató a 220.000 personas y desplazó a 1,5 millones, unos 22.000 migrantes —muchos haitianos— llegaron a Tijuana. Banda y su esposa comenzaron a ayudarlos con los trámites para asentarse, construyeron viviendas y trajeron a sus familias. Esa experiencia fue el embrión del albergue que existe hoy. El pico de llegadas ocurrió durante el primer mandato de Trump, cuando aproximadamente 10.000 migrantes se unieron para hacer el camino desde Centroamérica juntos, evidenciando el drama humanitario. Además, el albergue recibía entre 100 y 150 deportados diarios, no solo de Texas sino también de Arizona y Nuevo México. "Los enviaban en avión y los desembarcaban aquí, en el Paso de San Ysidro", recuerda Banda.

Ahora México enfrenta una presión diferente: recibe deportaciones de personas que no son mexicanas. Daniel Soto, un enfermero venezolano que lleva siete años facilitando acceso a la salud para migrantes en Ciudad Juárez, describe lo que encuentra: personas con salud física y mental deteriorada, heridas por agresiones, patologías crónicas sin medicación durante meses, y violaciones. "Muchas agresiones sexuales ocurren al final de la travesía, aquí mismo, en zonas tipo Ciudad Juárez que son muy violentas", explica Soto, quien trabaja para la organización Iniciativa de Salud Humanitaria en la Frontera. Su trabajo va más allá de lo médico: escuchar, generar confianza, permitir que las personas drenen experiencias traumáticas.

Existe una brecha crítica en la asistencia. El Gobierno mexicano ofrece ayuda oficial a los mexicanos deportados de Estados Unidos a través del programa "México te abraza", que proporciona alojamiento temporal, traslados gratuitos y 2.000 pesos (91 euros). Sin embargo, los deportados procedentes de terceros países quedan sin redes ni apoyo oficial, a pesar de que México aceptó recibirlos bajo presión de Trump. En el primer semestre de 2025, México recibió 56.300 retornos de mexicanos, una cifra menor a los 82.000 del mismo período en 2024.

Alrededor del albergue de Banda ha crecido una comunidad estable. La escuela pública del lugar atiende desde guardería hasta bachillerato, asegurando que los niños no pierdan el año escolar y que sus padres también puedan estudiar. Muchos migrantes han abierto pequeños negocios, otros trabajan en las maquilas —fábricas estadounidenses en territorio mexicano que aprovechan la mano de obra barata. Banda, quien planea jubilarse este año después de 32 años como funcionario, tiene un gran proyecto: terminar de construir un nuevo grupo de viviendas frente al albergue, con ayuda de la propia comunidad migrante que ha encontrado en esta construcción su primer empleo. Quiere "regalar" esas casas a familias mexicanas y extranjeras que buscan tener un espacio propio después de pasar por el albergue. "Construimos para quienes no traen nada", dice. Y añade: "Tijuana se construyó con puros migrantes".

No podemos volver a nuestro país. Les dije: ustedes se vienen conmigo. Y sí, aquí están. Hay muchísimos de ellos aquí. Y no es como dice Donald Trump, son gente que trabaja muy duro.
— Gustavo Banda, fundador del albergue
El Gobierno ayuda a mexicanos retornados, pero no a los deportados de terceros países, que quedan sin redes ni apoyo.
— Daniel Soto, enfermero venezolano y promotor de salud pública
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