En Chapel Hill, Carolina del Norte, los ministros del G20 se reunieron en torno a una pregunta que define nuestra era: ¿quién debe trazar los límites de la inteligencia artificial? La industria tecnológica llegó con una respuesta clara —menos restricciones, más poder en el diseño de las reglas— y encontró en la administración Trump un aliado dispuesto. Mientras tanto, una acumulación silenciosa de incidentes reales sugiere que la velocidad del progreso ha dejado atrás la capacidad de garantizar que ese progreso no cause daño.