En una época en la que el ruido suele ocupar el centro de la pantalla, Eduardo Sáenz de Cabezón recuerda que muchas personas no se alejaron de las matemáticas por la materia en sí, sino por el miedo a equivocarse en la escuela. Desde su programa Órbita Laika, en La 2, propone una ciencia que invite a la curiosidad y no solo al espectáculo, en la estela de quienes buscan que el saber vuelva a sentirse patrimonio común. Su apuesta, que cuenta con el respaldo de 361.000 espectadores en el arranque de la undécima temporada, plantea una pregunta de fondo sobre cuánto conocimiento cabe en la convers
Eduardo Sáenz de Cabezón desmonta el trauma escolar de las matemáticas desde la televisión
Una alfombra roja para quien no se sentía invitado a la ciencia
Sáenz de Cabezón dice que el miedo no es a las matemáticas, sino a equivocarse. ¿Por qué es importante esa distinción?
Porque cambia el problema. Si el miedo es al error, la solución no es saber más álgebra, sino entrar en la materia por otra puerta, que es lo que intenta el programa.
Ojo: es su teoría, formulada por él, no un dato medido. El artículo no aporta estudios que la respalden.
Cierto. Sí hay cifras de audiencia, ¿no?
Sí: 361.000 espectadores, un 3,3% de cuota y más de 1,1 millones de contactos en el estreno, ocho décimas más que la temporada anterior.
Esos números dicen que hay público, pero no que el programa reduzca el miedo a las matemáticas. Eso no está demostrado en el texto. Y los mensajes de espectadores que cita son testimonios que él relata, sin cifra.
También habla de ruido televisivo y de El Hormiguero.
Y lo hace sin descalificar: dice que Marron hace más espectáculo y explica menos, pero que ambos son compatibles.
Es una opinión suya sobre otro programa, no una comparación contrastada.
¿Qué queda abierto?
Si la ciencia ganará más sitio en la conversación pública, que es lo que él pide.
Y eso, hoy, es un deseo, no un hecho.
Le Pouls
- Un trauma escolar con las matemáticas sigue pesando sobre generaciones enteras que se sienten excluidas de los números.
- El estreno de la undécima temporada de Órbita Laika reunió 361.000 espectadores y un 3,3% de cuota en una parrilla saturada de política y tertulias.
- El presentador busca abrir puertas por distintas vías, con humor, experimentos y un lenguaje cercano que conecta la ciencia con la cultura popular.
- El formato avanza hacia la evolución y no la revolución, escuchando al público, pero el reto de sostener la atención sin caer en el espectáculo vacío sigue abierto.
En una época en la que el ruido suele ocupar el centro de la pantalla, Eduardo Sáenz de Cabezón recuerda que muchas personas no se alejaron de las matemáticas por la materia en sí, sino por el miedo a equivocarse en la escuela. Desde su programa Órbita Laika, en La 2, propone una ciencia que invite a la curiosidad y no solo al espectáculo, en la estela de quienes buscan que el saber vuelva a sentirse patrimonio común. Su apuesta, que cuenta con el respaldo de 361.000 espectadores en el arranque de la undécima temporada, plantea una pregunta de fondo sobre cuánto conocimiento cabe en la conversación pública y cómo se cultiva en ella.
Para Eduardo Sáenz de Cabezón, el rechazo a las matemáticas nace más del temor a fallar los ejercicios que de la propia disciplina. Lleva años intentando desmontar esa herida colectiva, hecha de ecuaciones imposibles, exámenes en blanco y la sensación de que los números eran cosa de unos pocos.
Desde hace siete temporadas presenta Órbita Laika en La 2, un programa que acaba de estrenar su undécima entrega con 361.000 espectadores y un 3,3% de cuota de pantalla. El formato, que nació en 2014 con Ángel Martín y pasó después por Goyo Jiménez, mezcla física, química, biología y tecnología con humor y experimentos. Su objetivo no es fabricar científicos en una hora de televisión, sino despertar curiosidad, y él celebra los mensajes de quienes acaban buscando libros o clases para profundizar en temas que antes les eran ajenos.
En una parrilla dominada por la política y las tertulias, no niega que haga falta debate, pero se pregunta si siempre debe hacerse desde el ruido. Para él, el teorema de Pitágoras es tan patrimonio de la humanidad como el Partenón, y cuanta más ciencia haya en la conversación pública, más capacidad tendrán los ciudadanos para valorarla y exigir políticas que favorezcan el conocimiento.
Su llegada a la televisión fue una llamada inesperada que le dio dos días para responder. Compagina el programa con su trabajo como profesor universitario, graba unos 12 días al año y viaja entre Logroño y Madrid con una rutina bien ensayada. Sobre el futuro, habla de evolucionar escuchando al público. Lo que ofrece, dice, es una alfombra roja para quienes no sentían que la ciencia les perteneciera, aunque queda por ver si esa invitación seguirá atrayendo audiencia.
Para Eduardo Sáenz de Cabezón, el trauma escolar con las matemáticas tiene un origen muy concreto, y no es la materia. Según el matemático, la mayoría de quienes adquirieron miedo en el colegio no temen a las matemáticas, sino a hacer mal los ejercicios, y eso, subraya, no es lo mismo. Es la idea con la que lleva años intentando desmontar una herida colectiva: las ecuaciones imposibles, los exámenes en blanco, la sensación de que los números eran cosa de unos pocos.
Sáenz de Cabezón presenta desde hace siete temporadas Órbita Laika, el programa de divulgación científica de La 2, que acaba de cerrar su undécima entrega. El estreno de la nueva temporada reunió a 361.000 espectadores, con un 3,3% de cuota de pantalla y más de 1,1 millones de contactos, ocho décimas más que el arranque de la anterior.
El formato nació en 2014 con Ángel Martín, pasó después por Goyo Jiménez y encontró en Sáenz de Cabezón a su tercer presentador. En el plató comparte las aventuras científicas con Ricardo Moure, de quien dice que lo adora y con quien se divierte mucho; destaca su habilidad para conectar los conceptos con el lenguaje de la calle, la actualidad y la cultura popular. El programa mezcla física, química, biología, tecnología y psicología con humor y experimentos. Su meta, explica, no es fabricar científicos en una hora de televisión, sino despertar curiosidad. Lo resume como un trampolín de la curiosidad y cita los mensajes de espectadores que acaban buscando libros, vídeos o apuntándose a clases para profundizar en temas que antes les eran ajenos.
Su idea de las matemáticas va, afirma, mucho más allá de las escolares: una disciplina amplia, hermosa y de enorme creatividad. Quien entra por otra puerta descubre que están hechas para él. Del mismo modo, defiende que el contenido ocupe lo más alto de la jerarquía pero con el público siempre en el centro. Le gusta que se le hable de forma adulta y respetuosa, con ayuda para seguir conceptos que no todos tienen por qué entender, pero que pueden disfrutar, igual que no hace falta ser pintor para disfrutar de un cuadro.
En una parrilla donde la política y las tertulias ocupan buen espacio, no discute que haga falta debate, pero se pregunta si siempre debe hacerse desde el ruido. Y critica que se separe ciencia y cultura: para él, el teorema de Pitágoras es tan patrimonio de la humanidad como el Partenón. Sostiene que cuanta más ciencia haya en la conversación pública, más capacidad tendrán los ciudadanos de valorarla y de exigir políticas que favorezcan el conocimiento. Tampoco cree que haya una única vía: defiende los experimentos de Marron en El Hormiguero, que ofrecen más espectáculo y explican menos, pero son compatibles con lo suyo.
Su llegada a la televisión fue una llamada inesperada mientras daba charlas de viaje. Le dieron dos días para responder. Se asustó, y luego trató el dilema como un problema: qué aconsejaría a un amigo. La respuesta fue que aceptara, y se aplicó su propia medicina.
Compagina el programa con su trabajo de profesor universitario y asegura que cada oficio mejora al otro. Clases, tutorías y exámenes son intocables, y graba unos 12 días al año, así que los viajes entre Logroño y Madrid forman parte de su rutina; ya sabe qué tareas hace en cada trayecto y dónde hay mejor cobertura. Sus alumnos, bromea, son prudentes: esperan a que pasen los exámenes para comentarle que lo ven.
Sobre el futuro del formato, habla de evolución y no de revolución: escuchar al público, entender cómo cambia la percepción social de la ciencia y no repetir la fórmula solo porque funciona. Lo que ofrece Órbita Laika, dice, es una alfombra roja para quienes no sentían que la ciencia les perteneciera. Queda por ver si esa invitación sigue atrayendo audiencia en las próximas temporadas.
Citations marquantes
La mayor parte de la gente que adquiere miedo en la escuela no tiene miedo a las matemáticas, tiene miedo a hacer los ejercicios mal. Y eso no es lo mismo.— Eduardo Sáenz de Cabezón
Para mí, el teorema de Pitágoras es tan patrimonio de la humanidad como el Partenón.— Eduardo Sáenz de Cabezón