En las laderas invisibles de los Andes, donde el viento sostiene a las criaturas más antiguas del cielo, un veterinario chileno lleva más de tres décadas devolviendo el cóndor andino a su lugar en el mundo. Eduardo Pavez fundó el CRAR cuando tenía veinticuatro años y desde entonces ha construido un puente entre la cautividad y la libertad, liberando más de cien de estas aves en la cordillera. Su trabajo encarna una pregunta que la humanidad se hace cada vez con mayor urgencia: ¿cuánto de lo que hemos roto podemos todavía reparar?
Eduardo Pavez, el veterinario que ha liberado más de cien cóndores andinos en su hábitat natural
Los cóndores se encargan de eliminar rápidamente los cadáveres
¿Por qué es tan importante que Pavez haya liberado más de cien cóndores? ¿Qué diferencia hace eso realmente?
El cóndor andino está en peligro de extinción, especialmente en el norte de Sudamérica. Cada cóndor liberado es un individuo que vuelve a ocupar su rol ecológico natural: limpiar el ecosistema de cadáveres, prevenir enfermedades. Pero además, cada liberación exitosa genera datos sobre cómo reintroducir la especie, datos que ahora se comparten con Colombia y otros países.
Aunque hay que ser cuidadosos: el artículo dice que muchos cóndores en el CRAR no pueden ser liberados por lesiones o por haber sido criados en cautividad. Entonces de esos cien liberados, ¿cuántos nacieron en el centro versus cuántos fueron rescatados y recuperados? El número es impresionante, pero la composición del éxito importa.
¿Y cómo es que Pavez logró construir todo esto? ¿Fue solo su iniciativa personal?
Comenzó así: su madre lo obligó a sacar las aves del patio de su casa, y Jürgen Rottmann, un naturalista legendario, le cedió espacio en su propiedad. Pero lo que lo transformó fue trabajar con Michel Terrase en Torres del Paine en 1991. Ese mes de observación intensiva fue su verdadera formación.
Eso es importante contexto, pero el artículo no dice cuánto tiempo Pavez dedica realmente al CRAR. Dice que se considera "un voluntario más", pero ¿es su trabajo de tiempo completo? ¿Cómo se financia el centro? Esos detalles no están claros.
¿Qué pasa con los cóndores una vez que son liberados? ¿Sobreviven?
Llevan transmisores satelitales que permiten seguir sus movimientos durante un tiempo. El artículo menciona casos específicos como Mailén y Antuco, que serán liberados en los próximos meses. Pero no sabemos las tasas de supervivencia a largo plazo.
Exacto. El artículo habla de liberación pero no de mortalidad post-liberación, de depredación, de cómo se adaptan. Sabemos que se pueden rastrear, pero no sabemos si la mayoría sobrevive o si hay un porcentaje significativo que muere. Eso es lo que realmente importaría para evaluar si el programa funciona.
El Pulso
- El cóndor andino, ave que sobrevivió al Pleistoceno, enfrenta hoy la extinción en el norte de Sudamérica, donde su desaparición amenazaría el equilibrio sanitario de ecosistemas enteros.
- El CRAR alberga 35 cóndores, varios de ellos atrapados para siempre en cautiverio por lesiones o vínculos humanos irreversibles, lo que obliga al centro a buscar estrategias indirectas de conservación.
- La solución hallada es delicada: criar descendientes de cóndores cautivos sin contacto humano, para que puedan ser liberados con posibilidades reales de sobrevivir en la naturaleza.
- En los próximos meses, Mailén será liberada en la cordillera chilena y Antuco viajará a Colombia, extendiendo el alcance del proyecto más allá de las fronteras nacionales.
- El Proyecto Manku, que Pavez dirige, unifica zoológicos, ornitólogos, filántropos y organizaciones de rewilding bajo una visión continental que aspira a repoblar el cielo andino de Venezuela a Tierra del Fuego.
En las laderas invisibles de los Andes, donde el viento sostiene a las criaturas más antiguas del cielo, un veterinario chileno lleva más de tres décadas devolviendo el cóndor andino a su lugar en el mundo. Eduardo Pavez fundó el CRAR cuando tenía veinticuatro años y desde entonces ha construido un puente entre la cautividad y la libertad, liberando más de cien de estas aves en la cordillera. Su trabajo encarna una pregunta que la humanidad se hace cada vez con mayor urgencia: ¿cuánto de lo que hemos roto podemos todavía reparar?
Eduardo Pavez se detiene frente a Inca, una hembra de cóndor de veinte años que picotea su guante de cuero con la familiaridad de quien lleva años compartiendo espacio. Pavez fundó el Centro de Rehabilitación de Aves Rapaces en Talagante hace treinta y seis años, cuando tenía veinticuatro, después de que su madre le pidiera que sacara del patio las aves que cuidaba desde niño. Un naturalista le cedió un terreno, y lo que comenzó como una colección de rescates personales se convirtió en uno de los proyectos de conservación más importantes del continente.
Su formación como experto en cóndores nació en 1991, cuando el documentalista francés Michel Terrase lo llevó a Torres del Paine durante más de un mes. Pasaban horas en escondites observando a estos buitres gigantes, y en esa inmersión Pavez encontró su vocación definitiva. Hoy es doctor en ciencias veterinarias y posiblemente la persona que más sabe sobre el comportamiento del cóndor andino en el mundo.
El CRAR alberga actualmente 35 cóndores y dos huevos. Muchos no pueden ser liberados: Inca, nacida en un zoológico, tiene un vínculo con los humanos que la hace incapaz de sobrevivir en la cordillera. Pero el centro ha encontrado una vía: sus crías, criadas sin contacto humano, sí pueden reintegrarse a la naturaleza. Mailén, nacida en 2022, será liberada en Chile en los próximos meses. Antuco, nacido en 2024, viajará a Colombia para contribuir al repoblamiento de la especie en ese país.
El cóndor es mucho más que un símbolo: elimina cadáveres de grandes animales en montañas y costas, evitando la proliferación de patógenos y enfermedades. Su desaparición en el norte de Sudamérica no es solo una pérdida estética, sino un desequilibrio sanitario concreto para los ecosistemas que habita.
En 2019, Pavez fue pieza clave en la creación del Proyecto Manku —palabra que recoge la voz del cóndor en mapudungun, aimara y quechua—, una alianza entre zoológicos, ornitólogos, filántropos y organizaciones de rewilding. Bajo esa estructura, ha logrado impulsar la liberación de más de cien cóndores en la cordillera chilena, la mayoría equipados con transmisores satelitales que permiten seguir su adaptación a la vida silvestre y afinar las estrategias de conservación para los años que vienen.
Eduardo Pavez camina entre las jaulas del Centro de Rehabilitación de Aves Rapaces en Talagante, a las afueras de Santiago, y se detiene frente a Inca, una hembra de cóndor andino de veinte años. A través de la reja, la gran ave negra y blanca picotea repetidamente el guante de cuero que él le ofrece, siguiendo sus movimientos con una atención que habla de años de convivencia. Pavez, nacido en 1965, fundó este centro hace treinta y seis años, cuando tenía veinticuatro, después de que su madre le pidiera que sacara del patio de su casa las águilas, cernícalos y tiuques que cuidaba desde el colegio. Fue el naturalista Jürgen Rottmann quien le cedió un sector de su propiedad agrícola para instalar lo que se convertiría en uno de los proyectos de conservación más importantes de América del Sur.
Hoy, Pavez es médico veterinario y doctor en ciencias Silvoagropecuarias y Veterinarias, y posiblemente la persona que más sabe sobre el comportamiento del cóndor andino, una de las mayores aves voladoras del planeta. Su trayectoria comenzó en 1991 cuando el documentalista francés Michel Terrase lo invitó a acompañarlo durante más de un mes en Torres del Paine para filmar y estudiar a estos buitres. Pasaban desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche en escondites, observando, conversando, y en esa inmersión se forjó lo que Pavez describe como un vínculo potente de maestro a discípulo. Fue Terrase quien lo introdujo en el mundo de los cóndores, un mundo que Pavez nunca abandonaría.
En el CRAR actualmente viven treinta y cinco cóndores, además de dos huevos. Muchos de ellos no pueden ser liberados: algunos sufren lesiones físicas irreversibles, otros han establecido vínculos con los humanos que los hacen incapaces de sobrevivir en la naturaleza. Inca es uno de esos casos. Nació en el Zoológico de La Serena, a cuatrocientos ochenta kilómetros al norte de la capital, y su relación con las personas hace imposible que alguna vez vuele libre en la cordillera. Pero el centro ha encontrado una estrategia: algunos de estos cóndores cautivos pueden reproducirse, y sus crías, nacidas en el CRAR pero sin el contacto humano que marca a sus padres, tienen la posibilidad de vivir en el ambiente donde por mandato natural estaban destinados. Mailén, nacida en diciembre de 2022, será liberada en los próximos meses en la cordillera chilena junto a otra hembra que llegó herida y ya se recuperó. Antuco, nacido en diciembre de 2024, será llevado a Colombia para colaborar en el repoblamiento de la especie en ese país.
Pavez habla con pasión sobre lo que ha aprendido de estos buitres gigantes. Sabe que son de los pocos sobrevivientes de una especie que existía durante el Pleistoceno, que pueden recorrer hasta mil kilómetros buscando alimento, que tanto el macho como la hembra se dedican a la crianza. Durante la primavera, cuando comienza el celo, los cóndores adultos se vuelven agresivos, y solo Pavez se anima a entrar en las jaulas de los jóvenes que pronto serán liberados, para ayudarlos a ejercitar el vuelo. También entra en la jaula de una hembra mayor a la que llaman Abuela, que sufre cataratas y no lo detecta si permanece quieto.
El cóndor andino enfrenta problemas de conservación en casi toda su área de distribución natural, que se extiende desde Venezuela hasta Tierra del Fuego. En el norte de Sudamérica está en peligro de extinción. Es una especie esencial para mantener limpio y sano el entorno donde vive. Los cóndores eliminan rápidamente los cadáveres de grandes animales, como guanacos muertos por puma, y también animales varados en las costas: delfines, lobos marinos, ballenas. Sin ellos, esos cadáveres se transformarían en fuentes de organismos patógenos, bacterias y virus, y en alimento para larvas de moscas que transmiten enfermedades. Desde el punto de vista de la higiene del ecosistema, los cóndores son fundamentales.
En el año 2000, Pavez colaboró con colegas argentinos en la fundación del Programa Binacional de Conservación del Cóndor Andino. Luego trabajó en proyectos con mineras para el manejo de poblaciones de cóndores, y continuó con el trabajo de recuperación y reintroducción. En 2019 fue pieza clave en la formación del Proyecto Manku, del que hoy es director. Manku, palabra que sintetiza la voz del cóndor en mapudungun, aimara y quechua, unifica los esfuerzos de diversos actores: el Zoológico del Parque Metropolitano de Santiago, el CRAR, la Unión de Ornitólogos de Chile, Filantropía Cortes Solari y Rewilding Chile. Bajo esta estructura colaborativa, Pavez ha logrado un récord: ha impulsado la liberación de más de cien cóndores, llevados a la cordillera del centro y sur de Chile. La mayoría de ellos portan transmisores satelitales en sus alas que permiten seguir sus movimientos durante un tiempo, rastreando su adaptación a la vida silvestre y alimentando el conocimiento que sustenta los próximos pasos de la conservación.
Citas Notables
Los cóndores se encargan de eliminar rápidamente los cadáveres de los grandes animales que ellos consumen, como guanacos muertos por puma y también muchos animales que quedan varados en las costas. Desde el punto de vista de la higiene del ecosistema, los buitres, y los cóndores en particular, son fundamentales.— Eduardo Pavez