Durante siglos, la humanidad durmió bajo la oscuridad que la naturaleza imponía; hoy, la luz artificial que invade nuestras noches cobra un precio silencioso. Investigadores de la Universidad de Tulane han demostrado, con más de 11.000 participantes y resonancias magnéticas cardíacas, que dormir expuesto a tan solo tres lux de iluminación ambiental engrosa las paredes del ventrículo izquierdo y compromete la función del corazón. El hallazgo no es una advertencia abstracta: es la huella física que la modernidad luminosa deja inscrita en el músculo que nos mantiene vivos.