En pleno verano, millones de personas eligen cubrirse para dormir no por capricho, sino porque el cuerpo y la mente han aprendido, desde la infancia, que la cobertura es sinónimo de seguridad. La ciencia respalda este hábito a través de mecanismos psicológicos, hormonales y prácticos que operan silenciosamente cada noche, recordándonos que los rituales del descanso son también rituales de la identidad.