En un momento en que las voces más influyentes de la industria tecnológica piden prudencia, el presidente Trump eligió el lenguaje de la carrera y la victoria para rechazar cualquier regulación de la inteligencia artificial. Desde Irlanda, invocó la rivalidad con China como argumento suficiente para desestimar advertencias sobre ciberataques, bioterrorismo y pérdida de control de sistemas complejos. La pregunta que queda suspendida no es si la IA transformará el mundo, sino quién decidirá cómo y a qué velocidad.