En las frías latitudes del Ártico, donde el hielo que retrocede abre nuevas rutas y revela viejos apetitos, Dinamarca y Groenlandia han sellado un pacto con Estados Unidos que reordena quién vigila y quién decide en una de las regiones más codiciadas del planeta. El acuerdo, respaldado por la OTAN pero recibido en silencio por Bruselas, no es solo un asunto de bases y soldados: es una declaración sobre el futuro del poder en el norte, y sobre quién quedará dentro o fuera de ese nuevo mapa.