Cuando dos voluntades cinematográficas tan poderosas como las de Tom Cruise y Alejandro González Iñárritu convergen, el resultado no puede ser modesto. Digger es una sátira operística sobre el colapso climático y la codicia corporativa que coloca a Cruise —durante décadas héroe redentor de la pantalla— en la piel de un magnate petrolero sin escrúpulos, invirtiendo con audacia su imagen pública. La película oscila entre el destello de genio y el agotamiento deliberado, recordándonos que la ambición desmedida, tanto en el arte como en la vida, puede ser simultáneamente su mayor virtud y su conde
'Digger': Kubrick con ketamina, Tom Cruise se carga el mundo en lugar de salvarlo
Cruise no salva el mundo. Se lo carga.
¿Por qué es importante que Tom Cruise finalmente interprete a un villano?
Porque durante décadas ha sido el salvador, el héroe que arregla el mundo. Aquí se lo carga. Es un giro que dice algo sobre dónde estamos como sociedad.
Pero ¿es realmente un villano o es una caricatura? El texto dice que el personaje "explicita lo que ya hemos entendido". Eso suena a que la película no confía en la inteligencia del espectador.
Tienes razón. Hay una tensión entre la sofisticación de la actuación de Cruise y la obviedad del guión. El personaje es repulsivo pero también seductor, y eso funciona. Lo que no funciona es cuando la película se vuelve predicadora.
¿Entonces la película falla en su propia ambición?
Parcialmente. Tiene momentos brillantes, especialmente en las secuencias que parodian el mesianismo estadounidense. Pero sí, a veces se agota a sí misma.
El crítico dice que parece "rodada por Kubrick hasta arriba de ketamina". ¿Eso es un elogio o una crítica?
Es ambos. Kubrick es un referente de precisión y sátira brutal. Pero la ketamina sugiere que hay un exceso que no está completamente controlado. La película es histriónica, ruidosa, histérica en momentos.
¿Tiene alguna oportunidad en los premios?
El texto es claro: probablemente no. Cruise tiene un Oscar honorífico, pero esta película es "demasiado rara, demasiado desmadrada" para que la Academia la recompense. Y eso es importante: no es que sea mala, es que es demasiado.
Lo que la hace interesante es exactamente lo que la descalifica para los premios. Es una película que divide, que no deja indiferente. Eso es raro en Hollywood.
Il Polso
- Un bloque de hielo seis veces mayor que Boston se desprende de Groenlandia y desata tsunamis en Europa, pero la primera preocupación del magnate Digger Rockwell es proteger sus beneficios y controlar el relato.
- Tom Cruise abandona décadas de heroísmo en pantalla para encarnar a un villano repulsivo y seductor a la vez, demostrando a los 64 años una precisión actoral que descoloca a crítica y público por igual.
- Iñárritu construye un escenario barroco y casi kubrickiano —con ecos de Ciudadano Kane y Teléfono rojo— donde presidentes enfermos, magnates paranoicos y consejeros religiosos gritan sin parar mientras el mundo se hunde.
- La sátira es tan explícita que a menudo se adelanta a su propio mensaje, agotando al espectador justo cuando más debería sorprenderlo.
- La crítica internacional se fractura entre quienes proclaman una obra maestra y quienes auguran el mayor fracaso comercial de la carrera de Cruise, dejando claro que Digger no dejará a nadie indiferente.
Cuando dos voluntades cinematográficas tan poderosas como las de Tom Cruise y Alejandro González Iñárritu convergen, el resultado no puede ser modesto. Digger es una sátira operística sobre el colapso climático y la codicia corporativa que coloca a Cruise —durante décadas héroe redentor de la pantalla— en la piel de un magnate petrolero sin escrúpulos, invirtiendo con audacia su imagen pública. La película oscila entre el destello de genio y el agotamiento deliberado, recordándonos que la ambición desmedida, tanto en el arte como en la vida, puede ser simultáneamente su mayor virtud y su condena.
Cuando dos de los egos más formidables del cine mundial colisionan, lo que emerge es algo tan desmesurado como Digger. Tom Cruise e Iñárritu se unen en una farsa sobre el colapso climático y el poder corporativo sin límites, una película que no pide permiso y que, cuando funciona, lo hace espectacularmente.
Cruise interpreta a Digger Rockwell, un magnate petrolero cuya obsesión por mantener viva a su gata de 38 años contrasta con su absoluta indiferencia ante trabajadores que mueren en una plataforma de Groenlandia. Es un personaje repulsivo y presuntuoso, pero Cruise lo hace irresistible: con precisión quirúrgica en cada gesto y entonación, convierte a Digger en alguien que repugna y seduce al mismo tiempo. A los 64 años, el actor demuestra que disfruta profundamente de la complejidad, lejos de las aventuras de acción que lo han definido.
La película abre con un homenaje deliberado a Ciudadano Kane y construye su tono sobre el referente de Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? de Kubrick. Cuando un desprendimiento glacial provoca tsunamis apocalípticos en Europa, Digger le pone un nombre ruso al desastre, como si rebautizar la catástrofe bastara para domesticarla. John Goodman encarna a un presidente enfermizo controlado por magnates, rodeado de funcionarios ineficaces y un consejero religioso, en secuencias que parodian el mesianismo estadounidense con filo notable.
El ritmo es de vodevil, la puesta en escena remite a una ópera barroca, y los actores casi nunca dejan de gritar. Los personajes rompen la cuarta pared alrededor de la media hora, un giro que enriquece la experiencia sin revelar demasiado. Pero el exceso de ambición que hace brillar la película también la agota: como sátira de élites desalmadas, a menudo explicita lo que el espectador ya ha comprendido, quitándole el sosiego que la haría redonda.
Cruise llegó a este proyecto con la esperanza de un Oscar ganado en batalla. Es probable que tampoco esta vez lo consiga, no porque Digger sea mala —no lo es—, sino porque es demasiado rara y desmadrada. La crítica la recibe como se reciben las películas que dividen: algunos la llaman obra maestra, otros predicen un fracaso comercial. Lo que nadie discute es que resulta imposible ignorarla.
Cuando dos de los egos más formidables del cine mundial chocan, lo que emerge es algo tan desmesurado como Digger. Tom Cruise, el astro que ha pasado décadas salvando la humanidad en pantalla, se encuentra aquí con Alejandro González Iñárritu en una película que no pide permiso: es una farsa sobre el colapso climático, el poder corporativo sin límites, y la paranoia de un mundo que se desmorona mientras sus élites cuentan dinero. Cuando funciona, funciona espectacularmente. Cuando no, agota.
Cruise interpreta a Digger Rockwell, un magnate petrolero sin escrúpulos cuya obsesión por mantener viva a su gata de 38 años contrasta brutalmente con su indiferencia ante trabajadores que vuelan por los aires en una plataforma de Groenlandia. Es un personaje repulsivo, presuntuoso, un cowboy texano de otra era que no pide disculpas por nada. Y aquí está lo fascinante: Cruise lo hace irresistible. Con una precisión quirúrgica en cada gesto, cada entonación, cada palabra pronunciada, convierte a Digger en alguien que nos repugna y nos seduce simultáneamente. A los 64 años, el actor demuestra que disfruta profundamente de trabajar un personaje complejo, lejos de las aventuras de acción que lo han definido.
La película abre con un homenaje deliberado a Ciudadano Kane, el predecesor claro de Rockwell: un hombre que cree tener el mundo en la palma de la mano pero que ha perdido toda integridad en el camino. Cuando un bloque de hielo seis veces mayor que Boston se despende de Groenlandia, provocando tsunamis apocalípticos en Europa, la prioridad de Digger es clara: no perder dinero y controlar la narrativa. Le pone un nombre ruso al desastre, como si rebautizar la catástrofe fuera suficiente para domesticarla.
El referente visual y tonal es Stanley Kubrick, específicamente Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?, aquella sátira brutal de la Guerra Fría donde Peter Sellers interpretaba múltiples papeles en el caos de una decisión nuclear. Aquí, Iñárritu construye un escenario teatral barroco, casi operístico, donde la realidad se convierte en el gran teatro del mundo. John Goodman encarna al presidente estadounidense, un hombre enfermizo y controlado por magnates, rodeado de una camarilla de funcionarios ineficaces y un consejero religioso que reza por la nación bendecida por Dios. Las secuencias que parodian ese mesianismo estadounidense son de las más afiladas de la película.
El ritmo es vodevil, la puesta en escena remite a una ópera de Philip Glass diseñada por Damien Hirst, el artista de los tiburones disecados. Los diálogos son ágiles, las entradas y salidas de personajes estresados funcionan como relojería, y los actores casi nunca dejan de gritar. Es como si Kubrick hubiera rodado la película bajo los efectos de la ketamina: histriónica, ruidosa, histérica en momentos, visualmente abrumadora. En ciertos puntos, los personajes rompen la cuarta pared, un giro que llega alrededor de la media hora y que funciona, enriqueciendo la experiencia sin revelar demasiado.
Pero aquí está el problema: Digger es demasiado directa, demasiado evidente. Como sátira de élites desalmadas y un mundo que se asoma al abismo ecológico sin dejar de consumir desaforadamente, a menudo explicita lo que ya hemos entendido. El propio Digger, villano de caricatura, nos dice que la gente le importa un rábano porque todo va de dinero. El exceso de ambición que hace que la película brille también la agota, la vuelve pesimista, le quita el sosiego que la haría redonda.
Cruise llegó a esta película con la esperanza de que fuera su pasaporte a un Oscar ganado legítimamente. Solo tiene uno: el honorífico que recibió en 2025 por su trayectoria. Es probable que esta vez tampoco lo consiga, no porque Digger sea mala —no lo es—, sino porque es demasiado rara, demasiado desmadrada. La crítica estadounidense e internacional la está recibiendo como se reciben las películas que dividen: algunos la llaman obra maestra, otros predicen el mayor fracaso comercial de la carrera de Cruise. Lo que es seguro es que nadie permanecerá indiferente.
Citazioni salienti
Digger está obsesionado con mantener con vida a su gata Maggie, de 38 años, mientras le importa un bledo que los trabajadores de su plataforma petrolífera en Groenlandia salgan volando por los aires.— Descripción del personaje de Tom Cruise
Parece una ópera de Philip Glass diseñada por Damien Hirst, el de los tiburones disecados.— Caracterización del estilo visual de la película