En la ciudad de Mendoza, un hombre que rompió la vidriera de un comercio creyó que el anonimato del transporte público lo salvaría. No contaba con que la mirada colectiva —un vecino alerta, cámaras incansables, operadores atentos— ya había tejido una red invisible a su alrededor. Su captura dentro del colectivo línea 110 no fue un golpe de suerte, sino el resultado de una cadena ciudadana que funcionó eslabón por eslabón.