Bajo el suelo de un solar sevillano destinado a la construcción residencial, los arqueólogos han encontrado lo que el tiempo guardó con cuidado: los canales, embarcaderos y ánforas de Híspalis, el puerto romano que durante el siglo I d.C. conectó la Bética con el corazón del Imperio. El hallazgo recuerda que las ciudades no se construyen sobre tierra vacía, sino sobre las ruinas de mundos que también creyeron durar para siempre. Fueron las propias inundaciones que destruyeron el puerto las que, al sellarlo bajo el limo, lo entregaron casi intacto a nuestra época.
Descubren un sofisticado puerto romano del siglo I bajo el residencial Artillería de Sevilla
Estas ánforas del siglo I parecen haber sido colocadas hace apenas dos días
¿Por qué importa tanto este descubrimiento si el puerto solo funcionó unos pocos años?
Porque muestra cómo los romanos entendían y transformaban el territorio. No era un puerto cualquiera: era la puerta de entrada para productos que alimentaban a Roma. El hecho de que invirtieran en ingeniería sofisticada para drenar una zona pantanosa demuestra cuánto valoraban ese comercio.
Las ánforas rotas usadas como refuerzo del embarcadero—¿eso era común o una solución improvisada?
Probablemente ambas cosas. Los romanos eran pragmáticos. Las ánforas rotas eran desecho, pero tenían peso y durabilidad. Reutilizarlas como apeo era eficiente y económico. Además, el hecho de que hayan sobrevivido intactas bajo el limo nos permite leer la historia de qué se comerciaba aquí.
¿Qué nos dice el colapso del puerto sobre el clima o el medio ambiente de entonces?
Las inundaciones periódicas sugieren que los romanos subestimaron la fuerza del agua. Construyeron canales y drenajes, pero la naturaleza fue más fuerte. Posiblemente hubo cambios en los patrones de lluvia o en el curso del Guadalquivir que hicieron insostenible el sistema. El limo que lo selló todo es la prueba de esa derrota.
¿Por qué decidieron hacer un cementerio en el mismo lugar después?
Porque el terreno ya estaba disponible y preparado. Pero la ironía es que el cementerio también fue inundado. Parece que nadie aprendió la lección sobre lo peligroso que era ese lugar. O quizás simplemente no tenían otra opción.
¿Qué hubiera pasado si el puerto no hubiera colapsado?
Sevilla probablemente habría sido una ciudad portuaria mucho más importante durante toda la antigüedad. Pero el colapso la obligó a adaptarse, a buscar otras formas de comercio. La historia de una ciudad es también la historia de sus fracasos.
El Pulso
- Bajo seis metros de rellenos modernos e industriales, los arqueólogos encontraron un sistema portuario romano de una sofisticación inesperada para una excavación urbana rutinaria.
- Los canales navegables de casi cinco metros de ancho y los postes de madera del embarcadero aparecieron tan bien conservados que los investigadores los describen como si hubieran sido colocados hace apenas dos días.
- El descubrimiento obliga a replantear la escala y la organización del comercio romano en Hispania: Híspalis no era solo un punto de paso, sino un nodo logístico que abastecía de aceite, vino y salazones al corazón del Imperio.
- El sistema colapsó a mediados del siglo I d.C. por inundaciones periódicas que inutilizaron los canales, transformando el puerto primero en cementerio y luego en sedimento, hasta que las obras del Residencial Artillería lo devolvieron a la superficie.
Bajo el suelo de un solar sevillano destinado a la construcción residencial, los arqueólogos han encontrado lo que el tiempo guardó con cuidado: los canales, embarcaderos y ánforas de Híspalis, el puerto romano que durante el siglo I d.C. conectó la Bética con el corazón del Imperio. El hallazgo recuerda que las ciudades no se construyen sobre tierra vacía, sino sobre las ruinas de mundos que también creyeron durar para siempre. Fueron las propias inundaciones que destruyeron el puerto las que, al sellarlo bajo el limo, lo entregaron casi intacto a nuestra época.
Bajo las antiguas naves militares de Santa Bárbara, en el solar del Residencial Artillería, los arqueólogos han desenterrado un puerto romano que funcionó hace casi dos mil años. El hallazgo surgió durante los trabajos previos a la construcción del Grupo ABU y revela un sistema de canales navegables y un embarcadero que formaban parte de la infraestructura comercial de Híspalis, la Sevilla romana. El lugar, conocido históricamente como Monterrey, colinda hoy con el Tagarete, un arroyo que en la antigüedad era navegable y ahora sirve como colector de aguas residuales.
Los arqueólogos Florentino Pozo y Rosa Gil documentaron capas históricas muy definidas: los seis metros superiores incluían rellenos modernos y cuatro metros de residuos industriales generados por la fabricación de artillería en los siglos XVI y XVII. Inmediatamente debajo, una capa de limos de entre 60 y 70 centímetros selló y preservó todo lo anterior durante siglos.
Bajo ese limo apareció el siglo I d.C. Híspalis era un puerto estratégico desde el que salían hacia Roma aceite, vino, salazones y garum. La mayoría de las ánforas olearias que formaron el Monte Testaccio en Roma provenían precisamente de la Bética. Para aprovechar ese potencial, los romanos crearon canales artificiales en una zona naturalmente pantanosa: el principal medía casi cinco metros de ancho y podía alcanzar tres metros de calado. Junto a él se documentó un embarcadero con postes de madera aún conservados, donde los trabajadores cargaban mercancías en barcazas llamadas scaphas.
Un detalle revelador es el uso de ánforas rotas —procedentes de alfares de la bahía de Cádiz— para reforzar la estructura del embarcadero. Tan bien las preservó el limo que los investigadores las describen como recién colocadas. Sin embargo, el sistema no duró: inundaciones periódicas a mediados del siglo I inutilizaron los canales, que fueron rellenados con escombros. El terreno se reconvirtió brevemente en cementerio hasta que otra gran inundación lo cubrió de nuevo, sellando para siempre —hasta hoy— la historia del puerto.
Bajo las antiguas naves militares de Santa Bárbara, en lo que hoy es el solar del Residencial Artillería, los arqueólogos han desenterrado los restos de un puerto romano sofisticado que funcionó hace casi dos mil años. El hallazgo, revelado durante los trabajos previos a la construcción del proyecto del Grupo ABU, muestra un sistema de canales navegables y un embarcadero que formaban parte de la infraestructura comercial vital de Híspalis, la Sevilla romana.
El lugar donde se hizo el descubrimiento ocupa una parcela entre la calle José María Moreno Galván, el puente de San Bernardo y la calle Jiménez Aranda. Históricamente se conocía como Monterrey, una colina formada durante siglos por la acumulación de escombros y residuos urbanos en las afueras de la ciudad amurallada. Hoy colinda con el Tagarete, un arroyo que en la antigüedad era navegable pero que ahora funciona como colector de aguas residuales.
Los arqueólogos Florentino Pozo y Rosa Gil documentaron capas históricas muy definidas bajo el terreno. Los seis metros superiores consistían en rellenos modernos y contemporáneos, incluyendo cuatro metros de residuos industriales—cenizas, escoria, carbones y desechos—generados por la fabricación de artillería durante los siglos XVI y XVII. Inmediatamente debajo había una capa de limos de inundación de entre 60 y 70 centímetros de espesor, que selló y ocultó todo lo anterior durante siglos.
Bajo esa capa de limo aparecieron los restos del siglo I d.C. Híspalis era estratégicamente crucial para el comercio romano en la Península Ibérica. Su condición de puerto permitía el acceso de embarcaciones de gran calado que transportaban productos de alto consumo: aceite, vino, salazones y garum. De hecho, la mayoría de las ánforas olearias que formaron el Monte Testaccio en Roma provenían de la región de la Bética, en el sur de Hispania.
Para aprovechar este potencial comercial, los romanos implementaron una ingeniería avanzada. La zona era naturalmente pantanosa e inundable, así que crearon un sistema de canales artificiales navegables conectados al puerto. El canal principal medía casi cinco metros de ancho y podía alcanzar tres metros de calado. Junto a él se documentó un embarcadero con su pantalán, sostenido por postes de madera que aún se conservan. Los trabajadores utilizaban estas estructuras para trasladar mercancías hacia las barcazas llamadas scaphas.
Un detalle constructivo notable es la acumulación de ánforas rotas que se usaron para reforzar la estructura del embarcadero. Muchas de estas vasijas provenían de alfares de la bahía de Cádiz y habían contenido salazones o arrope de vino. Los arqueólogos señalan que estas ánforas del siglo I parecen haber sido colocadas hace apenas dos días, tan bien preservadas están por el limo que las selló.
Pero este sofisticado sistema no duró mucho. Poco después de su construcción, a mediados del siglo I d.C., inundaciones periódicas—posiblemente una especialmente traumática—cubrieron los canales de cieno y los dejaron inservibles. Los romanos rellenaron los canales con tierra, cascotes y escombros, y habilitaron el terreno para un cementerio a finales del siglo I. Ese uso también fue breve: otra gran inundación cubrió el cementerio con limos, lo que explica por qué se hicieron pocos enterramientos e incineraciones en la zona. Así terminó la historia del puerto, preservado bajo capas de sedimento que lo mantuvieron intacto hasta que las excavaciones modernas lo sacaron a la luz.
Citas Notables
Bajo los pies del solar se encuentran capas históricas muy definidas— Arqueólogos Florentino Pozo y Rosa Gil