En un momento en que los conflictos armados reconfiguran el orden mundial, las democracias occidentales enfrentan una pregunta antigua con urgencia renovada: ¿cuánto cuesta la paz comparada con el precio de la guerra? España y la Unión Europea, impulsadas por las lecciones de Ucrania y la inestabilidad en el Sahel y Oriente Medio, han decidido que la disuasión es, a la vez, un imperativo moral y una inversión racional. La historia, como siempre, presenta la factura antes de que los pueblos terminen de deliberar.
Democracias a prueba de balas: Europa se militariza ante amenazas globales
En un mundo cada vez con más frentes abiertos y militarizado, las dudas sobre e…
What happened here?
Democracias a prueba de balas.
Give me the shape of it.
En un mundo cada vez con más frentes abiertos y militarizado, las dudas sobre el aumento de la inversión en defensa se disipan ante la creciente certeza de que es mejor y más barato estar preparados…
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O Pulso
- La inversión europea en defensa alcanza en 2026 su nivel más alto en treinta años —454.000 millones de euros—, señal de que el continente ha abandonado la ilusión de una paz garantizada sin esfuerzo.
- El coste humano es brutal y concreto: 73.000 civiles muertos en Gaza, cientos de miles de ucranianos desplazados, y un Sahel que sangra en silencio, presionan a los gobiernos a actuar antes de que el fuego llegue más cerca.
- España, que ya acoge a 266.000 refugiados ucranianos y destina el 2% del PIB a defensa, debate si ese esfuerzo es suficiente o si la seguridad de Ceuta, Melilla y el flanco sur exige una apuesta mucho mayor.
- Expertos y responsables políticos coinciden en un argumento que la historia respalda: prevenir un conflicto es económica y humanamente más barato que combatirlo, aunque esa lógica choca con la resistencia ciudadana al gasto militar.
- El horizonte apunta hacia un gasto defensivo del 5% del PIB para 2035, una cifra que transformaría la postura estratégica española y redefinirá el debate sobre qué significa proteger a una sociedad democrática.
En un momento en que los conflictos armados reconfiguran el orden mundial, las democracias occidentales enfrentan una pregunta antigua con urgencia renovada: ¿cuánto cuesta la paz comparada con el precio de la guerra? España y la Unión Europea, impulsadas por las lecciones de Ucrania y la inestabilidad en el Sahel y Oriente Medio, han decidido que la disuasión es, a la vez, un imperativo moral y una inversión racional. La historia, como siempre, presenta la factura antes de que los pueblos terminen de deliberar.
El mundo de 2026 no se parece al que muchos europeos imaginaron tras la caída del Muro. Con guerras activas en Ucrania y el Sahel, una crisis humanitaria sin fondo en Gaza y tensiones que se acumulan en Oriente Medio, las democracias occidentales han llegado a una conclusión incómoda pero cada vez más compartida: la paz no se sostiene sola.
España forma parte de ese giro. El país gasta ya el 2% de su PIB en defensa y ha acogido a 266.000 refugiados ucranianos, una cifra que convierte la guerra en algo tangible para miles de comunidades. Mientras tanto, la Unión Europea en su conjunto alcanzará en 2026 una inversión defensiva de 454.000 millones de euros, el registro más elevado en tres décadas. No es un dato abstracto: refleja el miedo colectivo a haber llegado tarde demasiadas veces.
Los expertos que rodean este debate no hablan solo de presupuestos. Insisten en que seguridad y bienestar son las dos caras de la misma moneda, y que el caso ucraniano lo demuestra con una claridad dolorosa: cada euro no invertido en disuasión se multiplica en costes de reconstrucción, asistencia humanitaria y trauma generacional. Prevenir, repiten, es más barato que combatir.
El debate en España mira también hacia el sur. Ceuta y Melilla, el flanco africano y la amenaza terrorista que se extiende por el Sahel configuran una agenda de seguridad propia, distinta a la del frente oriental europeo pero igualmente urgente. Por eso, el horizonte que manejan los planificadores apunta a elevar el gasto defensivo hasta el 5% del PIB en 2035, una transformación que cambiaría no solo la capacidad militar del país, sino la conversación pública sobre lo que significa defender una democracia.
En el fondo de todo este recuento late una pregunta que periodistas como Miguel Jiménez, del equipo de El PAÍS, han aprendido a formular con precisión desde Washington: ¿están las democracias dispuestas a pagar el precio de su propia supervivencia antes de que sea demasiado tarde? La historia, por ahora, sigue abierta.
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Al director adjunto de El PAÍS, Miguel Jiménez, que ha sido jefe de la delegación del periódico en Washington, le gusta recordar aquella frase de Katharine Graham, quien dirigió The Washington Post en las horas más oscuras: “Los periodista…
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