En el mundo donde las estrellas Michelin definen jerarquías y destinos, el chef Samy Alí eligió descender del pedestal para instalarse entre vendedores de frutas y flores en un mercado madrileño. Su renuncia al prestigio institucional no fue una derrota, sino una pregunta filosófica hecha acto: ¿qué vale más, el reconocimiento de una guía o la conexión genuina con quienes comen? La respuesta llegó en forma de caramelos eléctricos que, nacidos como complemento de sus platos, se convirtieron en un negocio propio con tienda online y clientes que nunca han cruzado la puerta de su local.