Durante siglos, el orden ha sido sinónimo de virtud y el desorden, de descuido. Pero investigaciones recientes en psicología del comportamiento sugieren que ciertos hábitos que juzgamos como negligencia —dejar una toalla mojada en el suelo, por ejemplo— pueden ser expresiones de una arquitectura mental que prioriza la creatividad y la flexibilidad sobre la conformidad estructural. Lo que el entorno desordenado hace al cerebro no es degradarlo, sino liberarlo: autorizarlo a pensar fuera de los moldes que el orden silenciosamente impone. Comprender esto no es una excusa para el caos, sino una in