Cuando el consumidor estadounidense frena, los mercados reescriben sus expectativas y el oro encuentra su propósito más antiguo: ser refugio cuando la certeza escasea. Las ventas minoristas de julio cayeron un 0,6%, muy por debajo de lo previsto, enfriando las apuestas por una subida de tasas de la Fed en septiembre y debilitando el dólar. En ese vacío que deja la confianza económica, el oro escala hacia los $4.395 por onza y la plata lo acompaña, aunque cargando la ambigüedad de quien sirve tanto al ahorro como a la industria.