Cada cierto tiempo vemos la misma escena repetirse: jóvenes que se quedan frente al fuego, que cruzan una riera crecida o que se acercan al borde del precipicio en busca de una imagen. David Bueno, neurocientífico de la Universitat de Barcelona, invita a leer estos episodios no como señal de una juventud desalmada, sino como el fruto de un cerebro que madura y de una crianza que ha ido retirando, paso a paso, la oportunidad de equivocarse a pequeña escala. Lo que se pierde, sugiere, no es el instinto de supervivencia, sino la experiencia que lo afina. Y en ese vacío crece también un pesimismo
David Bueno: sobreproteger a los niños les impide aprender a reconocer el peligro
La pregunta es por qué los adultos hemos dejado de prepararlos
Bueno dice que los adolescentes que se quedan grabando un incendio no son irresponsables. ¿Qué propone entonces?
Que es biología y educación. El cerebro adolescente se siente atraído por el riesgo, y además pesa más el instinto de socializar que el de protegerse.
¿Y los móviles?
Los pone en su sitio: no son los culpables de todo, pero el anonimato tras la pantalla hace que el peligro parezca menos real.
Conviene separar lo que es tesis suya de lo que está demostrado. La idea de que el responsable de fondo es biológico es su interpretación, no un dato que aporte la entrevista.
Cierto. Lo que sí cita son estudios de Nueva Zelanda sobre niños que trepaban a árboles y luego valoraban mejor el peligro.
Pero no se detallan ni los autores ni la muestra. Es una referencia, no una comprobación.
¿Qué entiende por sobreprotección?
Hacer los adultos lo que el menor ya puede hacer solo. Para él, eso acaba siendo una jaula.
Luego enlaza el pesimismo con la extrema derecha.
Es la parte más frágil. Lo afirma como causa de que los jóvenes se inclinen hacia ella, pero no se aporta ningún dato que lo respalde. Es su opinión.
Y él mismo admite que el futuro no es fácil. Su reproche va dirigido a cómo se lo contamos.
Le Pouls
- Los episodios de adolescentes que arriesgan la vida por una foto o un vídeo se multiplican y dejan a la sociedad perpleja.
- Bueno sostiene que el cerebro adolescente busca el riesgo por diseño biológico y que el instinto de socializarse pesa más que el de protegerse.
- La sobreprotección familiar se ha vuelto norma, y quienes no han vivido pequeños peligros no aprenden a reconocerlos ni a manejar la ansiedad.
- Las pantallas amplifican la temeridad al crear una falsa sensación de anonimato, aunque no son la causa de fondo.
- El pesimismo sobre el futuro empuja a parte de la juventud hacia partidos extremistas, y el debate sobre cuánto riesgo permitir en la crianza sigue abierto.
Cada cierto tiempo vemos la misma escena repetirse: jóvenes que se quedan frente al fuego, que cruzan una riera crecida o que se acercan al borde del precipicio en busca de una imagen. David Bueno, neurocientífico de la Universitat de Barcelona, invita a leer estos episodios no como señal de una juventud desalmada, sino como el fruto de un cerebro que madura y de una crianza que ha ido retirando, paso a paso, la oportunidad de equivocarse a pequeña escala. Lo que se pierde, sugiere, no es el instinto de supervivencia, sino la experiencia que lo afina. Y en ese vacío crece también un pesimismo sobre el mañana que la historia humana ya conoció en otras épocas.
Una y otra vez aparecen las mismas escenas: adolescentes que siguen grabando un incendio en lugar de alejarse, jóvenes que cruzan una riera con la lluvia cayendo, chicos que se acercan al acantilado para conseguir la foto perfecta. Estos episodios se han ido repitiendo y provocan incredulidad. David Bueno, doctor en Biología y director de la Cátedra de Neuroeducación de la Universitat de Barcelona, propone mirarlos de otra manera.
En el pódcast Inédit, Bueno sostiene que no estamos ante una juventud irresponsable, sino ante el resultado de cómo madura el cerebro y de cómo los adultos educan. El problema, según él, no es que los jóvenes no perciban el peligro, sino que tienen cada vez menos ocasiones de aprender a manejarlo. La adolescencia es el tiempo de descubrir quién se es, y ese descubrimiento exige asumir pequeños riesgos. Como especie, recuerda, nos atraen los riesgos; de lo contrario, nunca habríamos salido de África.
El instinto de autoprotección cede ante el de socializar: si un par de adolescentes se queda grabando, los demás también. Los móviles no son culpables de todo, aunque la sensación de anonimato tras la pantalla hace que todo parezca menos real.
El núcleo de su planteamiento es la sobreprotección, que crece y se vive como algo normal. Cita estudios de Nueva Zelanda según los cuales quienes de niños podían trepar a los árboles valoraban mejor el peligro de adultos. Quien nunca ha roto un vaso no sabe que el cristal corta, y eso, dice, no se aprende sentado a una mesa. Sobreproteger, en su definición, es hacer por el niño lo que ya puede hacer solo, sacrificando libertad por una protección que se convierte en jaula.
Bueno reclama también hablar de la muerte en familia y denuncia el pesimismo social: una sociedad que hace creer a los jóvenes que vivirán peor que sus padres. Esa sensación de futuro negro, advierte, los empuja a entregar su libertad a partidos extremistas. Reconoce que el futuro no es fácil, pero recuerda que otras épocas también lo fueron.
La entrevista se cierra con una pregunta distinta: no por qué los jóvenes no reaccionan ante el peligro, sino por qué los adultos han dejado de prepararlos para reconocerlo.
Cada cierto tiempo aparece la misma escena: adolescentes que se quedan grabando un incendio en lugar de alejarse, jóvenes que cruzan una riera mientras llueve con fuerza, chicos que se acercan demasiado al borde de un acantilado para conseguir una buena imagen. En los últimos años, estos episodios han ido a más y provocan incredulidad. David Bueno, doctor en Biología y director de la Cátedra de Neuroeducación de la Universitat de Barcelona, propone mirarlos de otra manera.
En el pódcast Inédit. Educació sense filtres, Bueno sostiene que no estamos ante una juventud irresponsable, sino ante el resultado de cómo madura el cerebro y de cómo los adultos educan a las nuevas generaciones. Según él, el problema de fondo no es que los jóvenes no perciban el peligro, sino que tienen cada vez menos oportunidades de aprender a gestionarlo.
Parte de una idea: los adolescentes no son adultos a medio hacer, sino otra cosa. Para Bueno, la adolescencia sirve para descubrir quién eres y quién quieres ser, y ese descubrimiento, cuando se ha vivido siempre en la burbuja familiar, exige asumir riesgos. Añade que al cerebro adolescente le gustan especialmente, y lo enlaza con la evolución: como especie nos atraen los riesgos, y si no fuera así, dice, nunca habríamos salido de África.
El peligro, además, no se interpreta igual a esa edad. Si en un incendio un par de adolescentes se quedan grabando, los demás también lo harán, porque quieren tener imágenes en directo. Según el experto, el instinto de autoprotección cede ante el de socialización.
Sobre los móviles pide cautela: no son los culpables de todo. Sí reconoce un efecto, la sensación de anonimato tras la pantalla, que hace que todo parezca menos real. Recuerda que cada año mueren influencers al hacerse selfies en lugares peligrosos y admite que sin tecnología quizá no tomarían esos riesgos, pero insiste en que el responsable de fondo sigue siendo biológico.
Aquí llega el núcleo de su planteamiento: la sobreprotección va en aumento y se vive como algo normal, cuando no lo es. Cita estudios realizados en Nueva Zelanda según los cuales los niños a quienes se dejaba trepar a los árboles eran, de adolescentes, más capaces de valorar el peligro y gestionar la ansiedad. Su conclusión es que quien no ha vivido pequeños riesgos no aprenderá a manejarlos. Pone ejemplos domésticos: quien ha cocinado sabe que el aceite quema, y quien nunca ha roto un vaso no sabe que los cristales cortan. Eso, dice, no se estudia sentado a una mesa.
Define sobreproteger como hacer los adultos lo que un niño o adolescente ya puede hacer por sí mismo, y lo describe como sacrificar la libertad por una protección que no es más que una jaula.
Bueno toca también dos temas que, a su juicio, la sociedad evita. Uno es la muerte, lo único que compartimos todos los que hemos nacido y que intentamos esquivar; defiende que se hable de ella en familia. El otro es el pesimismo: afirma que se ha creado una sociedad que hace creer a los jóvenes que su futuro será peor que su pasado, una mochila llena de piedras. Lo vincula con que cada vez más jóvenes se inclinen hacia la extrema derecha, y sostiene que esa sensación de futuro muy negro les empuja a vender su libertad a partidos extremistas. Reconoce que el futuro no es fácil, pero recuerda que otras épocas también fueron difíciles.
La entrevista termina con un giro de la pregunta: no por qué los jóvenes no reaccionan ante el peligro, sino por qué los adultos han dejado de prepararlos para reconocerlo. El debate sobre cuánto riesgo conviene permitir en la crianza parece lejos de cerrarse.
Citations marquantes
Sobreproteger es hacer los adultos aquello que un niño o adolescente ya puede hacer por sí mismo; sacrificamos la libertad por una protección que no es más que una jaula.— David Bueno, director de la Cátedra de Neuroeducación de la UB
Si no han vivido pequeños riesgos, no aprenderán nunca a gestionarlos.— David Bueno