En los años noventa, cuando la identidad gay aún navegaba aguas peligrosas, el coreógrafo Damien Jalet encontró en Madonna y Pedro Almodóvar algo que pocas instituciones podían ofrecer: un espejo donde su existencia era válida y digna. Su testimonio nos recuerda que el arte, en sus formas más audaces, ha funcionado históricamente como refugio y brújula para quienes el mundo oficial dejaba sin mapa. Lo que Jalet describe no es nostalgia, sino el reconocimiento de una deuda cultural que moldeó tanto al hombre como al artista.
Damien Jalet: «Madonna y Almodóvar me salvaron en los noventa»
No era fácil ser gay en los noventa. Por suerte, yo tenía a Madonna y Almodóvar
¿Qué significa exactamente que Madonna y Almodóvar te "salvaron" en los noventa? ¿Hay un momento específico que recuerdes?
Creo que se refiere a que en esa época no había muchos lugares donde un joven gay pudiera verse reflejado de forma positiva. Madonna y Almodóvar ofrecían eso: personajes, historias, formas de ser que no pedían disculpas. No era solo entretenimiento, era validación.
Pero tenemos que ser precisos aquí. Jalet habla de su experiencia personal, que es valiosa, pero ¿cuán representativa es? No todos los jóvenes LGBTQ+ de los noventa tenían acceso a películas de Almodóvar o conciertos de Madonna. ¿Estamos hablando de un privilegio de clase también?
Ese es un punto justo. ¿Cómo llegó Jalet a esos artistas? ¿Fue por búsqueda propia o por su entorno?
La entrevista no especifica eso, pero lo que sí queda claro es que una vez que encontró esa obra, cambió algo en él. La pregunta sobre acceso es válida, pero no invalida el impacto que tuvo en su vida.
Exacto. Y eso es lo que podemos afirmar: que para Jalet, específicamente, fue transformador. No podemos generalizar más allá de su testimonio sin más datos.
¿Y cómo se ve eso en su trabajo como coreógrafo ahora? ¿Podemos trazar una línea directa?
Probablemente sí, en la forma en que aborda el cuerpo, la identidad, la libertad de expresión. Pero eso sería especulación nuestra. Lo que sabemos es que él mismo lo reconoce como fundamental en su formación.
Y eso es suficiente. Su propia reflexión sobre la influencia es el dato que tenemos.
O Pulso
- Ser gay en los noventa implicaba moverse en un mundo donde la visibilidad podía costar caro, y Jalet lo vivió en carne propia.
- Ante la ausencia de modelos reales, Madonna y Almodóvar llenaron ese vacío con provocación, deseo sin culpa y personajes que se negaban a pedir permiso para existir.
- Para la comunidad LGBTQ+ de aquella generación, cada canción o película de estos artistas era un acto de resistencia colectiva disfrazado de entretenimiento.
- Jalet no solo absorbió esas influencias: las transformó en el lenguaje corporal y la libertad formal que hoy definen su práctica coreográfica.
- Su reflexión apunta a algo urgente y vigente: cuando las instituciones fallan, el arte puede ser la diferencia entre la desesperación y la esperanza.
En los años noventa, cuando la identidad gay aún navegaba aguas peligrosas, el coreógrafo Damien Jalet encontró en Madonna y Pedro Almodóvar algo que pocas instituciones podían ofrecer: un espejo donde su existencia era válida y digna. Su testimonio nos recuerda que el arte, en sus formas más audaces, ha funcionado históricamente como refugio y brújula para quienes el mundo oficial dejaba sin mapa. Lo que Jalet describe no es nostalgia, sino el reconocimiento de una deuda cultural que moldeó tanto al hombre como al artista.
Damien Jalet recuerda los años noventa sin nostalgia romántica: fueron tiempos en que la aceptación de la identidad gay distaba mucho de estar garantizada. El coreógrafo, hoy figura reconocida de la danza contemporánea, habla con la claridad de quien atravesó esa realidad y salió al otro lado con cicatrices y herramientas.
En ese paisaje, dos artistas se convirtieron en algo más que referentes culturales: Madonna y Pedro Almodóvar fueron, según sus propias palabras, salvavidas. La primera, con su reinvención constante y su desafío a las normas, mostraba que la identidad podía ser fluida y liberadora. El segundo, con personajes complejos y una estética que celebraba lo marginal, ofrecía un espejo donde historias como la de Jalet merecían ser contadas y merecían ser bellas.
Jalet subraya que no se trata de admiración superficial, sino de una deuda formativa. En una época en que los jóvenes LGBTQ+ carecían de narrativas que validaran sus vidas, la obra de estos artistas funcionaba como resistencia cultural: cada canción, cada película, era una afirmación de que existir de formas no normativas era posible y digno.
Lo que su testimonio revela va más allá de la anécdota personal. Señala el poder transformador del arte para comunidades silenciadas: cuando la familia o la sociedad no ofrecen espacio seguro, una canción o una película pueden ser el lugar donde alguien descubre que no está solo. Esa potencia no se diluyó cuando Jalet creció; se integró en su práctica artística, convirtiendo la provocación y la libertad formal aprendidas en herramientas de su propio trabajo creativo.
Damien Jalet recuerda los años noventa como una época en la que la visibilidad y la aceptación no eran garantizadas para un joven gay. El coreógrafo, hoy reconocido internacionalmente por su trabajo en danza contemporánea, encontró en la cultura popular una brújula cuando la orientación sexual seguía siendo un terreno peligroso en muchos lugares. "No era fácil ser gay en los noventa", dice con la claridad de quien ha vivido esa realidad.
En ese contexto, dos figuras culturales se convirtieron en salvavidas: Madonna y Pedro Almodóvar. Para Jalet, estos artistas no fueron simples entretenimiento. Fueron referencias que le permitieron ver reflejada una forma de existir, de expresarse, de ocupar espacio en el mundo sin pedir permiso. Madonna, con su provocación constante y su reinvención perpetua, mostraba que la identidad podía ser fluida, performática, liberadora. Almodóvar, con sus películas llenas de personajes complejos, deseo sin culpa y una estética que celebraba lo marginal, ofrecía un espejo más profundo: la posibilidad de que historias como la suya merecían ser contadas, merecían ser bellas.
Jalet habla de estos artistas como pilares de su formación personal y artística. No se trata de una admiración superficial, sino de una deuda fundamental. En una época en la que muchos jóvenes LGBTQ+ carecían de modelos visibles, de narrativas que validaran sus vidas, la obra de Madonna y Almodóvar funcionaba como un acto de resistencia cultural. Cada canción, cada película, era un acto de afirmación: existimos, somos dignos, nuestra historia importa.
Lo que Jalet articula es algo más amplio que una anécdota personal. Su testimonio señala cómo la cultura pop y el cine pueden ser fuerzas transformadoras para comunidades que han sido marginadas o silenciadas. Cuando las instituciones tradicionales fallan, cuando la familia o la sociedad no ofrecen espacio seguro, el arte puede llenar ese vacío. Una canción, una película, un performance, pueden ser el lugar donde alguien descubre que no está solo, que su forma de ser es válida, que el futuro es posible.
Esta reflexión cobra particular relevancia porque Jalet no es un espectador pasivo de esa historia. Es un artista que, alimentado por esas influencias, ha construido una carrera dedicada a la expresión corporal y la danza. La influencia de Almodóvar y Madonna no desapareció cuando Jalet creció; se transformó, se integró en su práctica artística. La provocación, la libertad formal, la celebración del cuerpo y la identidad que encontró en esos artistas se convirtieron en herramientas de su propio trabajo creativo.
Lo que emerge de su testimonio es un reconocimiento de cómo la cultura puede ser un acto de cuidado, especialmente en momentos en que el cuidado institucional brilla por su ausencia. Los años noventa fueron duros para muchos jóvenes LGBTQ+, pero para Jalet, tener acceso a artistas que se atrevían a vivir públicamente de formas no normativas hizo la diferencia entre la desesperación y la esperanza. Esa es la potencia que él identifica en Madonna y Almodóvar: no solo entretenían, salvaban.
Citações Notáveis
No era fácil ser gay en los noventa. Por suerte, yo tenía a Madonna y Almodóvar— Damien Jalet, coreógrafo