En un momento en que la inteligencia artificial se expande sin freno aparente, una voz desde las páginas de opinión lanza una advertencia que no busca el espectáculo sino la acción: los ciudadanos tienen el deber de rebelarse, no con barricadas, sino con votos y palabras. La premisa es grave —los riesgos de la IA no son hipotéticos sino criminales, presentes, capaces de violar derechos y leyes ya hoy— y la respuesta propuesta es tan antigua como la democracia misma: organizarse, hablar, elegir. Es el recordatorio de que las instituciones humanas, cuando se usan, siguen siendo el escudo más pod