En julio de 2003, La Habana se convirtió en punto de convergencia de una tradición milenaria: creyentes e investigadores de la santería provenientes de nueve países se reunieron durante siete días para examinar cómo la herencia yoruba sobrevive, se transforma y florece lejos de sus raíces africanas. El congreso no era solo un evento académico, sino el reflejo de un fenómeno más profundo: en una Cuba sacudida por dificultades económicas y sociales, las religiones de origen africano habían encontrado un terreno fértil para crecer, ofreciendo a cientos de miles de personas un ancla espiritual en