Hay daños que avanzan en silencio, sin el aviso doloroso que uno esperaría de una droga tan visible en la vida social. En octubre, en Madrid, los especialistas en otorrinolaringología pusieron sobre la mesa algo que la medicina ya intuía: el consumo casi diario de cocaína puede deshacer, tejido a tejido, la frontera entre la nariz, la boca, los ojos y el cerebro. Lo que empieza como un catarro persistente puede terminar en una herida que el cuerpo no logra cerrar, y la única salida que se abre con sentido es la de dejar la sustancia antes de que sea demasiado tarde.
Cuando la cocaína destruye más allá del tabique: perforaciones, pérdida de ojo y daños en la base del cráneo
Los tejidos mueren, el cartílago se destruye y aparecen las perforaciones
Se habla de casos extremos. ¿Por qué importan si son poco frecuentes?
Porque muestran hasta dónde llega el mismo mecanismo que empieza en la nariz: la cocaína contrae los vasos, el tejido se queda sin riego y muere. Lo de Juan es el final de esa línea.
Conviene precisar: el propio texto dice que son complicaciones infrecuentes. No hay una cifra de cuántos casos así se han visto.
¿Y por qué tarda tanto la gente en consultar?
Los primeros síntomas se parecen a un catarro. Según Díaz Tapia, suelen llegar cuando ya hay perforación del tabique.
Eso es lo que dice un especialista; no se aporta un estudio sobre los tiempos de consulta.
Hay 793.000 consumidores anuales. ¿Están todos en riesgo?
No de la misma forma. La encuesta cuenta el último año; con el último mes la cifra baja a la mitad, y las perforaciones graves requieren consumo casi diario.
Exacto: esa cifra mide consumo, no daño. No sabemos cuántos de esos consumidores sufren lesiones.
¿Qué papel tiene el levamisol?
Puede añadir problemas vasculares y necrosis en orejas o dedos. Agrava, pero el texto no cuantifica cuánto.
Y sobre la cirugía, lo claro es la condición: sin dejar de consumir, no cicatriza. Los resultados a largo plazo no se detallan.
Le Pouls
- Un consumo casi diario de cocaína estrangula los vasos sanguíneos de la nariz, y los tejidos mueren como en un infarto silencioso.
- El cartílago del tabique se perfora y, cuando la destrucción alcanza el paladar, la boca y la nariz quedan comunicadas.
- La adulteración con levamisol añade necrosis y agrava un cuadro que muchos pacientes descubren ya avanzado.
- Un joven de treinta años murió de neumonía por aspiración tras una cirugía que cerró su herida, pero no detuvo el consumo; una mujer perdió un ojo entre dolor y reconstrucciones.
Hay daños que avanzan en silencio, sin el aviso doloroso que uno esperaría de una droga tan visible en la vida social. En octubre, en Madrid, los especialistas en otorrinolaringología pusieron sobre la mesa algo que la medicina ya intuía: el consumo casi diario de cocaína puede deshacer, tejido a tejido, la frontera entre la nariz, la boca, los ojos y el cerebro. Lo que empieza como un catarro persistente puede terminar en una herida que el cuerpo no logra cerrar, y la única salida que se abre con sentido es la de dejar la sustancia antes de que sea demasiado tarde.
Juan tenía poco más de treinta años y consumía cocaína a diario cuando llegó a la UCI con una grave afección neurológica. La droga había perforado primero el tabique, después el paladar, y había destruido parte de los huesos que separan la nariz del cerebro. Por esa abertura se escapaba el líquido que protege el sistema nervioso. Los cirujanos retiraron el tejido muerto y cerraron el agujero, pero el consumo continuó y murió de una neumonía por aspiración. Su nombre es ficticio, elegido para proteger su intimidad.
Su caso fue uno de los presentados en el congreso nacional de la especialidad, celebrado en Madrid. Las comunicaciones describieron lesiones en el paladar, la piel de la nariz, la órbita del ojo y la base del cráneo, complicaciones poco frecuentes pero devastadoras, que suelen avanzar mucho antes de que el paciente acuda a consulta.
El mecanismo empieza en los vasos sanguíneos: la cocaína los contrae, las células se quedan sin oxígeno y el tejido muere. Gonzalo Díaz Tapia, del Hospital General Universitario de Villalba, lo compara con un infarto en la nariz. Las primeras señales se confunden con un resfriado, y cuando el paciente llega ya existe una perforación. Si el paladar cede, la voz se vuelve nasal y los alimentos pasan a la nariz; las infecciones de los senos paranasales se suman, y en los casos más graves el daño alcanza el interior del cráneo.
Una mujer del congreso perdió la visión de un ojo y sufrió un dolor que ningún fármaco controlaba. Tras varias intervenciones para retirar tejido muerto, los cirujanos tuvieron que extirpar el ojo y reconstruir la cavidad con tejido propio.
La encuesta EDADES estima que unas 793.000 personas consumieron cocaína en España en el último año. Para los especialistas, la reconstrucción solo tiene sentido si el paciente deja de consumir: sin ello, los tejidos no cicatrizan y una cirugía fallida puede cerrar opciones futuras.
Juan, un hombre de poco más de treinta años que consumía cocaína a diario, ingresó en la UCI con una grave afección neurológica. La droga había perforado primero el tabique de su nariz, después había abierto un agujero en el paladar y había destruido parte de los huesos que separan la nariz del cerebro. Por esa oquedad se escapaba líquido cefalorraquídeo, el que protege el sistema nervioso central. Juan es un nombre ficticio, elegido para preservar su intimidad.
Los cirujanos retiraron los tejidos necrosados y consiguieron cerrar el agujero. Pero el consumo continuó. El paciente murió por una neumonía por aspiración: llegaron a sus pulmones sustancias que deberían haber ido al aparato digestivo.
Su caso se presentó en el último Congreso Nacional de la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello, celebrado en octubre en Madrid. Varias comunicaciones recogieron los efectos más extremos del consumo de cocaína, más allá de la perforación del tabique: lesiones en el paladar, en la piel de la nariz, en la cavidad del ojo y hasta en la base del cráneo. Son complicaciones infrecuentes, propias de consumos muy abusivos, pero la pérdida de tejido puede llevar mucho tiempo avanzando cuando el paciente llega a consulta.
El mecanismo empieza por la capacidad de la cocaína para contraer los vasos sanguíneos. Con menos riego, las células se quedan sin oxígeno ni nutrientes. Gonzalo Díaz Tapia, jefe asociado de Otorrinolaringología en el Hospital General Universitario de Villalba, con experiencia en este tipo de daños, lo compara con un infarto o un ictus, pero en los tejidos de la nariz: mueren, el cartílago se destruye y aparecen las perforaciones. Según él, para que se produzcan lesiones como las descritas en el congreso el consumo debe ser prácticamente diario.
Las primeras señales suelen parecerse a las de un catarro, y rara vez se consulta en ese momento. Díaz Tapia explica que los pacientes suelen presentarse cuando ya existe alguna perforación del tabique. Si la destrucción llega al paladar, se abre una comunicación entre la boca y las fosas nasales por la que pueden pasar alimentos y líquidos, y la voz adquiere un timbre nasal. A ello se suman las infecciones en las cavidades nasales y los senos paranasales, donde las secreciones quedan retenidas. En los casos más graves, el daño alcanza las estructuras que separan esas cavidades del interior del cráneo.
La adulteración de la droga puede empeorar el cuadro. Con frecuencia se corta con levamisol, un antiparasitario de uso veterinario que añade riesgos en los vasos sanguíneos y puede provocar necrosis en las orejas, los dedos y otras zonas del cuerpo.
Otra comunicación describió a una mujer que había perdido la visión de un ojo y sufría un dolor que los fármacos no controlaban. Tras varias intervenciones para retirar tejido muerto de la nariz y los senos paranasales, los cirujanos practicaron una exenteración orbitaria: extirparon el ojo, vaciaron la cavidad y la reconstruyeron con tejido de la propia paciente.
El contexto es amplio. Según la encuesta EDADES del Ministerio de Sanidad, unas 793.000 personas de entre 15 y 64 años consumieron cocaína en España en el último año, el 2,5% de esa franja de población. Si se pregunta por los últimos 30 días, lo que identifica a consumidores más frecuentes, la cifra se reduce a la mitad.
Para reconstruir los tejidos dañados, el primer paso es dejar de consumir. Díaz Tapia advierte de que, de lo contrario, no cicatrizarán y volverán a morir, y de que una operación fallida puede agotar opciones útiles más adelante. La cirugía, dice, conviene plantearla cuando hay posibilidades reales de éxito.
Citations marquantes
Suelen llegar a la consulta cuando ya hay algún tipo de perforación en el tabique.— Gonzalo Díaz Tapia, Hospital General Universitario de Villalba
Sin dejar de consumir, el tejido reconstruido no cicatriza y vuelve a morir.— Gonzalo Díaz Tapia (paráfrasis)