Cuba atraviesa una de sus crisis energéticas más severas en décadas: millones de ciudadanos reciben electricidad apenas unas horas al día, mientras la escasez de combustible y el colapso de suministros externos han puesto en jaque hospitales, hogares y la vida cotidiana entera. Dos voluntarias canadienses llegaron a la isla con ayuda humanitaria y encontraron una población que ha reconfigurado su existencia alrededor de la luz, no de la oscuridad, tratando cada hora con corriente como un bien precioso. Es el retrato de una nación que resiste en los márgenes de lo posible, esperando que la soli
Crisis energética en Cuba: voluntarias canadienses relatan apagones prolongados y resiliencia ciudadana
La gente está cansada, pero encuentra formas de seguir adelante
¿Cómo es vivir en un lugar donde la electricidad es la excepción y no la regla?
Es como aprender a vivir en reversa. Planificas tu vida alrededor de cuándo esperas que haya luz, no alrededor de cuándo esperas que no la haya. Una ducha, cargar un teléfono, cocinar una comida—todo se convierte en una carrera contra el reloj.
Las voluntarias canadienses mencionaron que los cubanos tienen una frase sobre esto. ¿Qué significa realmente "No tenemos apagones, tenemos luz"?
Significa que la perspectiva se ha invertido completamente. Normalmente decimos que tenemos apagones—interrupciones de algo que debería ser constante. Aquí, lo constante es la oscuridad. La luz es lo que viene y va. Es un cambio de lenguaje que refleja un cambio de realidad.
¿Qué sucede en los hospitales cuando no hay electricidad?
Las cirugías se cancelan. No puedes operar a alguien si no sabes si la luz va a durar. Es una crisis dentro de la crisis—la gente enferma o herida tiene que esperar, y a veces esperar significa que la condición empeora.
Pero viste a la gente bailando en las calles sin luz. ¿Cómo reconcilias eso con la desesperación?
La resiliencia no significa que todo esté bien. Significa que la gente encuentra formas de existir, de conectar, de no rendirse completamente. El dominó y la música no resuelven la crisis, pero hacen que sea más soportable. Es una forma de decir: esto es difícil, pero seguimos aquí.
¿Cuánto tiempo crees que puede durar esto?
Nadie lo sabe. La ayuda llega, pero en cantidades pequeñas. Los suministros de combustible siguen siendo limitados. Sin cambios estructurales, esto podría ser la nueva normalidad durante años.
O Pulso
- Cuba lleva semanas con más horas de apagón que de electricidad, obligando a familias enteras a comprimir la vida doméstica —cocinar, ducharse, cargar dispositivos— en ventanas de una o dos horas diarias.
- Los hospitales cancelan cirugías por falta de energía garantizada, los alimentos se echan a perder en refrigeradores intermitentes y el transporte y la educación colapsan en cadena.
- La raíz del problema es estructural: Cuba depende del combustible importado para sus centrales, y ese flujo se ha interrumpido, dejando al gas natural y la energía solar como recursos insuficientes para once millones de personas.
- Dos voluntarias de la organización canadiense One Shared Future aterrizaron con catorce maletas de medicamentos, paneles solares y suministros básicos, pero encontraron una infraestructura entera funcionando a saltos desde el aeropuerto.
- Aunque se esperan nuevos suministros internacionales, la crisis no muestra señales de resolución inmediata, y la población responde con una resiliencia cotidiana: dominó en las calles oscuras, música, comunidad como escudo contra la incertidumbre.
Cuba atraviesa una de sus crisis energéticas más severas en décadas: millones de ciudadanos reciben electricidad apenas unas horas al día, mientras la escasez de combustible y el colapso de suministros externos han puesto en jaque hospitales, hogares y la vida cotidiana entera. Dos voluntarias canadienses llegaron a la isla con ayuda humanitaria y encontraron una población que ha reconfigurado su existencia alrededor de la luz, no de la oscuridad, tratando cada hora con corriente como un bien precioso. Es el retrato de una nación que resiste en los márgenes de lo posible, esperando que la solidaridad internacional y soluciones estructurales lleguen antes de que la penumbra se vuelva permanente.
La Habana vive al ritmo de la oscuridad. Cuando llega la electricidad —si es que llega— los cubanos corren contra el reloj: cocinan, cargan teléfonos, llenan depósitos de agua. Luego vuelve la penumbra, a veces durante tres días seguidos. La frase que circula entre la población lo resume todo: "No tenemos apagones, tenemos luz".
Leanne Isaak y Elise Hjalmarson, voluntarias de la organización canadiense One Shared Future, llegaron a la isla cargando catorce maletas con medicamentos, paneles solares y artículos de higiene. Desde el momento en que pisaron el aeropuerto —con apagones en la terminal y ascensores paralizados— la magnitud de la crisis fue inmediata y tangible.
El origen del colapso es claro: Cuba depende del combustible importado para alimentar sus centrales eléctricas, y ese suministro se ha interrumpido. El gas natural y la energía solar disponibles resultan insuficientes para una nación de once millones de habitantes. Las consecuencias se propagan en cadena: hospitales que cancelan cirugías, familias que luchan por conservar alimentos, transporte ralentizado y educación interrumpida.
Y sin embargo, Isaak observó algo que los datos no capturan del todo. En las noches sin luz, los cubanos se reúnen en las calles, juegan dominó, escuchan música. La resiliencia no es aquí una palabra de discurso; es una práctica diaria de supervivencia y comunidad.
La ayuda internacional continúa llegando en pequeñas dosis, y se esperan nuevos suministros energéticos. Pero mientras tanto, Cuba sigue organizándose en ventanas de electricidad, contando los minutos, esperando que la próxima vez la luz dure un poco más.
La Habana vive bajo el ritmo de la oscuridad. Cuando llega la electricidad—si es que llega—los cubanos corren contra el reloj. Cocinan, cargan teléfonos, se duchan, llenan depósitos de agua. Luego espera la penumbra nuevamente, a veces durante tres días seguidos. Dos voluntarias canadienses, Leanne Isaak y Elise Hjalmarson, llegaron recientemente a la isla como parte de una misión humanitaria y encontraron una población que ha invertido la lógica de la vida moderna: en lugar de contar las horas sin luz como interrupciones, cuentan las horas con luz como regalos. Los propios cubanos lo expresan con una frase que resume la magnitud de la crisis: "No tenemos apagones, tenemos luz".
Isaak y Hjalmarson vinieron con One Shared Future, una organización canadiense, cargando catorce maletas llenas de medicamentos, paneles solares, artículos de higiene y suministros básicos. Su plan era distribuir esta ayuda entre hospitales y comunidades vulnerables durante varios días, trabajando con grupos locales. Pero desde el momento en que pisaron el aeropuerto, la crisis fue tangible: apagones en la terminal, cortes de energía en sus alojamientos, ascensores paralizados, la infraestructura entera funcionando a saltos.
La raíz del problema es clara y brutal. Cuba depende del combustible para alimentar sus centrales eléctricas, y ese combustible ya no llega en las cantidades necesarias. Las tensiones internacionales y la interrupción de suministros externos han estrangulado la capacidad de generación del país. El gas natural y la energía solar, las únicas fuentes disponibles ahora, son insuficientes para una nación de once millones de habitantes. El resultado es un país que funciona a media máquina, o menos.
Los efectos se propagan como grietas en el cemento. Los hospitales han tenido que cancelar cirugías porque no pueden garantizar energía durante los procedimientos. Las familias luchan por evitar que la comida se descomponga en refrigeradores que funcionan solo cuando hay corriente. El transporte se ralentiza, la educación se interrumpe, los servicios básicos se vuelven impredecibles. El estrés y la incertidumbre se han convertido en compañeros constantes de la vida cotidiana.
Y sin embargo, Isaak observó algo que los números no capturan completamente. "La gente está cansada, frustrada y estresada, pero encuentra formas de seguir adelante", dijo. En las noches sin luz, es común ver a cubanos reunidos en las calles jugando dominó, escuchando música, bailando. La resiliencia no es una palabra bonita aquí; es una práctica diaria, una forma de no desaparecer en la oscuridad.
La ayuda internacional sigue llegando en gotitas. Se esperan nuevos suministros energéticos. Pero mientras eso ocurre, Cuba enfrenta una crisis que no muestra signos de resolverse pronto. La población continúa organizándose en ventanas de una o dos horas de electricidad, contando los minutos, esperando que la próxima vez la luz dure un poco más.
Citações Notáveis
Puede que no vuelva a tener electricidad durante tres días— Leanne Isaak, voluntaria canadiense
No tenemos apagones, tenemos luz— Expresión popular cubana que refleja la magnitud de la crisis