Coronafobia y TOC: cómo el miedo extremo al COVID-19 afecta la salud mental

Pacientes con TOC severo presentan deterioro físico en manos por lavado excesivo; personas con coronafobia se aíslan y abandonan actividades laborales y cotidianas.
El miedo se convertía en prisión, alterando la vida de quienes lo padecían
Figueroa describió cómo la coronafobia llevaba a las personas a abandonar trabajos y actividades cotidianas, encerrándose completamente.
Mark

¿Por qué el COVID-19 desencadenó específicamente estos trastornos en lugar de otros problemas de salud mental?

Mimi

El virus fue real, fue letal, fue invisible. Eso creó las condiciones perfectas para que el miedo se convirtiera en obsesión. No era irracional tener miedo; el problema fue cuando ese miedo dejó de ser proporcional a la amenaza real.

Luke

Pero espera. El 10-20% que mencionan, ¿es de todos los pacientes que llegaban al INSM durante la pandemia, o es una estimación general? Porque eso cambia bastante lo que significa el número.

Mimi

Es una estimación de Figueroa sobre los pacientes que recibían atención en salud mental. No sabemos si incluye solo nuevos casos o también agravamientos de condiciones previas.

Mark

¿Y cómo se diferencia la coronafobia de la ansiedad normal que todos experimentamos?

Mimi

La coronafobia es el miedo llevado al punto donde impide vivir. No es preocupación; es parálisis. La ansiedad normal fluctúa. La coronafobia es constante, invasiva, física.

Luke

Los síntomas que describen —palpitaciones, falta de aire— ¿son causados por el miedo o son síntomas reales de COVID-19 que la gente confunde con pánico?

Mimi

Son síntomas causados por el miedo mismo, por la activación del sistema nervioso. Pero para la persona que los experimenta, se sienten completamente reales, completamente amenazantes.

Mark

¿Qué pasó con esos pacientes que se lavaban las manos durante horas? ¿Se recuperaron?

Mimi

El artículo no lo dice. Solo documenta que estaban siendo tratados en el INSM. La recuperación de estos trastornos es posible, pero requiere intervención profesional sostenida.

Luke

Y eso es importante notar: el artículo describe el problema pero no ofrece datos sobre resultados de tratamiento, tasas de recuperación, o si estos trastornos persisten después de que la amenaza inmediata del virus disminuyó.

  • El miedo al contagio dejó de ser precaución y se convirtió en prisión: pacientes abandonaron empleos y se encerraron en casa, convencidos de que el virus los alcanzaría inevitablemente.
  • Los cuerpos comenzaron a delatar el pánico: manos con la piel deteriorada por horas de lavado compulsivo, espacios domésticos saturados de químicos agresivos que nunca lograban calmar la angustia.
  • Los más vulnerables —quienes perdieron familiares, quienes sobrevivieron formas graves de la enfermedad o quienes ya cargaban trastornos previos— enfrentaron un riesgo desproporcionado de caer en estas espirales mentales.
  • Los psiquiatras del INSM y de la Universidad Cayetano Heredia advierten que estas condiciones persisten mucho después de que el virus dejó de ocupar los titulares, exigiendo atención sostenida y especializada.

La pandemia no solo enfermó cuerpos: en los consultorios de salud mental de Lima, el miedo al virus mutó en algo más profundo y paralizante. Entre el 10% y el 20% de los pacientes atendidos en el Instituto Nacional de Salud Mental desarrollaron coronafobia o trastorno obsesivo compulsivo directamente vinculado al COVID-19, condiciones que les arrebataron el trabajo, la vida cotidiana y, en muchos casos, la capacidad de simplemente existir sin terror. La crisis sanitaria reveló así una segunda pandemia, silenciosa y duradera, que los psiquiatras peruanos aún enfrentan.

En los consultorios de salud mental de Lima, los psiquiatras comenzaron a identificar un patrón perturbador: el miedo al COVID-19 había dejado de ser una respuesta razonable para convertirse en algo que paralizaba vidas enteras. Edith Figueroa, del Instituto Nacional de Salud Mental, constató que entre el 10% y el 20% de sus pacientes presentaban coronafobia o un trastorno obsesivo compulsivo directamente ligado a la pandemia.

La coronafobia se manifestaba con síntomas físicos concretos —palpitaciones, sensación de ahogo, sudoración— pero su daño más profundo era conductual: personas que dejaban sus trabajos, abandonaban actividades básicas y se recluían en casa, convencidas de que el contagio era inevitable. El miedo, en lugar de protegerlas, las inmovilizaba.

El TOC pandémico seguía una lógica distinta pero igualmente devastadora. Figueroa describió pacientes que se lavaban las manos durante una o dos horas continuas, con resultados visibles en la piel dañada de sus manos. Otros desinfectaban sus hogares con productos químicos agresivos en ciclos que nunca los tranquilizaban del todo.

Vanessa Herrera, de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, subrayó que cuando el temor es persistente y desproporcionado, la mente queda atrapada en un único pensamiento: la certeza del contagio, la inevitabilidad de la muerte. Ambas especialistas coincidieron en que los más expuestos eran quienes habían perdido seres queridos, quienes habían enfermado gravemente o quienes ya arrastraban un diagnóstico de salud mental previo. Para ellos, la pandemia no fue solo una emergencia sanitaria: fue el detonante de una crisis que los psiquiatras peruanos continúan tratando años después.

La pandemia de COVID-19 dejó una huella que va más allá de la enfermedad física. En los consultorios de salud mental de Lima, los psiquiatras comenzaron a notar un patrón inquietante: pacientes cuyo miedo al virus se había transformado en algo más grave, más paralizante. Edith Figueroa, psiquiatra de la Dirección de Adultos y Adultos Mayores del Instituto Nacional de Salud Mental, observó que entre el 10% y el 20% de quienes acudían a atención mental presentaban lo que los especialistas llamaban "coronafobia" o un trastorno obsesivo compulsivo directamente vinculado al COVID-19. No era simplemente preocupación. Era algo que alteraba fundamentalmente la capacidad de vivir.

La coronafobia, explicó Figueroa, es un miedo desproporcionado a contraer el virus, acompañado de síntomas físicos concretos: palpitaciones aceleradas, sensación de ahogo, dolores de cabeza, sudoración profusa. Pero lo más destructivo no era el pánico en sí, sino lo que provocaba después. Las personas dejaban sus trabajos. Abandonaban actividades cotidianas. Se encerraban en sus casas, convencidas de que el contagio era inevitable. El temor se convertía en prisión.

El trastorno obsesivo compulsivo relacionado con la pandemia manifestaba una lógica diferente pero igualmente incapacitante: conductas repetitivas que escapaban a toda justificación racional. Figueroa describió casos de pacientes que se lavaban las manos durante una o dos horas seguidas, mucho más allá del tiempo recomendado por las autoridades sanitarias. El resultado era visible: las manos deterioradas, la piel dañada, el cuerpo mismo convertido en evidencia del miedo. Otros desinfectaban constantemente sus espacios, no solo con alcohol sino con productos químicos mucho más agresivos, en un ciclo que nunca llegaba a tranquilizarlos.

Vanessa Herrera, psiquiatra del Centro de Investigación en Salud Mental de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, señaló que cuando el temor es persistente y desproporcionado, la mente queda atrapada en un único pensamiento: la certeza del contagio, la inevitabilidad de la muerte. Las personas no pueden funcionar. No pueden trabajar, no pueden relacionarse, no pueden simplemente existir sin que el miedo las domine.

No todos enfrentaban el mismo riesgo. Figueroa y Herrera coincidieron en que los más vulnerables eran quienes habían perdido familiares por COVID-19, quienes habían sufrido la enfermedad de forma grave, o quienes ya cargaban con un trastorno de salud mental previo. Para ellos, la pandemia no fue solo una crisis sanitaria. Fue el detonante de una crisis mental que los psiquiatras peruanos seguían tratando años después de que el virus dejara de ser noticia.

Este temor altera la vida de las personas, dejan de trabajar o realizar otras actividades, y permanecen encerradas
— Edith Figueroa, psiquiatra del INSM
Cuando el temor es persistente y desproporcionado, impide a la persona realizar sus actividades con normalidad pues solo piensa en que se va a contagiar y, por ende, morir
— Vanessa Herrera, psiquiatra de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
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