En el mar de Japón, Corea del Norte volvió a trazar su respuesta habitual: misiles balísticos lanzados como «ejercicio de ataque» tras las maniobras conjuntas Freedom Edge de Seúl, Washington y Tokio. Pyongyang no improvisa estas reacciones; las inscribe en un ciclo antiguo donde cada demostración de disuasión aliada convoca una demostración de capacidad propia. La península coreana permanece así en ese equilibrio tenso y predecible que los analistas llaman escalada controlada, un lenguaje de fuerza que ambos bandos comprenden y, en cierta medida, administran.