En el umbral de su segundo año de gobierno, Claudia Sheinbaum ha reconocido públicamente lo que la política energética mexicana tardó décadas en admitir: que los contratos petroleros firmados bajo Peña Nieto, tan criticados por la izquierda, sostienen hoy una fracción indispensable de la producción nacional. Con 1,77 millones de barriles diarios como horizonte cotidiano, México equilibra el peso histórico de Pemex con la presencia silenciosa de empresas privadas que aportan 102.000 barriles al día. Es la paradoja de un Estado que necesita aquello que ideológicamente preferiría no necesitar.