Contra los tópicos gastados de la política española: complejidad, lawfare y otras coartadas

La complejidad es la coartada perfecta para la inacción
Reflexión sobre cómo los políticos españoles usan la palabra «complejidad» para evadir responsabilidades reales.
Mark

¿Por qué insistimos tanto en que España es compleja si la palabra ya no significa nada?

Mimi

Porque la complejidad es cómoda. Te permite sonar serio sin tener que explicar nada. Es la coartada perfecta para la inacción.

Mark

Pero ¿no hay cosas que son genuinamente complicadas?

Mimi

Claro. Pero cuando todo es complejo, nada lo es. La palabra ha perdido su capacidad de discriminación. Se aplica igual a una crisis de Estado que al sabor de una tortilla.

Mark

¿Y por qué la derecha e izquierda usan la complejidad de formas distintas?

Mimi

La izquierda la invoca para no enfrentarse a los nacionalismos. La derecha para no meterse en líos. Ambas la usan como justificación moral de la inacción.

Mark

¿Realmente Aznar sigue mandando en el PP desde las sombras?

Mimi

No. Es una novela gótica que nos contamos. Los partidos viven en el presente del poder, no en la nostalgia. Aznar es respetado, pero nadie le hace caso.

Mark

¿Entonces por qué seguimos creyendo en estos tópicos?

Mimi

Porque son útiles. Nos permiten hablar sin pensar, debatir sin resolver, analizar sin comprometernos. Son la comodidad del lenguaje político.

  • Suárez, Aznar, González, Zapatero y Rajoy llegaron a la presidencia sin ser madrileños
  • Aznar fue entrevistado en mayo de 2013 sobre su posible regreso a la política
  • El término «complejidad de España» funciona como justificación moral de la inacción política
  • El PP y Vox no son lo mismo y mantienen una convivencia táctica, no ideológica

El término 'complejidad de España' funciona como comodín retórico que justifica la inacción política sin explicar realmente los problemas. Muchos presidentes españoles no eran madrileños, invalidando el argumento de que 'Madrid le queda grande' a ciertos líderes políticos.

Análisis crítico de los lugares comunes del discurso político español, desde la invocación de la 'complejidad' hasta los estereotipos sobre líderes regionales, cuestionando su validez y utilidad en el debate público.

Cuando termina el verano y comienza de nuevo el curso político, es buen momento para limpiar el lenguaje que usamos para hablar de España. No es que los tópicos sean nuevos. Algunos ya han perdido toda credibilidad: nadie repite ya que España tiene «el sistema financiero más sólido del mundo» o «la mejor sanidad del mundo». Otros simplemente se han marchitado, como el «España nos roba» o la invocación constante de la «Tercera España». Pero hay un puñado de lugares comunes que siguen circulando en cada debate político, cada tertulia, cada análisis de coyuntura, y merecen ser examinados sin piedad.

Tomemos primero la palabra «complejidad». Es el comodín perfecto en cualquier conversación sobre política española. Cuando un político dice que «la situación es muy compleja», lo que realmente está confesando es su impotencia. Cuando alguien invoca la «complejidad de España» para explicar por qué no se resuelven los problemas, está siendo más directo: nos está estafando. La palabra funciona como una justificación moral de la inacción. La izquierda la usa para no enfrentarse a los nacionalismos. La derecha se parapeta tras ella para no meterse en líos. El problema es que la complejidad vale ya para cualquier cosa, desde los grandes asuntos de Estado hasta el sabor de una tortilla. Ha perdido toda precisión, toda utilidad. Y sin embargo sigue siendo el refugio favorito de quien no quiere explicar nada.

Otro tópico que merece revisión es el de que «Madrid le queda grande» a ciertos líderes políticos. Se ha aplicado a muchos presidentes, ahora a Feijóo, antes a otros. Pero la historia española sugiere exactamente lo contrario. Suárez era «un chico de Ávila». Aznar hizo olvidar que no era de Valladolid. González no solo no era madrileño sino que trajo el «desembarco andaluz». Zapatero era tan de León que se hizo con el poder provincial tras el Pacto de la mantecada en Astorga. Rajoy, gallego, siempre subrayó su voluntad de no mezclarse en cociditos madrileños. Sánchez es de Tetuán y llegó a la presidencia sin ser madrileño. Por el contrario, madrileños de verdad como Aguirre, Gallardón o Casado ya solo ven La Moncloa por televisión. El argumento es débil, y hay una ironía incómoda en que quienes lo usan sean los mismos que se quejan constantemente de la miopía de la M-30.

Luego está el «lawfare», ese término que ha llegado para quedarse. Hay que tener cuidado con él, porque la historia enseña que las batallas entre jueces y gobernantes acaban mal para los gobernantes: Nixon, Craxi, Berlusconi, Sarkozy, Trump. Pero hay algo que no cuadra en el discurso de quienes más lo invocan. Son los mismos que exigen que los jueces «bajen al barro», que «no eludan el contacto con el polvo del camino». No se puede pedir simultáneamente que la justicia sea activa y que no sea «lawfare». La contradicción es evidente.

Hay quien sigue hablando del «PSOE bueno» o el «PSOE verdadero», como si fuera un animal mitológico. Existe en los prados de la nostalgia de la derecha: aquel PSOE que iba a misa, que respetaba al Rey, que estaba a medio camino entre Redondo, Corcuera y Bono. No es mitología. Claro que existió. Y el centroderecha parece haber olvidado que ese PSOE les hizo la vida imposible.

Cuando en Madrid se habla de «los gallegos», se habla del equipo de Feijóo. Es una forma de aludir a un fenómeno casi paranormal: tras dos décadas en la Xunta de Galicia, Feijóo decidió, sorprendiendo a todo el mundo, no rodearse de belgas. Hay también una literatura gótica sobre la influencia de Aznar en el PP que merece ser desmentida. En mayo de 2013, Gloria Lomana entrevistó a Aznar cuando el Gobierno de Rajoy atravesaba uno de sus momentos más agónicos. Aznar, todavía presidente de honor del Partido Popular, fue preguntado si se plantearía volver a la política en circunstancias extremas. Respondió de manera ambigua. Aquella noche en La Moncloa se temieron aires de Fronda. A la mañana siguiente, no había pasado nada. Y no iba a pasar. Es sugestivo pensar que Aznar dicta cómo tiene que actuar el PP desde FAES. Pero no es así. Ha pasado mucho tiempo desde su tiempo. Todos le respetan, muchos le quieren, algunos le escuchan. Pero, la dura verdad, nadie le hace caso. Los partidos están en el presentismo del que manda, no en la nostalgia del que se fue. Pensar que Aznar puede activar resortes revela un conocimiento meramente desiderativo del PP. ¿Cuánto manda hoy Felipe González en el PSOE? La respuesta es instructiva.

Finalmente, está el binomio «la derecha y la ultraderecha», como si fueran la misma cosa. El PP y Vox no son lo mismo y no quieren construir lo mismo. Cualquier entendimiento que tengan es una especie de UTE a la espera de un nuevo asalto para erradicar al otro. Su convivencia será difícil, aunque ahora estén en tregua táctica. Y luego está la obsesión con la «burguesía catalana» como si fuera la única que existe en España. Se habla de la oligarquía vasca y la burguesía catalana como si no hubiera empresariado gallego, andaluz, valenciano, o aristocracia madrileña. Es la última generación de esa burguesía, vasca o catalana, la que está gastando en ayahuasca y terapeutas argentinos lo último que queda del capital acumulado. Estos tópicos no son inocentes. Estructuran cómo pensamos sobre España, cómo debatimos, cómo nos engañamos a nosotros mismos.

Cuando un político habla de complejidad, lo que realmente está confesando es su impotencia
— Análisis del artículo
La dura verdad: nadie le hace caso a Aznar en el PP actual
— Reflexión sobre la influencia real de figuras del pasado
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