En las ciudades donde el aire se mezcla con partículas invisibles y gases del tráfico, el cerebro humano lleva una cuenta silenciosa. Investigadores de la Universidad del Sur de California han encontrado que la exposición prolongada a contaminantes atmosféricos comunes —PM2,5 y dióxido de nitrógeno— se asocia con cambios estructurales medibles en las regiones cerebrales más vulnerables al Alzheimer, con un impacto que varía según la edad y el sexo. El hallazgo no establece causalidad definitiva, pero añade una capa de urgencia a la pregunta de qué le hace el aire que respiramos a la mente que