Durante décadas, el huevo ha ocupado un lugar ambiguo en la mesa de los adultos mayores: alimento nutritivo y sospechoso al mismo tiempo. La ciencia más reciente invita a abandonar los absolutos y reconocer que el riesgo cardiovascular no se mide en yemas, sino en contextos: quién come, cómo vive y qué acompaña al plato. Para quienes han cumplido los 60 años, la pregunta no es si el huevo es bueno o malo, sino cuánto espacio ocupa en una historia de salud que es, inevitablemente, personal.