En septiembre, los hogares australianos cruzaron un umbral psicológico: su confianza cayó a 84,4 puntos, territorio donde el pesimismo no es una sombra sino el paisaje completo. Detrás de ese número hay miedos concretos —tasas de interés que podrían seguir subiendo, combustible más caro, y un mercado inmobiliario que retrocede mes tras mes. Es la historia de una economía que intenta enfriar la inflación sin apagar la fe de quienes la sostienen.