En el transcurso de dos décadas, España ha vivido una recomposición silenciosa de sus lealtades identitarias e ideológicas: el procés catalán despertó un nacionalismo español adormecido, y la pandemia actuó como catalizador de una radicalización que los datos no anticipaban. Lo que emerge no es un espejo de la polarización europea, sino un fenómeno con su propia lógica interna, donde los extremos crecen pero el centro permanece —aunque ya no signifique lo mismo que antes.