Lo que has recibido sin pagar, debes darlo sin cobrar
En el ciclo ordinario de la liturgia cristiana, la Iglesia vuelve al Evangelio de Mateo para contemplar un misterio que trasciende la organización religiosa: Jesús no convoca colaboradores funcionales, sino compañeros de vida. Como Josué distribuyó la tierra entre las tribus para fundar un pueblo, Cristo llama a cada apóstol por su nombre para fundar una comunión, una forma de existir juntos que propone al mundo una escala de valores radicalmente distinta a la del intercambio y el mérito.
- La urgencia no es institucional sino existencial: Jesús advierte que el Reino de los Cielos está cerca, y esa cercanía exige una respuesta personal, no diferible.
- La tensión surge entre dos lógicas irreconciliables: la sociedad que pone precio a todo y la dinámica del Reino que opera desde la gratuidad absoluta.
- Los apóstoles reciben poderes extraordinarios —sanar, expulsar el mal— pero la condición es perturbadora: lo recibido sin pagar debe darse sin cobrar, subvirtiendo toda economía de méritos.
- La resolución no pasa por estructuras ni programas, sino por una comunión íntima: vivir junto a Cristo, conocer su confianza en el Padre, dejarse configurar por su manera de amar a pesar del rechazo.
- El llamamiento aterriza en el presente de cada creyente: el nombre de cada uno ha sido pronunciado, y la pieza que le corresponde mover en el tablero del Reino es amar sin esperar retorno.
El domingo 14 de junio de 2026, la liturgia del ciclo A regresa al Evangelio de Mateo tras semanas de celebraciones especiales. La palabra «ordinario» no debe engañar: las lecturas de este día exigen una respuesta personal de cada creyente.
El comentario sitúa el llamamiento de los apóstoles en perspectiva histórica: así como Josué distribuyó la tierra prometida entre las tribus de Israel, Jesús convoca a los suyos para fundar un pueblo nuevo, el de la Nueva Alianza. Pero hay una diferencia radical respecto a la tradición rabínica de la época. Entonces, los discípulos elegían a sus maestros y los abandonaban cuando habían aprendido todo lo posible. Con Jesús ocurre lo contrario: es él quien elige, quien llama a cada uno por su nombre, y no para que trabajen para él sino para que estén con él, compartan su vida y conozcan su comunión con el Padre.
Los apóstoles reciben poderes concretos —sanar enfermos, expulsar demonios— pero con una advertencia que lo cambia todo: lo recibido gratuitamente debe darse gratuitamente. Jesús no buscaba empleados ni admiradores, sino compañeros de camino con quienes vivir una relación espiritual profunda durante los años de su ministerio.
Esta lógica interpela al creyente contemporáneo. El apóstol Pablo describió el amor de Dios como un amor «a pesar de»: Dios reconcilió a la humanidad consigo cuando aún era su enemiga, sin esperar mérito alguno. Ese mismo amor incondicional es la invitación que se extiende hoy: amar a pesar de la indiferencia, del rechazo, de no ser comprendido.
En una sociedad donde todo tiene precio, la gratuidad se convierte en el rasgo distintivo del discípulo. La reflexión concluye con una imagen sencilla y directa: el nombre de cada persona ha sido pronunciado por Jesús en algún momento de su vida. En el juego de la construcción del Reino, le toca a cada uno mover su pieza. La regla es conocida: ama sin esperar nada a cambio.
El Reino de los Cielos está cerca. Así comienza el domingo ordinario del 14 de junio de 2026, cuando la liturgia del ciclo A nos devuelve al Evangelio de Mateo después de semanas dedicadas a celebraciones especiales. Ordinario, sin embargo, no significa simple. Las lecturas de este día exigen algo de cada uno de nosotros, y para entenderlas conviene comenzar por el principio.
Hace cuarenta siglos, cuando los hebreos salieron del desierto y tomaron posesión de la tierra que les había sido prometida, Josué, sucesor de Moisés, distribuyó el territorio entre las tribus: Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Neftalí, y las demás. Fue el nacimiento de un pueblo en su propia tierra. Ahora, con Jesús, presenciamos algo análogo pero radicalmente nuevo: el surgimiento de otro pueblo, el de la Nueva Alianza. Los evangelios dedican una atención especial a cómo ocurre este nacimiento, y en particular a cómo Jesús convoca a sus apóstoles.
En la tradición rabínica de entonces, los discípulos elegían a sus maestros. Un estudiante aprendía todo lo que su rabino podía enseñarle sobre la Escritura y la vida, y luego se marchaba en busca de otro maestro. Eran aprendices nómadas, sin raíces permanentes. Con Jesús todo cambia. Es él quien elige, quien llama a cada uno por su nombre. Y no los llama para que trabajen para él, sino para que estén con él, para que vean cómo él actúa, para que después salgan a proclamar que el Reino de Dios ha llegado. Los dota de poder para expulsar demonios, sanar enfermos, hablar en lenguas desconocidas. Pero les advierte algo crucial: lo que han recibido sin pagar, deben darlo sin cobrar. Es un trabajo exigente, pero profundamente generoso.
Lo que Jesús buscaba no era una empresa con un director y empleados. No necesitaba admiradores que lo aclamaran, ni una agencia de publicidad que difundiera su mensaje. Lo que quería era algo más hondo: una comunión. Quería que vivieran junto a él durante los dos o tres años que duraría su ministerio. Quería que compartieran su vida, que entraran en el círculo de sus relaciones más íntimas, que conocieran su comunión con el Padre, su manera de enfrentar las dificultades, su confianza radical en la providencia divina. Algunos lo abandonarían antes o después, pero su intención era clara: una relación espiritual profunda, no meramente funcional. Jesús se retiraba a solas para orar, para madurar sus decisiones más importantes. Se sentiría abandonado en el momento final de su vida. Pero los había aceptado plenamente, llevaba una vida de relación estrecha con ellos, de acompañamiento personal.
Esta reflexión sobre los apóstoles nos habla también de nuestro tiempo. Jesús nos invita a vivir en comunión con él. Nos ha amado con un amor incondicional, un amor que el apóstol Pablo describía así: Dios, en Jesús, nos amó y nos reconcilió consigo cuando aún éramos sus enemigos. Es un amor a pesar de, un amor que no depende de nuestros méritos ni de nuestro comportamiento. Y esa calidad del amor divino debe ser también una invitación para nosotros: amar como él ama, amar a pesar de la indiferencia, a pesar del rechazo, a pesar de no ser comprendidos.
Al mismo tiempo, Jesús nos urge a colaborar con él desde los dones que cada uno posee. Es verdad que él está presente en toda conciencia humana, que toca cada corazón. Pero también necesita mediadores, personas que anuncien su evangelio, que hagan presente su salvación. Ninguno de los llamados, según muestran las lecturas de este domingo, tenía mérito previo alguno. Todo es iniciativa gratuita de Dios, todo es regalo. Y ese regalo debe permanecer en el ámbito de la gratuidad. Vivimos en una sociedad donde todo tiene precio, donde nadie regala nada. Quizá sea precisamente la gratuidad lo que nos haga significativos, lo que nos distinga. La dinámica del Reino propone una escala de valores alternativa, distinta de la que hemos construido en nuestro egoísmo.
Tu nombre ha sido pronunciado por Jesús en algún momento de tu vida, pronunciado por amor. En el juego de la construcción del Reino, te toca a ti mover tu pieza. Ya conoces las reglas: ama sin esperar nada a cambio. Si das amor, recibirás amor. En comunión con Cristo, configurado con él, enviado por él. Pruébalo y verás.
Notable Quotes
Quería que fueran colaboradores directos; los quería implicar en la misma misión en que Él estaba comprometido— Reflexión del comentarista sobre la intención de Jesús al elegir a los apóstoles
Tu nombre, el tuyo propio, ha sido pronunciado por Jesús en algún momento de tu vida. Por amor— Alejandro, C.M.F., dirigiéndose a los creyentes modernos
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué insiste tanto el texto en que Jesús elige a los apóstoles por su nombre, en lugar de dejar que ellos lo eligieran a él?
Porque en eso radica la diferencia fundamental. Un nombre pronunciado es una persona reconocida, amada antes de ser útil. No es un reclutamiento, es una vocación.
Pero ¿no necesitaba Jesús ayuda para su misión? ¿No era práctico tener discípulos?
Claro que necesitaba ayuda. Pero la cuestión es qué tipo de relación quería construir. Una empresa necesita empleados. Jesús quería colaboradores que compartieran su vida, que entendieran desde adentro lo que él hacía.
Menciona que los apóstoles reciben los mismos poderes que Jesús. ¿Eso no los hace iguales a él?
No. Los poderes son los mismos, pero la autoridad es distinta. Jesús es el maestro, el que guía. Ellos son colaboradores. Y hay algo más: esos poderes vienen con una advertencia: lo recibido gratis, dalo gratis. No es para enriquecerse ni para dominar.
¿Qué significa que esto hable de nuestro tiempo?
Que cada uno de nosotros ha sido llamado también. No por nuestros méritos, sino por amor. Y se nos pide que colaboremos desde lo que somos, desde nuestros dones, en una lógica completamente distinta a la de la sociedad de consumo.
¿La gratuidad es entonces el acto revolucionario?
En cierto sentido, sí. Vivimos en un mundo donde todo tiene precio. Actuar con gratuidad, amar sin esperar retorno, es proponer una escala de valores alternativa. Es vivir ya el Reino.