Coetzee sostiene que la traducción puede ser tan válida como el original en prosa narrativa, especialmente con traductores competentes, aunque reconoce déficits mayores en poesía. El escritor promovió intercambios entre literaturas latinoamericana, africana y australiana desde Buenos Aires para evitar la mediación de críticos y editores del norte global.
Coetzee: «Me daré por satisfecho si acabo con una nota al pie de la historia»
Me daré por satisfecho si acabo con una nota al pie de la historia
¿Por qué insiste tanto en que los novelistas no son observadores privilegiados de la realidad? Parece una posición defensiva.
No es defensiva. Es honesta. Los periodistas observan. Los historiadores interpretan. Los novelistas inventan. Coetzee dice que dedicó un libro entero a un narrador que no quería responder preguntas sobre la actualidad. ¿Por qué debería hacerlo?
Pero la gente sigue pidiendo a los escritores que comenten el mundo. ¿Eso no sugiere que la sociedad ve algo en ellos que Coetzee niega?
Quizá. Pero Coetzee distingue entre lo que la gente espera y lo que el escritor puede realmente ofrecer. Su competencia es escribir, no hablar.
Volvamos a la traducción. Dice que en prosa narrativa el déficit puede desaparecer. ¿Eso no contradice toda una tradición de pensamiento sobre la traducción?
Sí, pero Coetzee ha trabajado directamente con sus traductores. Ha visto cómo un buen traductor puede igualar el original. No es teoría. Es experiencia.
Aunque reconoce que en poesía el déficit es acusado. ¿No sugiere eso que hay algo en la lengua original que simplemente no viaja?
Claro. Pero Coetzee no escribe poesía. Escribe prosa. Para él, la cuestión es práctica, no abstracta.
¿Y la apropiación cultural? Su defensa del poder empático del arte parece casi romántica, considerando que rechaza el Romanticismo en otros contextos.
No es romántica. Es empírica. Cita a Tolstói y Faulkner. Los lectores reportan experiencias de verdad e iluminación. Eso es un hecho observable.
Pero ¿no es posible que esos lectores se engañen a sí mismos? ¿Que crean que han tenido una experiencia auténtica cuando en realidad han leído una representación?
Coetzee lo admite. Pero luego pregunta: si deben engañarse a sí mismos, ¿por qué no deben hacerlo sus críticos? Es una pregunta incómoda.
¿Qué le importa más: ser leído o ser recordado?
Recordado. Pero modestamente. Una nota al pie es suficiente.
El Pulso
- Coetzee ocupó una cátedra en la Universidad San Martín de Buenos Aires entre 2015 y 2019
- Ha traducido poesía y prosa del neerlandés y afrikáans, y ha trabajado directamente con traductores de su obra en alemán, neerlandés, francés y español
- Rechaza el término «sur global» porque lo considera una abstracción sociológica, prefiriendo hablar del sur como una región real con semejanzas históricas y culturales profundas
Coetzee sostiene que la traducción puede ser tan válida como el original en prosa narrativa, especialmente con traductores competentes, aunque reconoce déficits mayores en poesía. El escritor promovió intercambios entre literaturas latinoamericana, africana y australiana desde Buenos Aires para evitar la mediación de críticos y editores del norte global.
El Premio Nobel sudafricano J. M. Coetzee concede una rara entrevista retrospectiva donde reflexiona sobre su labor como traductor, su visión de las literaturas del sur global y su proceso creativo literario.
J. M. Coetzee, el novelista sudafricano ganador del Premio Nobel, rara vez concede entrevistas. Por eso tiene peso especial el ejercicio de reflexión retrospectiva que ofrece ahora, respondiendo de su puño y letra a preguntas que le han formulado a lo largo de los años. En estas respuestas emerge un escritor profundamente preocupado por cómo circulan las historias del mundo, quién decide cuáles merecen ser contadas, y en qué idioma.
Coetzee ha pasado décadas trabajando con traductores de su propia obra en alemán, neerlandés, francés y español. Ese contacto cercano le ha enseñado a respetar el oficio de traducir, pero también le ha transformado como escritor. Ha aprendido a usar un inglés más transparente, menos dependiente de los giros idiomáticos propios de la lengua. Cita el ejemplo de Joseph Conrad, cuya lengua materna era el polaco: Conrad evitaba la palabra «roble» porque en Inglaterra no significaba solo un árbol, sino que evocaba estabilidad, confiabilidad, la identidad inglesa misma. Esa conciencia de cómo las palabras cargan significados culturales ha marcado el trabajo de Coetzee. Cuando se enfrenta a una palabra que parece intraducible, tiene dos opciones: recurrir a una paráfrasis que rompa el hechizo de la lectura pero sea honesta, o reconocer su impotencia ante el lector. En prosa narrativa bien traducida, sostiene, el déficit entre original y traducción puede desaparecer del todo.
Entre 2015 y 2019, Coetzee ocupó una cátedra en la Universidad San Martín de Buenos Aires. Allí se propuso algo deliberado: presentar escritores del hemisferio sur a otros escritores del hemisferio sur, sin la mediación de editores, críticos y académicos del norte. Esos porteros del norte, como los llama, deciden qué libros latinoamericanos se traducen al inglés, qué voces del sur se promocionan globalmente, qué historias propias del sur ingresan al repertorio de la literatura mundial. Coetzee invitó a escritores de Sudáfrica y Australia a enseñar en Buenos Aires. Estudiantes de Argentina, de otras regiones del país y de toda América Latina asistieron a esos cursos. El propósito era que se encontraran sin intermediarios del norte, sin tener que someterse a los guardianes culturales de las metrópolis. Coetzee rechaza deliberadamente el término «sur global» porque le parece una abstracción inventada por sociólogos, el «otro» negativo del norte, un lugar definido solo por carencias. El sur, en cambio, es una parte real del mundo con clima, flora y fauna propios, con profundas semejanzas históricas y culturales que incluyen historias complejas de colonización.
Sobre su propio proceso creativo, Coetzee es claro: no le interesa preguntarse por qué escribe. No le interesa el origen de sus personajes, si provienen de su propia experiencia, de personas reales corregidas, o de otras novelas. A veces piensa en ellos como almas nonatas que arañan la ventana pidiendo entrar. Cuando nacen en la página, si tienen suficiente fuerza vital, reafirman su separación de él. Es comadrona, no madre. Esta indiferencia se extiende a otros elementos de su escritura: no le importa por qué las historias que cuenta están ambientadas en ciertos tiempos y lugares. Las historias llegan embrionarias, y su tarea es desentrañar sus implicaciones y llevarlas a plenitud. Esas preguntas sobre la relación entre ficción y realidad, sobre por qué los narradores cuentan lo que cuentan, son asunto de la crítica literaria, no de su responsabilidad como escritor. De hecho, cree que la curiosidad crítica puede ser contraproducente para la creación.
Coetzee rechaza la idea romántica de que los novelistas sean observadores o intérpretes privilegiados de la realidad. Dedicó una novela entera, «Diario de un mal año», al aprieto de un narrador al que periodistas y editores le piden constantemente que opine sobre asuntos de actualidad. Su respuesta es simple: ¿por qué me preguntan a mí? Los escritores no son personas interesantes. Su competencia singular es escribir, no hablar. Por eso no lee entrevistas con escritores; le parecen aburridas.
Sobre la acusación de apropiación cultural, particularmente por escribir encarnando mujeres, Coetzee es directo. La crítica a la apropiación obedece en buena medida a políticas identitarias que contrastan el conocimiento desde dentro de un grupo con el conocimiento desde fuera. Reconoce que el conocimiento desde el exterior no puede ser tan auténtico como el de la experiencia personal. Pero la teoría de la apropiación no ha sido pensada adecuadamente. Pasa por alto el poder empático del gran arte para superar límites de género y raza. Piensa en Natasha Rostov de Tolstói, en Joe Christmas de Faulkner. La teoría carece de dimensión histórica: ¿quién tiene derecho a escribir una novela ambientada en Bizancio? Nadie, porque ya no quedan bizantinos. Además, ¿no se amplía el conocimiento de uno mismo cuando se refracta en la mirada del otro? Los lectores de Tolstói y Faulkner quedan abrumados por la experiencia y hablan de verdad e iluminación. Nunca se habría entregado a la carrera de escritor si le hubieran advertido que tendría que restringir sus exploraciones a las mentes de hombres blancos coloniales de clase media como él. Demasiado aburrido.
Sobre cómo desearía ser recordado, Coetzee menciona a su tío abuelo Albert du Biel, novelista que escribió en los años veinte cuando apenas existía un corpus literario en afrikáans. En las historias recientes de la literatura afrikáans, la contribución de du Biel es tan insignificante que solo aparece en una nota al pie. Si en las historias de la literatura del siglo XXII sigue presente, aunque sea en una nota al pie, se dará por satisfecho.
Citas Notables
Los novelistas no son observadores o intérpretes privilegiados de la realidad. Su singular competencia estriba en escribir, no en hablar.— J. M. Coetzee
El poder empático del gran arte puede superar los límites del género y de la raza, como demuestran personajes como Natasha Rostov de Tolstói o Joe Christmas de Faulkner.— J. M. Coetzee