En Venezuela, donde la ley puede convertirse en cadena, la coalición opositora más amplia del país rechazó la propuesta de reformar la Ley Contra el Odio y exigió su derogación total. Desde 2017, esa norma —impulsada por Nicolás Maduro y capaz de imponer hasta veinte años de prisión— ha sido aplicada contra periodistas, activistas y disidentes, dejando a casi mil personas atrapadas en sus engranajes. El debate no es solo jurídico: es una disputa sobre si es posible desmantelar la represión desde adentro, o si reformarla equivale a legitimarla.
Coalición opositora PUD exige derogar ley del odio en Venezuela
No se reforma la represión: se desmonta
¿Por qué la coalición opositora rechaza una reforma si eso podría mejorar la situación inmediata de las personas acusadas bajo esta ley?
Porque consideran que reformar una herramienta de represión simplemente la legitima. Para ellos, el problema no es cómo se aplica la ley, sino que la ley existe. Reformarla mantendría en pie un instrumento que ha sido usado para perseguir a casi mil personas desde 2017.
Pero hay que notar que la delegación opositora que participa en los diálogos con el gobierno sí espera que la reforma "cumpla con los fines democratizadores". Así que no toda la oposición está de acuerdo en rechazarla completamente.
¿Qué tan probable es que el Parlamento, controlado por el chavismo, apruebe una reforma que realmente debilite la ley?
Esa es la pregunta central. Delcy Rodríguez dice que quiere reformarla, pero ella misma fue quien la promovió años atrás. La comisión que va a redactar el proyecto incluye a Nicolás Maduro Guerra, el hijo del expresidente.
Lo que sabemos es que Rodríguez pidió la reforma y que se formó la comisión. No sabemos aún qué dirá ese proyecto ni si realmente debilitará la ley o solo la ajustará cosméticamente.
¿Cuál es el impacto real en las vidas de esas novecientas veintisiete personas acusadas?
Seiscientos treinta y ocho tienen medidas restrictivas de su libertad, lo que significa que no pueden moverse libremente, no pueden trabajar en ciertos lugares, no pueden viajar. Seis siguen detenidas. Para ellos, una reforma podría significar la diferencia entre seguir bajo restricción o recuperar su libertad.
Pero la coalición opositora argumenta que una reforma no resuelve el problema de fondo: que el Estado sigue teniendo una herramienta para reprimir. Eso es un argumento político sobre principios, no sobre los números inmediatos.
O Pulso
- La presidenta encargada Delcy Rodríguez admitió que la ley fue 'mal aplicada', pero su propuesta de reforma encendió la alarma de quienes la consideran inconstitucional de raíz.
- La Plataforma Unitaria Democrática respondió con firmeza: reformar una herramienta de represión no es democratizar, es perpetuarla con otro nombre.
- Los datos del Foro Penal son contundentes — 927 acusados, 638 con libertad restringida y 6 aún detenidos — y dan cuerpo a lo que la oposición llama un sistema de silenciamiento sistemático.
- La fractura dentro de la oposición se hace visible: un sector que dialoga con el gobierno espera que la reforma 'cumpla fines democratizadores', mientras Machado y González Urrutia permanecen fuera de esas negociaciones.
- El momento es tenso: la petición llega tras el segundo ciclo de diálogos respaldados por EE.UU. y la primera visita de Human Rights Watch a Venezuela desde 2008, señales de que el mundo observa con atención.
En Venezuela, donde la ley puede convertirse en cadena, la coalición opositora más amplia del país rechazó la propuesta de reformar la Ley Contra el Odio y exigió su derogación total. Desde 2017, esa norma —impulsada por Nicolás Maduro y capaz de imponer hasta veinte años de prisión— ha sido aplicada contra periodistas, activistas y disidentes, dejando a casi mil personas atrapadas en sus engranajes. El debate no es solo jurídico: es una disputa sobre si es posible desmantelar la represión desde adentro, o si reformarla equivale a legitimarla.
La Plataforma Unitaria Democrática rechazó el miércoles la propuesta de reformar la Ley Constitucional Contra el Odio y exigió su derogación inmediata. La norma, que contempla penas de diez a veinte años de prisión por incitar al odio o la violencia, ha sido señalada durante años como instrumento de represión política.
La propuesta de reforma vino de Delcy Rodríguez, presidenta encargada, quien reconoció ante el Parlamento —controlado por el chavismo— que la ley sufrió un 'uso abusivo'. Su hermano Jorge Rodríguez, presidente del Parlamento, anunció una comisión de once diputados para redactar el proyecto, entre ellos Nicolás Maduro Guerra, hijo del expresidente detenido en Estados Unidos.
Para la coalición opositora, la reforma no es solución sino distracción. En un comunicado, la PUD calificó el intento de 'despropósito' y advirtió que la libertad de expresión, el derecho a informar y la participación política no pueden quedar sometidos al temor de sanciones arbitrarias. La coalición respalda a María Corina Machado, galardonada con el Premio Nobel de la Paz.
Los números del Foro Penal ilustran el peso de la norma: desde su entrada en vigor en 2017, 927 personas fueron acusadas de incitación al odio; 638 tienen medidas restrictivas de libertad y seis permanecen detenidas. La ley ha alcanzado a periodistas, defensores de derechos humanos y críticos del chavismo.
La tensión también revela fracturas dentro de la propia oposición. Un sector que participa en los diálogos respaldados por EE.UU. —sin Machado ni González Urrutia— confía en que la reforma pueda tener efectos democratizadores. La PUD, en cambio, insiste en que solo la derogación total puede ser un paso genuino hacia la restitución del Estado de derecho. El debate ocurre en un momento de inusual atención internacional, tras el segundo ciclo de negociaciones y la primera visita de Human Rights Watch al país desde 2008.
La Plataforma Unitaria Democrática, la coalición opositora más grande de Venezuela, rechazó de manera contundente el miércoles una propuesta de reforma a la Ley Constitucional Contra el Odio. En su lugar, exigió la derogación inmediata de la norma, que contempla penas de prisión de diez a veinte años para quien fomente, promueva o incite al odio, la discriminación o la violencia.
La solicitud de reforma había venido de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, quien pidió al Parlamento —controlado por el chavismo— que modificara la ley impulsada años atrás por Nicolás Maduro, el mandatario depuesto que actualmente se encuentra detenido en Estados Unidos. Rodríguez argumentó que, aunque cree en los principios de la norma, esta fue "mal aplicada" y sufrió "un uso abusivo". Su hermano, Jorge Rodríguez, presidente del Parlamento, anunció la formación de una comisión de once diputados para redactar el proyecto de reforma, incluyendo a Nicolás Maduro Guerra, hijo del expresidente.
Pero la coalición opositora no ve en la reforma una solución. En un comunicado, la PUD calificó como "un despropósito" el intento de modificar lo que considera una ley inconstitucional. Señaló que durante años la norma ha funcionado como instrumento de represión para silenciar la disidencia y restringir libertades fundamentales. "La libertad de expresión, el derecho a informar, la libertad de pensamiento y la participación política no pueden estar sometidos al temor de sanciones arbitrarias o persecución", expresó la coalición, que respalda a la líder opositora María Corina Machado, ganadora del Premio Nobel de la Paz.
Los números revelan el alcance de la represión. Según datos de la ONG Foro Penal, dedicada a la defensa de presos políticos, novecientos veintisiete personas fueron acusadas de "incitación al odio" desde que la ley entró en vigor en 2017. De ese total, seiscientos treinta y ocho tienen medidas restrictivas de su libertad y seis permanecen detenidas. La norma ha sido utilizada contra periodistas, defensores de derechos humanos y personas críticas del chavismo, consolidándose como parte central del marco legal represivo del Estado.
La coalición opositora argumenta que no se trata de reformar la represión sino de desmantelarla por completo. Plantea que la derogación debe ser un paso concreto hacia la restitución de las libertades civiles y políticas, la recuperación del Estado de derecho y las garantías democráticas para todos los venezolanos. Esta posición contrasta con la de un sector de la oposición que participa en los diálogos respaldados por Estados Unidos para una transición en Venezuela —diálogos en los que no participan ni Machado ni Edmundo González Urrutia—, que espera que la reforma "cumpla con los fines democratizadores".
La solicitud de reforma llega en un momento delicado. Ocurre poco después de que el gobierno y un sector opositor completaran el segundo ciclo de negociaciones para una transición democrática, y tras la visita de Human Rights Watch al país, la primera desde 2008. La tensión entre quienes buscan reformar la ley y quienes exigen su eliminación total refleja las fracturas profundas que persisten en la oposición venezolana sobre cómo avanzar hacia un cambio institucional.
Citações Notáveis
Pretender reformar una ley inconstitucional que ha sido utilizada para perseguir, criminalizar y encarcelar a ciudadanos inocentes es un despropósito— Plataforma Unitaria Democrática
Si bien cree en los principios de esa ley, esta lamentablemente fue mal aplicada y se hizo un uso abusivo de ella— Delcy Rodríguez, presidenta encargada