En los laboratorios suizos, un equipo de investigadores ha dado forma a algo que la medicina buscaba desde hace décadas: un mensajero del tamaño de un grano de arena capaz de navegar el cuerpo humano y depositar un fármaco exactamente donde se necesita, sin contaminar el resto del organismo. Guiado por campos magnéticos desde el exterior y visible en tiempo real mediante rayos X, este microrrobot desafía la lógica de los medicamentos convencionales, que dispersan sus efectos —y sus daños— por tejidos que nunca los necesitaron. Publicado en la revista Science bajo la dirección de Bradley J. Nel