En las profundidades del Gran Colisionador de Hadrones, bajo tierra suiza, físicos de todo el mundo han recreado la materia más antigua del cosmos: el plasma de quarks y gluones que existió en la primera millonésima de segundo tras el Big Bang. Lo extraordinario no es solo haberlo logrado, sino haberlo conseguido con núcleos ligeros de oxígeno y neón, desafiando décadas de convicción científica que exigían iones pesados para tal proeza. Este hallazgo no solo reescribe los límites de lo posible en la física de partículas, sino que ofrece una nueva ventana para contemplar la geometría oculta de