En Chile, la brecha entre lo que las Fuerzas Armadas necesitan y lo que el Estado les asigna no es producto de la escasez, sino de una elección deliberada. El poder político —Ejecutivo y Legislativo por igual— ha decidido que otras urgencias merecen prioridad, dejando a la defensa nacional en un lugar secundario que, en un mundo cada vez más inestable, podría tener consecuencias difíciles de revertir. La pregunta que subyace no es técnica ni presupuestaria: es una pregunta sobre qué tipo de nación quiere ser Chile y quién asume la responsabilidad de esa respuesta.