CGT convoca paro nacional sin movilización contra reforma laboral en Diputados

El paro afectará servicios esenciales de transporte, salud y administración pública, impactando a millones de ciudadanos; empleados estatales enfrentarán descuentos salariales por participar.
La parálisis económica sin presencia callejera
La CGT optó por concentrar su poder en los centros productivos en lugar de marchar al Congreso.
Mark

¿Por qué la CGT decidió no marchar al Congreso si eso es lo que históricamente ha dado visibilidad a las protestas sindicales?

Mimi

Porque después de los enfrentamientos violentos de la semana anterior entre manifestantes de izquierda y la policía federal, la cúpula de la CGT sintió que no había clima social para una protesta masiva. Además, querían evitar el desgaste público y los choques con las fuerzas de seguridad. Prefirieron apostar a la parálisis económica.

Mark

Pero eso dejó a sectores más radicales fuera del control de la central. ¿No debilitó eso el mensaje?

Mimi

Exactamente. ATE, la CTA y otros gremios convocaron sus propias movilizaciones para el mismo día. Rodolfo Aguiar de ATE fue muy crítico, llamó "paro dominguero" a la medida. La decisión de no marchar generó fracturas internas que la CGT no pudo evitar.

Mark

¿Cuál era el verdadero poder del paro entonces?

Mimi

La adhesión total de los gremios de transporte. Sin colectivos, sin trenes, sin camiones, los centros urbanos e industriales se paralizan. Eso es lo que el Gobierno realmente temía, no la presencia en las calles.

Mark

¿Y Roberto Fernández de la UTA? Estaba en conflicto con la CGT hace poco.

Mimi

Sí, se había ido molesto en noviembre. Pero cuando empezaron a llamarlo dirigentes como Jorge Sola, Omar Maturano y Luis Barrionuevo, terminó cediendo. Aunque mantuvo la cautela: no quería que le descontaran el día a sus afiliados, y además depende de los subsidios estatales para el transporte.

Mark

¿Qué pasó con el artículo 44 que causó tanto escándalo?

Mimi

Fue retirado del proyecto antes del debate en Diputados. Permitía descontar salarios por faltas por enfermedad. Todos los senadores sabían que estaba ahí cuando votaron, pero después muchos aliados del Gobierno fingieron sorpresa. Patricia Bullrich primero lo defendió, después dijo que era un error. La presión pública funcionó.

Mark

¿Entonces la reforma va a pasar igual?

Mimi

Probablemente sí. El Gobierno tiene los números en Diputados. El paro es una demostración de fuerza, pero la CGT ya había intentado negociar en privado y eso no funcionó. Ahora están en una posición más débil, divididos entre quienes quieren confrontación y quienes prefieren evitar el desgaste.

  • La CGT convocó su cuarto paro general contra Milei justo cuando Diputados debatía la reforma laboral, una coincidencia que no era accidental sino una declaración de fuerza calculada.
  • La adhesión de la UTA —40.000 choferes de colectivos— fue el factor decisivo: sin transporte urbano, las ciudades y los centros industriales quedaron efectivamente paralizados.
  • La decisión de no marchar al Congreso fracturó al movimiento sindical: ATE, la CTA y el Frente de Sindicatos Unidos convocaron movilizaciones propias, acusando a la cúpula cegetista de una capitulación táctica.
  • El Gobierno respondió con descuentos salariales para empleados estatales que adhirieran al paro, convirtiendo la protesta en un costo económico directo para quienes participaran.
  • Lo que está en juego no es solo una reforma laboral, sino la capacidad del sindicalismo argentino de frenar políticas que ya tienen mayoría parlamentaria.

En el momento en que el Congreso argentino se disponía a debatir una reforma laboral de amplio alcance, la central sindical más poderosa del país eligió el silencio de las calles vacías como forma de protesta: un paro sin marcha, una huelga que habla más por lo que detiene que por lo que muestra. La CGT, acorralada entre la presión de sus bases más combativas y el desgaste de negociaciones fallidas con el Gobierno de Milei, apostó por paralizar la economía sin exponerse a la confrontación física, dejando abierta la pregunta de si el poder sindical puede ejercerse desde la ausencia.

El jueves 19 de febrero, mientras la Cámara de Diputados se preparaba para debatir la reforma laboral del Gobierno a partir de las 14 horas, la CGT activó su cuarta huelga general contra la gestión de Javier Milei. La decisión de no movilizar hacia el Congreso fue deliberada: la conducción cegetista buscaba concentrar la presión en los centros productivos sin arriesgarse a enfrentamientos callejeros que pudieran desgastarla políticamente.

La central obrera llegaba a este paro con heridas propias. Había intentado negociar en privado con funcionarios del Gobierno para introducir cambios en el proyecto, pero esa estrategia se había erosionado públicamente cuando el artículo 44 —que permitía descontar salarios por ausencias por enfermedad— pasó inadvertido en el Senado y estalló en la opinión pública. El Gobierno terminó retirando esa disposición, pero la confianza en el diálogo ya estaba dañada.

La potencia real del paro dependía del transporte. La UTA, que agrupa a unos 40.000 choferes de colectivos, confirmó su adhesión tras semanas de cautela. Su líder, Roberto Fernández —quien había roto con la CGT en noviembre—, cedió ante la presión de múltiples dirigentes sindicales. Sin colectivos, sin ferroviarios, sin camioneros, la capacidad de paralizar el país era concreta. La banca, el comercio, la gastronomía y la administración pública también adhirieron, aunque el Gobierno anunció descuentos salariales de alrededor de 50.000 pesos para los estatales que participaran.

Pero la decisión de no marchar generó fracturas visibles. ATE calificó el paro de 'dominguero' y convocó su propia movilización. La CTA hizo lo mismo. El Frente de Sindicatos Unidos anunció una marcha independiente desde la sede de la Unión Obrera Metalúrgica. Los sectores más combativos veían en la estrategia de la CGT una renuncia a la única presión que consideraban efectiva: la presencia masiva en las calles.

Lo que el paro dejó en evidencia fue un sindicalismo dividido frente a un Gobierno que parecía decidido a avanzar con la reforma con o sin acuerdo previo. La pregunta que flotaba sobre el Congreso era si paralizar la economía durante 24 horas podía torcer una voluntad política que ya tenía los votos para seguir adelante.

El jueves 19 de febrero, mientras la Cámara de Diputados se disponía a debatir la reforma laboral del Gobierno a partir de las 14 horas, la Confederación General del Trabajo (CGT) activó su cuarta paro general contra la gestión de Javier Milei. A diferencia de protestas anteriores, esta vez la central obrera optó por una huelga sin movilización hacia el Congreso, una decisión que reflejaba tanto presión interna como cálculos estratégicos sobre dónde concentrar la fuerza del movimiento sindical.

La CGT había estado bajo fuego. Sectores más radicales la cuestionaban por haber negociado en privado con funcionarios del Gobierno, buscando introducir cambios en el proyecto libertario a través del diálogo. Esa estrategia de puertas cerradas había generado tensiones dentro de la confederación, especialmente después de que el artículo 44 del proyecto—que permitía descontar salarios por faltas por enfermedad o lesión—pasara desapercibido en el Senado solo para explotar en la opinión pública después de la votación. El Gobierno, presionado, terminó retirando esa disposición antes del debate en Diputados. Pero la confianza en las negociaciones ya se había erosionado. La decisión de convocar al paro sin marcha fue un intento de la cúpula cegetista de mantener el control sobre la protesta mientras evitaba enfrentamientos callejeros que pudieran desgastar políticamente a la central.

La medida contó con adhesión total de los gremios de transporte, lo que le daba su potencia real. La Unión Tranviarios Automotor (UTA), que agrupa a unos 40.000 choferes de colectivos en todo el país, confirmó su participación después de semanas de cautela. Su líder, Roberto Fernández, de 82 años, había roto con la CGT en noviembre anterior en protesta por la designación de Cristian Jerónimo en el triunvirato de mando. Ahora, bajo presión de múltiples dirigentes sindicales que lo contactaban por teléfono, Fernández accedía a parar. Su decisión era crucial: sin los colectivos, la protesta perdería capacidad de paralizar los centros urbanos e industriales. Junto a la UTA, se sumaban la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte (CATT) y la Unión General de Asociaciones de Trabajadores del Transporte (Ugatt), que nucleaban a ferroviarios, aeronáuticos, portuarios y camioneros.

Más allá del transporte, la adhesión fue amplia. La Asociación Bancaria confirmó su participación, lo que significaba que no habría atención al público en entidades públicas ni privadas, aunque el homebanking seguiría funcionando. El Sindicato de Empleados de Comercio se sumaba, aunque advirtió que la apertura de grandes centidades comerciales dependería del transporte. Los gastronómicos, bajo la conducción de Luis Barrionuevo, también paraban. En la administración pública, tanto ATE como la Unión del Personal Civil de la Nación (UPCN) adhirieron, lo que afectaría hospitales, municipios y organismos nacionales. El Gobierno anunció que descontaría el sueldo de los empleados estatales que participaran, un monto aproximado de 50.000 pesos según fuentes sindicales, dependiendo de la categoría.

Pero la decisión de no movilizar generó fracturas. El Frente de Sindicatos Unidos, con base en la sede de la Unión Obrera Metalúrgica, anunció una marcha independiente para el mismo día. ATE, a través de su secretario general Rodolfo Aguiar, criticó públicamente el "paro dominguero" sin protesta callejera, argumentando que si la reforma volvía al Senado, la medida se extendería a 36 horas con movilización. La CTA también convocó a su propia protesta con desplazamiento. Estos sectores más combativos veían en la decisión de la CGT una capitulación táctica, una renuncia a la capacidad de presión que solo la presencia masiva en las calles podía generar.

La Federación Internacional de los Trabajadores del Transporte (ITF) expresó su respaldo al paro y celebró el "contundente acatamiento del 90%" de la medida. Desde el lado del Gobierno, economistas argumentaban que la reforma beneficiaría a los 10 millones de trabajadores en negro que no accedían a jubilación digna ni asistencia de salud. El Ministerio de Seguridad, por su parte, emitió un comunicado pidiendo a los periodistas que no se "autopongan" en peligro durante la cobertura, una advertencia que reflejaba la tensión esperada en las calles.

Lo que quedaba claro era que el paro de 24 horas sin movilización representaba un punto de inflexión en la relación entre el sindicalismo y el Gobierno Milei. La CGT había optado por concentrar su poder en los centros productivos, paralizando servicios esenciales sin exponerse a los riesgos de una confrontación callejera. Pero esa decisión dejaba abierta la pregunta sobre si la paralización económica sería suficiente para frenar una reforma que el Gobierno parecía decidido a aprobar, con o sin negociaciones previas.

No existe el clima social para una protesta masiva pese a los cambios que la reforma laboral ocasiona
— Integrante del consejo directivo de la CGT
El paro debía ser con movilización
— Abel Furlán, secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica
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